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Transición y ortodoxia económica

De forma muy sintética, podríamos decir que la transición ecológica es el proceso por el que pasamos de la actual situación de degradación ambiental debida a nuestro modelo económico y social, transformándolo en otro que nos permita vivir con calidad y de manera sostenible. Es una definición mejorable, como todas, pero nos permite ir perfilando algunos términos del debate.

Una primera reflexión pertinente que ya he venido haciendo en artículos anteriores es sobre la degradación ambiental que implica nuestro actual modelo económico, por lo que podemos deducir que deberemos cambiarlo profundamente para alcanzar el objetivo previsto. Ahora bien ¿hacia dónde vamos? ¿cuál es la alternativa? ¿hay un nuevo modelo?

Hechas las preguntas, el punto de partida lógico sería establecer una orientación general en torno al soporte físico de ese nuevo modelo y, por tanto, de la transición al mismo. Y esta la debe marcar la energía. No es un capricho, sino la constatación de que todo modelo social y económico se basa en su disponibilidad y uso. Y desde esa perspectiva, la transición es un proceso en el que hay que pasar de un sistema económico que emplea energía barata, abundante y de calidad, de manera continua e ininterrumpida, a otro en el que será escasa y cara, su calidad será decreciente y no estará garantizada la continuidad. Y una primera deducción obvia es que ese giro lo cambia todo. Por ejemplo, la abundancia material en la que ahora vivimos no será posible.

Como he ido describiendo en artículos anteriores, y cualquiera puede leer en la prensa casi a diario, la biocapacidad del planeta esta ampliamente desbordada, lo que implica una continuada reducción del capital natural, y en consecuencia una decreciente resiliencia (que es la capacidad de un ecosistema, o en este caso de todos, de toda La Tierra, de adaptarse a un cambio). Dicho de otra forma, como estamos gastando el capital natural, los rendimientos (la biocapacidad) son cada vez menores. La comunidad científica lleva años denunciando este hecho, y planteando la necesidad de acciones inmediatas. Frente a ello, se supone que es la Economía la ciencia que debe proporcionarnos alternativas, y la respuesta que nos encontramos es que mantiene un enfoque gradualista, y la ortodoxia preponderante se ha limitado, en el mejor de los casos, a proponer sobre la situación actual modelos de fiscalidad verde y tarificación del carbono.

La pérdida de resiliencia conduce a cambios en el clima y los ecosistemas que no van a ser graduales, hay puntos críticos de no retorno que dan paso a realidades nuevas, que en algunos casos son, simplemente, no mensurables. Un ejemplo de ello, entre otros posibles, es la pérdida del hielo ártico y antártico. Frente a esto, esa Economía ortodoxa, que es la que construye los modelos analíticos que emplean los gobiernos, se ha desarrollado conceptualmente en el contexto de la abundancia de energía y materiales, y con la filosofía del crecimiento que ya he comentado en otros artículos: obviando la imposibilidad física de un consumo de materiales creciente en un mundo finito, y sacralizando ese crecimiento como axioma central.

La Teoría Económica convencional solo ha tenido un momento de duda, un momento en el que discutió ese dogma sagrado. Fue en los años 70 del siglo pasado, como efecto de las sucesivas crisis del petróleo y otras perturbaciones en los mercados de materias primas, pero casi todas se disiparon en la década siguiente con el cambio de coyuntura económica y el rearme ideológico de la derecha. Hasta tal punto esta desconectada de la realidad que es difícil que pueda considerársela una ciencia, si hacemos una evaluación rigurosa.

Pero no es momento de llorar por la leche derramada. Ahora, los gobiernos se enfrentan a los problemas económicos del cambio climático sin herramientas adecuadas. Frente al panorama de desempleo, desigualdad, renta estancada, atonía económica, deuda elevada, … no se ha respondido en el ámbito fiscal y las autoridades monetarias de la OCDE han quemado sus cartuchos “no convencionales” (como los tipos negativos o la compra de deuda privada). Es aun más grave, pues esos instrumentos no convencionales se han convertido en imprescindibles, y a la vez, están alimentando al monstruo de una potencial nueva crisis financiera. El shock económico que ya supone la crisis sanitaria del covid-19 hará aflorar las limitaciones de esas políticas económicas agotadas.

La ciencia ya definió la crisis ecológica hace 30 años, y los economistas han estado todo ese tiempo mirando para otro lado… o estableciendo y apuntalando una dogmática que ha beneficiado a ciertos intereses. No parece ahora muy ético que quienes han estado en esa línea denuncien ahora que no hay un modelo que perseguir, que no hay alternativas. Es cierto que esos modelos de detalle en principio no existen, y es un problema serio, pero tampoco hay profesionales que puedan desarrollarlos, y eso es un problema mucho más serio. Esto último se debe a que la formación sigue centrada en el mundo mágico de la ortodoxia del crecimiento y la abundancia, y nuestros estudiantes de economía salen de la universidad pensando que la contaminación o el cambio climático son problemas “externos” a la economía. Son dogmas que no tienen base científica, pero son los que moldean a los gestores del sistema económico.

Los problemas ambientales que nos acosan tienen origen humano. De alguna forma podemos deducir que son convencionales, y que se solucionan como se han creado, por acuerdo, y debería ser tan fácil como pactar ese acuerdo. Sin embargo, antes que dejar de emitir carbono parece más viable colocar una red de satélites con espejos que limite la incidencia del Sol sobre la Tierra, idea que no es una ocurrencia mía sino un proyecto real que busca impulsores y patrocinadores. ¿Descabellado? Sí, pero a muchos les podrá parecer digno de tener en cuenta porque supondría hacer crecer el PIB y los beneficios. Es la forma de pensar de la ortodoxia económica imperante.