LA ZURDA

Ordenes de magnitud

Al escribir sobre la emergencia climática en la que nos encontramos he recibido algunos comentarios que me han hecho ver hasta qué punto hay dificultades en apreciar su gravedad y perentoriedad. Probablemente se deba a que no tenemos ni idea de la envergadura que supone nuestra presencia sobre el planeta. De hecho, una vez introducida la idea de la imposibilidad de un crecimiento continuo sobre un espacio limitado, lo que no le sorprende a nadie que lo piense un poco, trasladarla al problema del crecimiento económico no es tan inmediato porque prima la sensación de que “el planeta es aún muy grande”. Supongo que el concepto “huella ecológica” resulta abstracto, o no se comprende adecuadamente.

Esto contrasta poderosamente con los postulados de una ciencia tan aparentemente poco lucida y revolucionaria como la geología, que desde su último congreso mundial estableció que vivimos ya en el Antropoceno, era geológica que empieza aproximadamente en 1950, momento en el que finaliza el Holoceno, la edad geológica anterior, y que es la que aun figura en todos los libros de texto. La declaración se debe a que desde ese momento la huella humana es perceptible y duradera desde la perspectiva geológica, una forma sutil de decir que va a durar millones de años. Así pues, y como segunda derivada, todos los nacidos antes de esa fecha son de otra era…

¿En qué se nota esa huella? La forma más evidente es el transporte de materiales. En la biosfera los movimientos más comunes son los verticales y cíclicos (por ejemplo el agua). Solo los animales tienen cierta capacidad de movimiento horizontal, pero por lo general es de corto recorrido. La única notable excepción a esto es la acción erosiva del agua a través de los ríos, que es de hecho el principal factor creador de relieve. Se calcula que los sedimentos movilizados por todos los ríos del mundo son mas o menos 16,5 x 109 Tm (esto es, 16,5 miles de millones de toneladas); utilizaré esta cifra como referencia, y la unidad de medida será esa, los miles de millones de toneladas.

Los seres humanos no solo hemos hecho habitual el transporte horizontal, sino que lo hacemos a escala planetaria, y tras la revolución industrial a una escala sin precedentes. Extraemos minerales y biomasa en cualquier punto, y los trasladamos a cualquier otra parte primero para su transformación, luego para su comercialización y finalmente para su consumo. Que siempre hemos estado transformando nuestro entorno no es novedad, hemos creado nuestro propio ecosistema (la ciudad) y además transformamos a veces de manera radical cualquier espacio para obtener lo que queremos (valga como ejemplo Las Médulas, en León, un bello paisaje ahora cuando en su día fue la escombrera de una mina de oro), pero tras la industrialización nuestra capacidad ha desbordado cualquier límite.

Para valorar esto adecuadamente hay que manejar cifras, y aquí tenemos una primera dificultad, porque hasta hace relativamente poco era difícil encontrarlas. Desde 2005 existe el Panel Internacional de los Recursos, dependiente del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente, un organismo similar al IPCC (Panel Internacional de Cambio Climático) pero que goza de menos popularidad, que ha reconstruido la serie desde 1970.

En aquel lejano año, la suma de materiales empleados procedentes de combustibles fósiles, minerales metálicos y no metálicos ascendía a 15,07 x 109 Tm. Cabe recordar que los materiales no salen listos para el uso, sino en una mena que después se refina, y para extraerla hay que remover cantidades adicionales de tierra y rocas. Si añadimos esos estériles al total obtenemos para el mismo año un total de 35,45 x 109 Tm. Así pues, en 1970 nuestra capacidad extractiva ya era un agente modelador del paisaje más poderoso que todos los ríos del planeta juntos. Y como cabe suponer, las cosas han ido a peor, porque en 2017 el total de materiales removidos ascendió a 121,86 x 109 Tm. Para tener una cifra más manejable, en 2017 cada persona del planeta removió 15,78 toneladas. Ese año, la American Chemical Society publico la primera tabla periódica de elementos en peligro de desaparición, en la que señalaba 44 con crecientes limitaciones, y marcaba en rojo algunos como el helio, la plata, el zinc y, especialmente, el galio (un metal imprescindible para hacer pantallas de dispositivos electrónicos, por ejemplo).

Por lo que respecta a la biomasa, las cosas siguen el mismo camino. Si en 1970 producíamos 14,44 x 109 Tm (de las que sólo consumíamos 5,67), en 2017 hemos llegado a 38,21 x 109 Tm (solo consumimos 15,0). Cada habitante humano del planeta usa 4,94 toneladas, lo que incluye su propio peso. Como comparación, la producción primaria de toda la biosfera emergida se estima en 132,0 x 109 Tm, así que somos una especie terrestre que acapara sin cesar recursos fotosintéticos: en 1970 nos quedábamos una de cada 9 toneladas, ahora una de cada 3. Por producción primaria de la biosfera debemos entender toda clase de materia orgánica viva, desde la más humilde brizna de hierba hasta el último oso polar.

Como cabe suponer, las diferencias entre países son importantes; merecen una atención específica porque las cuestiones de equidad son claves en las negociaciones políticas internacionales. Ahora es relevante tener en consideración estas cifras, que dejan bastante clara la magnitud de la emergencia.

Nacido en 1967, es economista desde 1990 por la Universidad Complutense. En 1991 se especializó en Ordenación del Territorio y Medio Ambiente por la Politécnica de Valencia, y en 1992 en Transportes Terrestres por la Complutense, empezando a trabajar en temas territoriales, fundamentalmente como profesional independiente contratado por empresas de ingeniería.

Ha realizado planeamiento urbanístico, planificación territorial, y evaluación de impacto ambiental. En 2000 empezó a trabajar en temas de desarrollo rural, y desde 2009 en cuestiones de políticas locales de cambio climático y transición con su participación en el proyecto de la Fundación Ciudad de la Energía (en Ponferrada, León).

En 2012 regresó a Madrid, hasta que, en diciembre pasado, previa oposición, ingresó en el Ayuntamiento de Alcalá de Henares, en el Servicio de Análisis Económico.