LA ZURDA

La denominada 'España Vaciada' comenzó a despoblarse en los años cincuenta, por motivos que no deben olvidarse

En la miseria los hombres empiezan a envejecer

Hesíodo. Los trabajos y los días

De un tiempo a esta parte se ha impuesto el concepto “España vaciada” para hacer referencia a aquellas zonas rurales que han perdido alarmantemente población, carecen de servicios básicos imprescindibles y quienes aún residen allí ven con dolor y amargura como mueren lentamente los pequeños núcleos de población.

A la desesperada, en lucha contra el tiempo, la Coordinadora de la España vaciada, intenta hacerse oír y reivindica un pacto de Estado para evitar el desastre. Tal vez, aún no sea demasiado tarde. Esperemos, que con carácter inmediato, se tomen una serie de medidas concatenadas que den pábulo a la esperanza de sobrevivir con dignidad.

El número de habitantes de España ha crecido desde finales de los años 70 del siglo XX, hasta alcanzar los 47 millones, aproximadamente. Ahora bien, las cifras son frías y es necesario detenernos un poco para comprender el problema en toda su dimensión.

El reparto de este incremento es marcadamente irregular. Las zonas rurales van quedando despobladas, en tanto que crecen, incluso desmesuradamente, las grandes ciudades. Un solo ejemplo es indicativo de la gravedad del problema. Soria, una de las provincias con menos población, ha perdido un 23%, en tanto que Madrid y su área metropolitana han crecido un 73%, por no citar el caso sangrante de Teruel.

Quizás, no sea oportuno abrir la caja de Pandora, pero creo que es inexcusable hacerlo, si queremos comprender no sólo lo que pasó sino cómo y por qué. El panorama es sombrío, la visión del asunto delicada y el terreno que pisamos, cuando menos resbaladizo, más si no lo hacemos desaparecerán las pocas opciones que están en condiciones de paliar, al menos, el problema.

Durante la dictadura franquista, la falta de previsión fue absoluta. La incapacidad de planificar, asombrosa y, a nadie debe de coger por sorpresa lo que fue ocurriendo, de tropezón en tropezón, sin disponer de objetivos para regular el proceso.

Algo en lo que no se ha insistido lo suficiente es que en los años cincuenta la miseria en muchas zonas rurales era proverbial. Huyendo del hambre y la miseria, muchos jóvenes iniciaron un camino sin retorno, hacia las grandes ciudades y aunque en sus arrabales las condiciones de vida eran duras, al menos, podían contar con un salario para luchar por la supervivencia.

Otro hecho que conviene poner de manifiesto es que los “perdedores” de la Guerra Civil, constituyeron el grueso de esta migración forzada. Era tanta la desesperación que equivocarse o fracasar era preferible a estarse quieto e ir agonizando lentamente. Especialmente si tenemos en cuenta que en muchos casos no eligieron irse sino que se vieron obligados a marcharse. Dejando atrás una ausencia clamorosa de infraestructuras y de oportunidades… cuando no, unas condiciones inhumanas de vida.

¿Qué buscaban? Se ha hablado poco de las motivaciones de los emigrantes rurales. Una vez más la literatura y algunos estudios sociológicos e históricos, publicados fuera de España, han sido quienes han puesto el foco en esta realidad poco complaciente.

Querían un futuro mejor para sus hijos que el que ellos tuvieron. Querían educación, salud y si era posible cultura. Ese impulso no se detenía ante las chabolas que tenían que habitar en el extrarradio de las grandes ciudades.

Los estudios de Salustiano del Campo, por ejemplo, de forma más o menos críptica, van más allá de una visión complaciente y se enfrentan al problema. La agricultura latifundista con sus condiciones de vida miserables, completaba este círculo, poco menos que infernal, en amplias regiones de la España seca, que fueron perdiendo aceleradamente población.

Ese no querer mirar atrás, esa determinación por pasar página fue un factor esencial, aunque en ocasiones, el viaje que emprendían era a ninguna parte. Todo movimiento migratorio deja abundantes víctimas en el camino. El proceso de adaptación tenía dificultades añadidas y muchos no pudieron resistirlo.

Quisiera señalar que la literatura, llamada social, ofreció testimonios muy interesantes y valientes de la lucha sorda de esos años. Hay magnificas páginas de Armando López Salinas o de Juan Goytisolo, entre otros en este sentido.

La gris realidad de la dictadura militar creaba un manto de silencio y de miedo en el que cualquier protesta, por leve que fuese, era brutalmente reprimida.

La emigración, tuvo como compañeras de viaje, brutales condiciones ambientales, sociales y políticas cuyo origen estaba en la Guerra Civil y en la represión posterior.

He mencionado el papel que jugó la literatura social, también, es interesante hacer una breve incursión en el cine de la época. Estimo que debe volver a visionarse Surcos, fue rodada en 1951, por el cineasta falangista Nieves Conde, pese a lo cual tuvo trompicones y problemas con la censura, al mostrar descarnadamente las penalidades de quienes huían de una vida dura en el campo en busca de redención.

El mero hecho de reflejar en imágenes esa realidad, dura y amarga molestaba y mucho a la “propaganda oficial” que contra toda evidencia seguía exaltando un triunfalismo cada vez más difícil de creer.

En estas reflexiones, “a vuela pluma” no es posible ahondar en determinados aspectos que podrían y deberían desarrollarse más extensamente. Ahora bien, se pueden y se deben dar determinados datos que ponen de manifiesto, por sí mismos, las “siniestras peculiaridades” de nuestro país. Fijémonos, por ejemplo, que el índice de despoblamiento era el más alto, con diferencia, de la Europa Occidental.

El aparato de propaganda de la dictadura alcanzaba cotas de estupidez, nunca antes igualadas. Frente a todo lo que estamos exponiendo, se empeñaba en “idealizar” la vida campesina y en ofrecer un panorama absolutamente irreal. Por otra parte, estaba claro lo que pretendían, presentar al mundo rural como ejemplo de religiosidad, sencillez y austeridad, acorde con los valores de una España tradicionalista y anclada en el tiempo.

La realidad, sin embargo, era muy distinta de esa retórica hueca. Las migraciones, entre otros motivos, se debían a que España era un país que tenía todavía elementos feudales. Jornaleros y campesinos podían considerarse, sin exageración, “casi esclavos de los poderosos”.

Poco más tarde, vendría a unirse a estas circunstancias “un éxodo incentivado” hacia Francia primero y hacia Alemania, después. Tan cierto es que el paro era asfixiante como que los emigrantes eran considerados por el régimen, un instrumento para equilibrar la balanza de pagos.

Las estrecheces económicas de los años cuarenta y cincuenta no pueden disociarse del conflicto bélico. La Guerra Civil fue, probablemente, uno de los factores de mayor envergadura para expulsar a los “perdedores” de sus pueblos y aldeas. Muchos no tenían otro remedio que buscar acomodo, como fuera, en las grandes ciudades ya que no podían regresar a sus lugares de origen.

Había que añadir que en los años cincuenta fueron, fundamentalmente, jóvenes quienes protagonizaron el fenómeno migratorio. Diversos análisis sociológicos y demográficos coinciden en afirmar que la media de edad oscilaba entre los 20 y 45 años. Los efectos para el campo, como se demostraría en las siguientes décadas, fueron devastadores.

No quiere decir esto que la vida en los suburbios no fuera extremadamente dura. Se puede calcular, por ejemplo, que el jornal de un peón (en los años 50) era inferior a las 40 pesetas diarias, añádase a esto que una barra de pan venía a costar 10. Este dato es suficientemente explicativo de las condiciones miserables de vida y de las estrategias que tenían que poner en marcha para sobrevivir.

He querido poner de relieve estos datos fragmentarios y muchas veces, sin un hilo conductor, para salir al paso de un fenómeno creciente en algunos Medios de Comunicación y en partidos populistas de ultraderecha.

Esta falsificación de la realidad no es otra que presentar una visión edulcorada del franquismo, al que consideran un periodo de paz y tranquilidad sin conflictos y un verdadero ámbito de sosiego para las familias cristianas que podían considerarse privilegiadas por vivir entre uniformes y sotanas, alejadas de cualquier “peligro” rojo, al amparo de un gobernante providencial que vigilaba con celo la marcha del país.

Profesor Emérito de Historia de la Filosofía, Colabora o ha colaborado en revistas de pensamiento y cultura como Paideía, Ámbito Dialéctico, Leviatán, Temas de Hoy o la Revista Digital Entreletras.

Ha intervenido en simposios y seminarios en diversas Universidades, Ha organizado y dirigido ciclos de conferencias en la Fundación Progreso y Cultura sobre Memoria Histórica, actualidad de Benito Pérez Galdós, Marx, hoy. Ha sido Vicepresidente del Ateneo de Madrid y actualmente es Presidente de su Sección de Filosofía.