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El valor de nuestra alimentación

Una de las herramientas más interesantes para una transición justa es la promoción y desarrollo de la agroecología, un modelo agroalimentario justo y saludable con el que mejoramos nuestro medio ambiente, la sociedad y el territorio en el que nos movemos. Y al señalar la alimentación ponemos el foco en una de las actividades que más contribuye a la actual situación de emergencia ambiental. Una alimentación saludable implica necesariamente unos métodos de producción respetuosos con el medio ambiente y las personas, y sin embargo esta relación no parece ser evidente para quienes visitamos el lineal del supermercado.

En el párrafo anterior he hecho unas cuantas afirmaciones que tal vez haya que analizar ¿la alimentación es uno de los principales causantes de la emergencia ambiental? ¿una alimentación saludable es necesariamente sostenible? ¿no tenemos consciencia como consumidores de las consecuencias de nuestros actos?

Empecemos por responder a la primera pregunta: sí, es una de las primeras causas. Y como en tantas otras cosas, hay una cuestión de fondo esencial que es la desigualdad. No es en general la alimentación, sino la industria agroalimentaria global la causante del problema. El mundo ya produce muchas más calorías alimentarias de las que necesitamos los seres humanos para vivir, y sin embargo tenemos en unos lugares hambre y en otros obesidad, de lo que cabe deducir que algo sucede con la distribución.

Esa primera observación podemos completarla descubriendo que también hay un problema de producción, porque mientras la mayoría del planeta se alimenta con sistemas productivos bastante tradicionales y respetuosos con su entorno, los países ricos dependen de una agricultura y ganadería industrializadas, muy dependientes de grandes cantidades de agua, de insumos químicos (pesticidas, fertilizantes, herbicidas…) y de maquinaria. Este sistema por una parte degrada los ecosistemas hasta hacerlos desparecer (como esta pasando en Murcia en el entorno del Mar Menor) y acaparan tierras (para plantar café, palma o soja, como sucede en Asia o América) desplazando a la población autóctona (que probablemente habría dejado el ecosistema original sin perturbarlo). Por otra parte, obliga a inversiones considerables con plazos de recuperación largos, lo que hace a los agricultores y ganaderos muy dependientes del sector financiero y de las grandes empresas distribuidoras que adquieren sus productos.

Por sintetizarlo en pocas palabras: la alimentación industrial a la que accedemos en las grandes superficies degrada y destruye los ecosistemas, emite grandes cantidades de dióxido de carbono (y otros gases de efecto invernadero), precariza a los agricultores y ganaderos y genera cantidades ingentes de residuos en forma de envases y embalajes.

Respuesta a la segunda pregunta: sí, aunque hay un intenso debate sobre si los alimentos ecológicos son más sanos o tienen mejor sabor que los “industriales”. Lo cierto es que salvo casos concretos apenas hay diferencias organolépticas o bioquímicas que diferencien a unos de otros, y las cantidades presentes de productos químicos en la agricultura convencional esta en parámetros aceptables según los estándares de las agencias de salud, por lo que, aisladamente, cada producto es igual se haya producido de una forma u otra. Ahora bien, esos parámetros de aceptabilidad son discutibles, dada la enorme divergencia entre países, y cabe poner un poco más de atención en un par de cuestiones adicionales. La primera es la dieta, pues nadie come un alimento aislado; el modelo alimentario del occidente industrializado, promovido por las multinacionales del sector, está asociado a un amplio rango de afecciones a la salud de sobra conocidas. La segunda son las consecuencias de ese modelo agroindustrial; no parece sensato considerar que un alimento es saludable y seguro si para su obtención se contaminan suelos y aguas (y volvemos, de nuevo, al Mar Menor).

Y tercera pregunta: No, parece que no tenemos claro que el sistema agroalimentario que rellena las baldas del super no es sostenible a juzgar por las cifras de venta de las grandes cadenas. Y por otra parte, vista la actitud de muchos de nuestros agricultores, no parece que esa sea la inquietud que les mueve a la hora de movilizarse. Para muchos, se trata de poder seguir en el sistema de manera más cómoda. Como ya he mencionado en otros artículos, la acción estatal es necesaria e imprescindible, pero para atender a la emergencia ambiental en la que nos encontramos hace falta involucrarnos individualmente. Nos hemos acostumbrado a dar poca importancia a nuestra comida, y a pagar aun menos por ella, y el resultado salta a la vista, en especial si conoces al Mar Menor.

Nacido en 1967, es economista desde 1990 por la Universidad Complutense. En 1991 se especializó en Ordenación del Territorio y Medio Ambiente por la Politécnica de Valencia, y en 1992 en Transportes Terrestres por la Complutense, empezando a trabajar en temas territoriales, fundamentalmente como profesional independiente contratado por empresas de ingeniería.

Ha realizado planeamiento urbanístico, planificación territorial, y evaluación de impacto ambiental. En 2000 empezó a trabajar en temas de desarrollo rural, y desde 2009 en cuestiones de políticas locales de cambio climático y transición con su participación en el proyecto de la Fundación Ciudad de la Energía (en Ponferrada, León).

En 2012 regresó a Madrid, hasta que, en diciembre pasado, previa oposición, ingresó en el Ayuntamiento de Alcalá de Henares, en el Servicio de Análisis Económico.