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El Tarajal. Cinco años de espera

En Ceuta hay una playa de arena fina y aguas cálidas. Desde ellas se ve Marruecos. Desde Marruecos se antoja fácil llegar a España. Dos países cuyas fronteras físicas están tan próximas como lejanas sus expectativas. Ceuta forma parte de España, de la rica y próspera Europa convertida en la mente de muchas personas, hombres y mujeres, en sueño y destino donde encontrar una vida mejor. Y, tras vender en muchos casos lo poco que tienen, deciden saltar la valla. La única valla que, junto a la de Melilla, separa la Europa rica de la pobre África. Pobre no, empobrecida por esa Europa que lleva siglos esquilmándola, apropiándose de sus bienes, de sus materias primas, de sus riquezas, convirtiendo a sus hombres y mujeres antaño en esclavos y hoy en mano de obra barata, con la connivencia y la complicidad de sus propios dirigentes.

Europa está cerca y la tentación es tan grande como el deseo de transformar un sueño en meta que se antoja alcanzable. Pero no es fácil conseguirla. Ocho kilómetros de alambre, cuchillas, sangre y muerte, tres sucesivas murallas metálicas, un foso de dos metros de profundidad, focos cegadores, sistemas de alarmas sonoros y visuales, torretas y patrullas de vigilancia… todo un sofisticado conglomerado de medidas construidas con un único objetivo: disuadir, primero, e impedir, después, que aquellas personas desesperadas, que huyen de la miseria, de la persecución, la guerra o el hambre consigan saltarlas y entrar en Europa. Treinta y tres millones de euros fue su coste. Y, a pesar de todo, aún al borde de la extenuación, con cortes profundos y heridas lacerantes, consiguen saltarlas.

No todos. Muchos terminan su sueño cuando están a punto de alcanzarlo. Ocurrió hoy hace cinco años. Un grupo de cientos de personas intentaban cruzar a nado el Mediterráneo sorteando el espigón y llegar a la playa de El Tarajal, en Ceuta. Iban desarmados, con la única defensa de su cuerpo agotado y sus manos encallecidas. Algunas llevaban chalecos salvavidas, las más afortunadas. Los de otras, estaban hechos con botellas de agua vacías; otras, al fin, nada. Extenuados después de kilómetros nadando, una lluvia de gases lacrimógenos y balas de goma a bocajarro comenzó a caer sobre ellas. Veintitrés de las que llegaron a la playa fueron inmediatamente devueltos a Marruecos. Práctica denunciada internacionalmente, pues supone la negación de toda medida de protección y auxilio contempladas en nuestra propia legislación. Devoluciones en caliente que atenta contra el derecho internacional, declaradas por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos y el Subcomité contra la Prevención de la Tortura de la ONU prácticas atentatorias contra los Derechos Humanos. Una práctica ilegal que en España y Marruecos sigue practicándose.

Quince murieron. No hubo auxilio ni clemencia para ellos. No hubo piedad.

Los guardias civiles implicados en los hechos, cuyo deber hubiera sido en primer lugar auxiliar, no lo hicieron. Las pruebas parecían claras. Dieciséis guardias civiles que, cuando menos, no solo actuaron contra el sagrado principio de auxilio sino que hicieron un uso abusivo de fuerza: el objetivo de evitar que llegaran a la playa se antepuso al humanitario de socorro y ayuda. Pelotas de goma, botes de humo, salvas detonadoras... Todo valía para evitar que llegarán a tierra firme. Inicialmente se les imputó un delito de homicidio imprudente. Los hechos evidenciaban que había pruebas suficientes para ello. Desde entonces, una larga cadena de intentos de archivo del caso, levantamiento, aportación de nuevas pruebas, vuelta al carpetazo, reclamaciones de investigación y depuración de responsabilidades… mientras, las familias reclaman justicia y reparación y los muertos dignidad.

Este fin de semana, en el quinto aniversario de aquellas trágicas muertes, las calles de Ceuta se llenarán del grito de activistas que, como una sola voz y un solo cuerpo, seguirán reclamado la universalización de los derechos humanos, la investigación exhaustiva que aclare y depure responsabilidades, que esas muertes no caigan en el olvido… en el convencimiento de que solo la justicia independiente, objetiva, es capaz de garantizar una convivencia en armonía y libertad. Asociaciones de la sociedad civil y activistas que siguen soñando con el día en que el abrazo de los pueblos sea una sólida cadena de unión que derrumbe fronteras y siglos de injusticia.

Luz Modroño es doctora en psicóloga y profesora de Historia en Secundaria. Pero es, sobre todo, feminista y activista social. Desde la presidencia del Centro Unesco Madrid y antes miembro de diversas organizaciones feministas, de Derechos Humanos y ecologistas (Amigos de la Tierras, Greenpeace) se ha posicionado siempre al lado de los y las que sufren, son perseguidos o víctimas de un mundo tremendamente injusto que no logra universalizar los derechos humanos. Y considera que mientras esto no sea así, no dejarán de ser privilegios. Es ésta una máxima que, tanto desde su actividad profesional como vital, ha marcado su manera de estar en el mundo.

Actualmente en Grecia, recorre los campos de refugiados de este país, llevando ayuda humanitaria y conviviendo con los y las desheredadas de la tierra, con los huidos de la guerra, del hambre o la enfermedad. Con las perseguidas. En definitiva, con las víctimas de esta pequeña parte de la humanidad que conformamos el mundo occidental y que sobrevive a base de machacar al resto. Grecia es hoy un polvorín que puede estallar en cualquier momento. Las tensiones provocadas por la exclusión de los que se comprometió a acoger y las medidas puestas en marcha para ello están incrementando las tensiones derivadas de la ocupación tres o cuatro veces más de unos campos en los que el hacinamiento y todos los problemas derivados de ello están provocando.