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Alimentación, biodiversidad y bulos


La avalancha de noticias falsas y bulos, aderezada con las intervenciones cuando menos pintorescas de algunos líderes políticos, es una de las cosas más fascinantes de estos tiempos convulsos. Uno de mis favoritos es el que patrocina el propio Donald Trump, acusando a China de haber “fabricado” el virus. Dejando al margen lo pintoresco, llama mi atención la fe en la tecnología de quienes lo hayan considerado cierto, que no serán pocos, porque en realidad estamos muy lejos de poder crear vida en un laboratorio, aunque sea tan simple como un virus.

Este bulo, además, tiene el otro componente clave de todos ellos: un malo capaz de cualquier cosa ¡Que sería de nosotros sin una buena conspiración! En el fondo, siempre queremos que haya alguien al volante, aunque sea perverso, o torpe. Estamos más cómodos si lo que sucede es producto de un plan, independientemente de que el resultado nos sea favorable o no, y esa necesidad es la que supongo ha permitido a las religiones sobrevivir a tres siglos de avance científico.

La cruda y fea realidad es que no hay nadie al mando, o peor, somos nosotros mismos, porque en el caso que nos ocupa el origen de la criatura no es un aséptico laboratorio tras años de experimentos, sino un sucio mercado de alimentación que ejemplifica el modelo de destrucción de la biodiversidad de nuestro sistema económico. La industria agroalimentaria se despliega en el territorio chino sin apenas frenos ambientales: mientras que en España la ciudadanía se ha enfrentado a la aparición de macrogranjas ante la evidencia de sus consecuencias, en China estas proliferan debido a la demanda creciente derivada de la extensión de los modelos de consumo occidentales, y con unas escalas que simplemente nos enmudecen. Conviven con estructuras tradicionales de comercialización y distribución, sin controles sanitarios adecuados y con estructuras de control administrativo precarias, poco eficaces y escasamente concienciadas, con lo que juntamos lo peor de ambos mundos. Añadimos a eso la ruptura de las fronteras ambientales debido al cambio climático y las facilidades de transporte de la globalización y, como ya he mencionado en artículos anteriores, tenemos esta bonita pandemia. Como cabe deducir, veremos más si no tomamos decisiones.

No es sólo que China “no haga las cosas bien”, que podría ser una conclusión de lo que acabo de decir. También he mencionado en otros artículos, y no es cosa de repetirse, el enorme volumen de biomasa que se destina a nuestro uso. Sobre el terreno, esto implica arrasar cantidades enormes de territorio y de espacios salvajes, lo que termina haciendo que la biocenosis local entra en contacto directo con nuestra cadena alimentaria. No hace falta, pues, que nadie haga sopa de murciélago (otro bulo, por cierto). Y otro inciso: no hay que irse lejos, aquí tenemos otros comportamientos igual de estúpidos, tales como tener como mascota animales exóticos.

Nos hemos acostumbrado a que todo tipo de alimentos estén disponibles en cualquier sitio, en cualquier momento y para todos (esto es, barato y en abundancia), y el planeta nos está mandando señales inequívocas de que no es posible. Hacerlo supone un enorme gasto de trabajo, capital, materiales y energía, e implica una constante destrucción de biodiversidad. No me gustaría que se interpretara esto como una acusación exclusiva hacia nuestro comportamiento individual y dejar al margen el de las empresas y sus propietarios, pero no podemos eludir la parte de responsabilidad, y sobre todo la gran capacidad de respuesta que tenemos como consumidores.

Si comprar es tomar decisiones, nuestra alimentación es entonces un acto político que las empresas procuran, obviamente, descafeinar. Ningún momento es más adecuado que éste para tomar conciencia. No se trata de consumir sólo productos ecológicos, porque no son una solución. Se trata de incorporar responsabilidad y sentido crítico, buscando productos que minimicen la distancia, tengan menos elaboración, se ajusten a los ciclos de temporada... ¿tiene sentido que los pimientos envasados en La Rioja procedan de Perú? Si los pimientos se plantan allí ¿qué ha pasado con los agricultores de aquí? ¿y que plantaban en Perú antes que los pimientos? ¿se ha arrasado un ecosistema para poder plantarlos? Hacerse estas y otras preguntas similares tiene obvias consecuencias en el comercio mundial, y en nuestro medio rural. Como necesitamos un medio rural vivo, y para eso ha de ser productivo, podemos empezar por lo más básico: que vuelva a darnos de comer.

Ya indiqué que las cosas serán distintas, o no, dependiendo de lo que hagamos: no se trata de reconstruir lo que había, sino de construir una nueva realidad. Empecemos con lo más básico, nuestra alimentación, que nos va a exigir un comportamiento responsable, más crítico con nuestros hábitos, con lo que nos cuentan y con lo que nos creemos.

Nacido en 1967, es economista desde 1990 por la Universidad Complutense. En 1991 se especializó en Ordenación del Territorio y Medio Ambiente por la Politécnica de Valencia, y en 1992 en Transportes Terrestres por la Complutense, empezando a trabajar en temas territoriales, fundamentalmente como profesional independiente contratado por empresas de ingeniería.

Ha realizado planeamiento urbanístico, planificación territorial, y evaluación de impacto ambiental. En 2000 empezó a trabajar en temas de desarrollo rural, y desde 2009 en cuestiones de políticas locales de cambio climático y transición con su participación en el proyecto de la Fundación Ciudad de la Energía (en Ponferrada, León).

En 2012 regresó a Madrid, hasta que, en diciembre pasado, previa oposición, ingresó en el Ayuntamiento de Alcalá de Henares, en el Servicio de Análisis Económico.