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Hoy como ayer: orfandad intelectual e indigencia racional


Los grandes odios no tienen una reconciliación fácil

Esopo

Pagaremos cara la frivolidad de no tomarnos en serio el auge de esa ultraderecha gritona y mal encarada, con una dialéctica tramposa que tanto gallea y que tantas amenazas incuba.

Algunos de los libros que más frecuentemente consulto proceden de la biblioteca de mi padre, es el caso “De la España que aún no conocía” de Américo Castro, colección de sabrosos e inteligentes artículos, publicados por la editorial mexicana Finisterre, formando parte de la Colección Perspectivas Españolas y que consta de tres volúmenes.

Abro el libro por un artículo que lleva por título Dinamiteros de la cultura, que vio la luz en el periódico El Sol, el 30 de julio de 1935, antes de formar parte de este libro.

Es probable haya a quien no le diga nada el nombre de Américo Castro. Una parte importante de la intelectualidad republicana fue a parar a México, donde dio vida a proyectos, nada desdeñables, sirviendo además para elevar la cultura y la ciencia del país que los había acogido generosamente. Sin embargo, la dictadura los sometió a un ostracismo absoluto y a un férreo silencio a través de la censura, que tuvo y sigue teniendo sus efectos negativos que no son otros, que el desconocimiento de esa pléyade de hombres y mujeres ilustres. Sin embargo, como afirmó León Felipe se “quedaron con la canción” cuyo significado a veces es libertad y a veces dignidad.

Recordemos que Américo Castro fue un filólogo, un cervantista y un historiador de enorme prestigio y talla a quien podemos ubicar en la Generación del 14. Discípulo de Menéndez Pidal, intervino activamente en cimentar el Centro de Estudios Históricos y tuvo una relación con Giner de los Ríos y con el círculo krausista que le rodeaba.

Participó, entre otras empresas, en la fundación de la Revista de Filología Española, sintió una pasión duradera por Cervantes, ahí están “El pensamiento de Cervantes” donde ensalza la figura del autor de El Quijote como hombre del Renacimiento y “Hacia Cervantes”.

Otro aspecto destacado de su pensamiento consistió en rastrear las huellas del erasmismo, como lo atestigua “Lo hispánico y el erasmismo” aunque probablemente, su obra más conocida sea “La realidad histórica de España”. Colaboró activamente en revistas del exilio como Las Españas, o Cuadernos del Congreso por la libertad de la cultura.

Durante años realizó una labor fecunda en Latinoamérica y Estados Unidos, investigando y divulgando la literatura española en las universidades de Wisconsin y Princeton, entre otras, donde contribuyó a la formación de hispanistas de reconocido prestigio como Stephen Gilman. Es de justicia reconocer la contribución de Juan Goytisolo al conocimiento de las ideas de Américo Castro entre nosotros. Poco después de morir, Eugenio Asensio, filólogo y cervantista, escribió “La España imaginada de Américo Castro” en la que rendía tributo a su memoria.

O bien Américo Castro tuvo intuiciones y anticipaciones notables, o bien hemos cambiado tan poco por estos pagos, que leyendo artículos como Los dinamiteros de la cultura nos parece que fueron escritos hace pocos días, tal es su actualidad.

¿Por qué siente la ultraderecha y los reaccionarios en general, tanto inquina y odio hacia la cultura? Quizás se deba a que ayuda a pensar, exorcita fantasmas y forja hombres libres.

El artículo, que recordemos que es de 1935, habla de cómo la CEDA y sus adláteres redujeron a la mitad la asignación a las Misiones Pedagógicas, dando un golpe casi mortal, al proyecto. También, La Barraca, grupo teatral ideado por Federico García Lorca, sufrió las consecuencias de tan drástico recorte.

La principal motivación de este grupo, en el que también participó activamente Luis Cernuda, no era otra que llevar a los clásicos como Cervantes y Lope, entre otros, a los lugares más recónditos de lo que hoy conocemos como la España vaciada, a fin de que pudieran ser conocidos por aquellos que tenían vedado el acceso a la cultura secularmente.

Esa ultraderecha contribuyó, no poco, a sembrar “la burricie y la estupidez”. La retórica que utilizaban es cualquier cosa menos nueva. Señala con clarividencia, Américo Castro, que mientras la izquierda busca “abrir caminos por donde ni siquiera se sospechaba que pudiera transitarse”, una derecha inculta y reaccionaria se afanaba “en levantarlos para que la maleza abrupta volviera a ocupar su espacio”.

Amigos como son del sopor y de la ineficacia actúan con brutalidad y con una incalculable zafiedad. Acostumbran, de paso, a negar que ya no existen izquierdas ni derechas, como repetía machaconamente Falange y gustan seguir, erre que erre, proclamando los que siguen siendo franquistas. Esa ultraderecha montaraz se mueve por odio y por el placer de destruir, por eso, todos los intentos de racionalizar y de argumentar críticamente son el mejor antídoto a su retórica hueca, su simplismo, su irracionalidad e ignorancia de la historia.

No es en absoluto para tomárselo a broma. Hay que hacer un esfuerzo colectivo para que no regrese la España de la penumbra y el silencio, que creíamos superada.

Por cierto, esa retórica insustancial en el fondo lo que persigue es disimular las más turbias intenciones dictatoriales. A veces, se presentan como puritanos pero en realidad son taimados e hipócritas que arrojan, sin miramientos, excrementos sobre la razón y el pensamiento crítico.

Sus proclamas son peligrosas y sus argumentaciones endebles y dirigidas a halagar los más bajos instintos patrioteros. No son otra cosa que gente violenta que si no les gusta lo que los espejos reflejan… los rompen.

Nos amenaza el aleteo siniestro y el graznido de los cuervos con su apetito insaciable de carroña. Son portadores de pactos de emboscados. No he pretendido otra cosa que transmitir mi desazón y pergeñar un aviso para navegantes.

Bajo ningún concepto quisiera perder la ocasión de homenajear, también, con estas páginas livianas a don Américo Castro y a la labor gigantesca y encomiable llevada a cabo por los exiliados republicanos en la América Latina.

Estos hombres y mujeres trabajadores infatigables e intelectuales destacados, tienen un imán que les invita a relacionarse unos con otros. Así Américo Castro mantuvo lazos de amistad con José María de Cossío, con el novelista Benjamín Jarnés, con el pintor Joaquín Sorolla o con el poeta y Premio Nobel de Literatura Juan Ramón Jiménez.

Dejó huella en diversas universidades de Chile, México y Estados Unidos. Realizó, al servicio de la República diversas tareas, quizás la más encomiable fue hacerse cargo de la Embajada de España en Berlín, donde ejercitó, con habilidad sus dotes diplomáticas.

Antes de finalizar, quisiera añadir a lo expuesto que a mis dieciocho o veinte años, cayó en mis manos “De la edad conflictiva”. Lo devoré. Me interesó muchísimo y a partir de sus páginas entré en contacto con el universo crítico de las obras de don Américo, no me he arrepentido nunca de ese primer encuentro.

Sirvan estas palabras para testimoniar mi admiración y afecto y para recordar, también a mi padre, que me puso en la pista del pensamiento de este y otros autores, que por entonces estaban silenciados o prohibidos. 

Profesor Emérito de Historia de la Filosofía, Colabora o ha colaborado en revistas de pensamiento y cultura como Paideía, Ámbito Dialéctico, Leviatán, Temas de Hoy o la Revista Digital Entreletras.

Ha intervenido en simposios y seminarios en diversas Universidades, Ha organizado y dirigido ciclos de conferencias en la Fundación Progreso y Cultura sobre Memoria Histórica, actualidad de Benito Pérez Galdós, Marx, hoy. Ha sido Vicepresidente del Ateneo de Madrid y actualmente es Presidente de su Sección de Filosofía.