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Malas personas

En la vida nos cruzamos con malas personas.

No me refiero a las que alguna vez nos hacen lo que vulgarmente se dice una “faena” (inconscientemente incluso), sino a quienes adrede, aposta, a sabiendas, hacen daño con el propósito más destructivo. El problema es que no siempre las reconocemos, y cuando lo hacemos suele ser demasiado tarde, bien porque su destreza en ocultar su maldad es grande, o porque no se había hecho nada, hasta ese momento, que provocara su maldad. Puede pasar tiempo, años, sin que ese sentimiento perverso surja, hasta que un día algo lo pone en marcha. Ese algo suele ser la envidia.

Sí, mis queridos lectores, normalmente maldad y envidia forman un tándem diabólico que hace que su acción sea absolutamente demoledora. El envidioso no tiene otra manera de acallar esa zozobra que le roe las entrañas que intentar, como sea, de la manera que se acabar con el objeto o sujeto de su rabia, llegando a transformar el amor, la amistad, en odio, y ese odio en maldad.

Mi padre, que era un hombre bueno por naturaleza y justificaba prácticamente cualquier conducta, me dijo siempre que, aunque no debía guardar rencor, era imprescindible que me alejara de esas personas, que, incluso disfrazando su bondad de simpatía y bonhomía, no tienen otro propósito que acabar con los sueños , las ilusiones y los triunfos de aquellos a quienes envidian.

No cabe duda de que en los mundos donde más abundan este tipo de seres son en los que el prestigio personal, la fama, el ascenso público, es importante, como puede ser el de la cultura o el de la política. Lo sé bien pues son en los que, para bien o para mal, me muevo, y de los que tengo alguna experiencia también negativa. Por ellos deambulan, curiosamente, gente mediocre, por su incapaz de valorar y valorarse ecuánimemente, enarbolando siempre el agravio comparativo como bandera. Para ellos lo suyo siempre es mejor, aunque no lo sea, porque la culpa de su falta de reconocimiento no es suya sino del resto del universo. Además, estas personas, que hubieran podido brillar, o no apagarse, desde la realidad, sirven de polo de atracción de otras todavía más mediocres que ellas, que gustan de libar del mismo veneno, sin percatarse que el talento nunca será la suma de dos mediocridades.

A veces desesperanza encontrarse con esto especímenes. Incluso llega a invadir cierto temor por no saber hasta donde son capaces de llegar para conseguir su propósito, que no es otro que, como ya hemos señalado, destruir para saciar su sed de maldad. Las redes sociales, sirva el ejemplo, son un campo abonado para este tipo de malvados en los que el anonimato se une a su perversidad.

En fin, mis queridos lectores, os deseo que no os encontréis en estas situaciones, pero sí es así, pensad que la envidia es un pozo sin fondo que, aunque se llene del agua ponzoñosa del mal, nunca saciará al malvado, condenado a vivir en la zozobra constante de quien no podrá a llegar a ser nunca como el objeto de su envidia: ante esto no cabe más que poner distancia y seguir caminando. Y en caso de internet… Bloqueo.

Elena Muñoz Echeverría es licenciada en Historia del Arte, gestora cultural, editora y escritora. Ha ejercido la docencia durante veinticinco años. Desde 2015 a 2019 ha sido vicepresidenta de la Asociación de Escritores de Madrid.

Autora de un blog de éxito MI VIDA EN TACONES

http://mividaentacones59.blogspot.com/

Tiene diez libros entre poesía y narrativa. En 2018 estrenó su primera obra teatral. En la actualidad está en preparación de su quinta novela y acaba de presentar su último libro de poesía, Papelera de reciclaje con Ediciones Vitruvio.

Recientemente ha sido nombrada concejala de Desarrollo económico y empleo de Rivas Vaciamadrid.

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