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El infierno esta en los detalles

La cuestión más estratégica, de mayor calado, en la crisis y emergencia ambiental en la que nos hallamos, y que nos devuelve realmente al origen de nuestro mal, no es un asunto climático o fisicoquímico, tampoco una necesidad tecnológica o una carencia científica. Es una vieja conocida de la sociología y la economía: la equidad. En el artículo anterior ya mencioné que las diferencias entre países eran significativas, por lo que es el momento de analizarlas. Esas desigualdades explican mucho del comportamiento de los gobiernos.

Con motivo de la COP25 de Madrid se pusieron de manifiesto las correspondientes a las emisiones de CO2, así que vayamos directamente a las cifras. Según pudimos escuchar, China, el mayor emisor del planeta, aporta en torno al 30%, y EEUU, el segundo, en torno al 15% de lo que denominamos GEI (Gases de Efecto Invernadero). Usualmente se maneja el volumen de GEI en toneladas equivalentes de dióxido de carbono (CO2). Si nos quedamos en esa primera cifra, parece lógico pedir el doble de esfuerzo a China que a EUU, pero como cabe imaginar hay que indagar un poco más.

El infierno esta en los detalles, como de costumbre. Si nos fijamos en el dato por habitante, la cuestión cambia radicalmente. En 2015 un ciudadano norteamericano emitía 16,1 toneladas, un alemán 9,6 t., un español 5,7 t., un chino 7,7 t., un brasileño 2,3 t. y un indio 1,9 t. En el furgón de cola, países como Etiopía, con 0,1 t. por habitante. ¿Las emisiones se correlacionan con la renta de cada país? Parece obvio, pero también están vinculadas con la desigualdad dentro de cada uno, lo que es otra forma de decir sí. Corolario: se pueden tomar las emisiones de GEI como manifestación de un cierto nivel de renta.

En las negociaciones internacionales la discusión no es sólo por lo que se está haciendo ahora, sino por la responsabilidad histórica. Si ya es difícil decir a China o India que reduzcan sus emisiones, cuando como hemos visto un ciudadano indio emite ahora 8,5 veces menos que un norteamericano, la cosa se complica si hemos de tener en consideración que precisamente Estados Unidos es el mayor emisor histórico, el país origen de la era del petróleo. Por otra parte, la revolución industrial empezó en Gran Bretaña, y Europa llevaba 100 años quemando carbón antes de que se empezase a hacer a cierta escala en África o Asia. Así pues, la equidad es la cuestión clave.

Las emisiones GEI, en todo caso, son solo uno de los indicadores, porque como denuncian los ecologistas, las ONG e incluso los propios gobiernos de los países pobres, sus emisiones están más vinculadas a exportaciones a los países ricos que a mejorar el bienestar local. Si rascamos un poco más, tendremos que ir a la extracción y consumo de recursos naturales, porque al final nuestra pretendida “economía desmaterializada” se basa en bienes que se fabrican lejos, en esos países pobres que tienen que extraer materiales y transformarlos. Por recordar de artículos anteriores, en 2017 las diferentes actividades económicas transformaron 121,8 miles de millones de toneladas de minerales, y 38,2 miles de millones de toneladas de biomasa, así que de media cada humano transformó 15,8 t. de minerales y 4,9 t. de biomasa. Y como cabe suponer, las divergencias mundiales son muy considerables, tanto que hablar de medias tiene tan poco sentido como en el caso de las emisiones.

Tomemos dos momentos de referencia, 1990 y 2010, separados por un numero redondo de años (veinte), atendamos a cifras por habitante y fijémonos en cuatro áreas del planeta: África (todo el continente), Europa (el Espacio Económico Europeo), China y Estados Unidos. Un ciudadano africano consumía 3,5 t. en 1990, y en 2010 esa cantidad se había reducido a 3,1 t. En esos veinte años el consumo se estuvo reduciendo un 0,7% anual. En el otro extremo, un ciudadano de Estados Unidos pasó de consumir 26,6 t. a 31,8 t., un crecimiento sostenido de 0,9% anual que condujo a que en ese año un norteamericano empleara diez veces más materiales que un africano.

Un ciudadano chino, en 1990, consumía 4,1 t., y en 2010 alcanzó las 16,5 t., por lo que el crecimiento anual se situó en el 7,2%. Frente a ello, un europeo estaba en 16,2 t. en 1990 y en 21,6 en 2010, un crecimiento del 1,4% anual. Es fácil apreciar que un chino apenas ha alcanzado el nivel de consumo de un europeo de 1990, pero debemos preguntarnos si es posible continuar. Podríamos calcular fácilmente el momento y la cantidad si mantenemos los actuales ritmos, pero esa no es la cuestión.

Como es sabido y ya he puesto de manifiesto antes, es imposible mantener un ritmo de crecimiento constante en un espacio limitado, ya hemos desbordado los límites, y es evidente que algunos tomamos mucho más de lo que debemos. Es evidente que necesitamos otro modelo. Y rápido.

Nacido en 1967, es economista desde 1990 por la Universidad Complutense. En 1991 se especializó en Ordenación del Territorio y Medio Ambiente por la Politécnica de Valencia, y en 1992 en Transportes Terrestres por la Complutense, empezando a trabajar en temas territoriales, fundamentalmente como profesional independiente contratado por empresas de ingeniería.

Ha realizado planeamiento urbanístico, planificación territorial, y evaluación de impacto ambiental. En 2000 empezó a trabajar en temas de desarrollo rural, y desde 2009 en cuestiones de políticas locales de cambio climático y transición con su participación en el proyecto de la Fundación Ciudad de la Energía (en Ponferrada, León).

En 2012 regresó a Madrid, hasta que, en diciembre pasado, previa oposición, ingresó en el Ayuntamiento de Alcalá de Henares, en el Servicio de Análisis Económico.