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Hace 75 años en el búnker, en Berlín

Hace 75 años se suicidaba Adolf Hitler, sitiado en su búnker, bajo el fuego incesante y brutal de las tropas soviéticas. Resistir hasta el final en aquellos meses de 1945, aunque murieran más alemanes que en todos los años de guerra anteriores, fue su obsesión final, a la espera de algún milagro tecnológico o de otro tipo que cambiara el inexorable final que tarde o temprano llegaría.

Recordar este hecho no es ni debe ser motivo de alegría a pesar de quien se suicidó fue uno de los personajes más horribles de toda la Historia de la Humanidad, dentro de una lista que ya comienza a ser interminable. Recordamos por otros motivos, recordamos porque aquellos hechos, desde el ascenso del nazismo hasta ese final marcan la Historia contemporánea de forma indeleble. Nada fue igual después de casi quince años de espanto en Alemania y en el mundo.

Pero también recordamos porque, a pesar de las dificultades para establecer paralelismos históricos, observamos que ante la crisis general que vivimos en todos los aspectos, y todo enrarecido aún más por la pandemia mundial, las tentaciones autoritarias, populistas, reduccionistas de la realidad, buscadoras de chivos expiatorios y profundamente antidemocráticas florecen en toda Europa y fuera del continente, incluido nuestro país donde tanta experiencia tenemos, desgraciadamente, en ese intenso pasado siglo.

Conocer la Historia, sin el uso interesado y revisionista de negacionistas o justificadores del autoritarismo o totalitarismo, es un ejercicio muy conveniente para los ciudadanos y ciudadanas, observar cómo demagogos, que terminaron por conseguir fuertes apoyos mediáticos y económicos, pueden crear formaciones y movimientos políticos que intentan conectar con evidente éxito con la población para alimentar odios y plantear interpretaciones simplistas y demagógicas de la realidad, y ofrecer recetas para, supuestamente, arreglarlas. Pensemos en cómo comenzó el nazismo, en qué pequeños círculos, y cómo fue extendiéndose como un virus, o cómo se formó el fascismo, por poner los dos ejemplos. Existe una bibliografía seria para conocer estos mecanismos de llegada y ascenso de estos movimientos en un período de intensa crisis como fue el de entreguerras.

No es alarmismo, en nuestro mundo, también en crisis, con elementos y factores nuevos, pero también clásicos, tenemos formaciones, adaptadas a los nuevos tiempos mediáticos, en los parlamentos de democracias consolidadas contaminando el debate político, haciendo que algunas formaciones radicalicen más su discurso, incluyendo en las agendas políticas temas que no son realmente problemas, o que siéndolos deben ser entendidos y solucionados atendiendo a sus distintas facetas y con análisis sistemáticos. Este neofascismo ha cambiado los uniformes pardos, negros o azules por trajes y corbatas, y emplea los medios tecnológicos actuales, pero tienen bases parecidas a lo que ya pasó en los años treinta. La pulsión reduccionista autoritaria nos acecha desde que encendemos por la mañana el móvil.

Hoy, recordando ese final apocalíptico, no queremos serlo, pero sí pretendemos estar alerta, aún más si el coronavirus provoca un crisis más aguda y profunda de la que, realmente, ya se avecinaba.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.