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Las residencias: esos olvidados lugares. Un espacio para «sentarse»


  • Escrito por Cristo I. Mahugo
  • Publicado en Opinión

Envejece la persona, se asienta el olvido. Recordemos que el término «residencia» proviene del latín resĭdens (-entis), cuya traducción es «lugar en que se reside» (DRAE, 2014) o lugar en donde «quedarse» (Anders, 2001-2020). Visto así, muchos lugares parecerían dignos de tal calificativo (por ej., uno se queda en casa, una persona reside en la vivienda de sus familiares); tal similitud es, desde esta óptica, inexacta; ubicaremos nuestra atención en las denominadas «residencias de/para personas mayores». Hay dos diferencias que nos gustaría destacar entre ambos lugares: la primera, las residencias que estamos analizando suelen establecerse para la atención, el cuidado y la protección de las personas mayores; la segunda, las residencias parecen ser socialmente contempladas —de esto no suele hablarse muy a menudo— como los «últimos espacios»; esos últimos lugares de habitabilidad para las personas residentes en ellas.

Al colectivo de personas mayores se las asocia con las etiquetas de «vejez», «tercera edad» o «ancianidad», entre otras [1]. Aunque aquí no será significativo distinguir entre tales términos, sí matizaremos una cuestión que interpretamos como peyorativa: las personas mayores son, con bastante asiduidad, el centro de numerosos prejuicios [2] (Sáez Carreras et al., 2003). Contemplándolos de esta manera, dichas personas son enfocadas cuasiexclusivamente desde un eminente 'plano evolutivo' (es decir, son la última etapa de la vida), lo que esconde en muchas ocasiones el olvidar(nos) del otro complementario plano, el 'plano político' (es decir, son la viviente voz del tiempo que conserva a la par que renueva). Quizá encontremos en la vejez (como etapa) y en las personas mayores (como sujetos históricos) la mayor presencialidad de lo que denominamos «sujeto político» [3].

Amplio debate es el observado en torno a la gestión de las residencias y la responsabilidad de las Comunidades Autónomas en la actualidad española: asunción autonómica de las residencias privadas, reportes diarios de las situaciones que viven en ellas o la conocida —y desigualitaria— 'curva del coronavirus' por Comunidades Autónomas. Así, el mapa de las comunidades se plasma tan polifónico como elegíaco: el alto número de personas mayores fallecidas en residencias y la gran desigualdad en los datos vertidos entre las Comunidades Autónomas convierten 'el mapa' en 'el puzle' (un irregular rompecabezas). Demostrado queda —y dramático es— el lucrativo negocio de las residencias gestionadas por algunas empresas privadas (son los casos de 'DomusVi' y 'Vitalia Home') que, detrás de los datos, lo que se observa es el posicionamiento secundario que tiene la vida humana en estos espacios. Aquí, la vejez no envejece principalmente por 'cuestiones evolutivas y naturales', sino por 'cuestiones atencionales, contextuales y materiales'. Visto así, algunos de estos espacios se acercan más a rentables aparcamientos que a residencias de atención, cuidado y vinculación.

Las etapas suelen caracterizarse por tener una serie de disposiciones y elementos que, ligados a un marco cultural y situacional, las constituyen. Por ello, en la vejez se aprecian tres características que configuran su constitución (no siendo las únicas): la improductividad (la lógica utilitarista del «ya no pueden producir»), la enfermedad y dependencia (la lógica orgánica del envejecimiento) y la muerte (la lógica existencial de la finitud). Estas premisas conceptuales podrían ayudar a entender mejor «la presencia social (y simbólica)» que poseen las personas mayores como vivaz pozo del recuerdo (o, dicho de otra forma, del miedo): las personas mayores nos recuerdan (para los que no lo somos) que, llegados a un punto, tendremos que lidiar con la improductividad social, con los achaques y dependencias y, quizá el aspecto más crudo, con la finitud de nuestra existencia [4]. Así, este recordatorio empuja a «las personas no-mayores» a un vital enfrentamiento: la aceptación de su incuestionable porvenir. Y esto, guste o no, tiende a generar miedo (a saber que algún día dejaremos de estar). De hecho, el miedo se presentaría como guionista del olvido y de las interpretaciones prejuiciosas que se pueden tener sobre la vejez.

Es necesariamente pedagógico no olvidar el «drama(-19)» que muchas familias han vivido (y siguen viviendo) tras los robados fallecimientos de sus seres queridos; esas pérdidas que trauman el tiempo. Las pérdidas de gran parte de las personas mayores (muchas en residencias) no han podido recibir el derecho de un digno velatorio, y tan hiriente como lo anterior es no haber podido darles una despedida en vida. Entendamos —en términos generales— que las pérdidas implican cierto grado de dolor; cuando la pérdida posee la dialogicidad de la despedida (de un último encuentro), el dolor parece presentarse con una ligera afectuosidad (la palabra que alivia). Cuando dicha despedida no es posible, lo que aparece es la ruptura (del lat. ruptūra, «rompimiento de las relaciones»); he aquí su brusca violencia. La brusquedad del momento se agudiza cuando tomamos consciencia de que muchas de nuestras personas mayores «no solo se han ido», sino que «se han ido solas».

Como aspecto circunstancial a ese drama que necesita asentarse (residir [5]), es importante reseñar que una de las lecciones que nuestras personas mayores nos transmiten —sean sus receptores adultos, jóvenes o infantes— es aquella «cuidada otredad» (recordemos que 'cuidar' proviene del lat. cogitāre, 'pensar'). Es decir, que no debemos olvidar lo agradable y necesario que es cuidar a alguien (por tanto, pensar en alguien y pensar con alguien).

Notas [n.]

[1] No nos parece el momento adecuado para analizar las diferencias conceptuales entre tales término pero recomendamos una lectura más minuciosa de algunas obras citas en las referencias.

[2] Escribe Fernández Lópiz, citado en Sáez Carreras et al. (2003: 211), que «las ideas y actitudes de prejuicio sobre los mayores, los mitos, adquiridos a lo largo de la vida por una suerte de transmisión cultural y educativa, no solo funcionan como una interpretación de la realidad capaz de encauzar los comportamientos, sino que también buscan confirmar su legalidad y vigencia, reforzándose en la misma realidad vital.»

[3] Decía José Carlos García Ramíez (2003: 23): «Hasta ahora no se les ha dado a las palabras vejez, ancianidad o senectud la categoría (filosófica, antropológica, político-económica) que merecen.»

[4] Dice García Ramírez (2003: 94): «Peter Medawar señaló en 1956 que "la vejez es el cambio fisiológico que sufre el individuo, cuyo término inevitable es la muerte". [...] Esta definición revela el sentido que tiende a considerar al senecto como sujeto-para-la-muerte.»

[5] «Residir proviene del latín residere (quedarse) formado del prefijo re- (en este caso significa intensificación) y sedere (sentarse)» (Anders, 2001-2020).

Referencias

Anders, V. et al. (2001 - 2020). Etimologías. Recuperado de http://etimologias.dechile.net [consultado en abril - mayo 2020].

Diccionario de la lengua española [DRAE] (23ª edición, 2014). Recuperado de https://dle.rae.es.

García Ramírez, J. C. (2003). La vejez: El grito de los olvidados. Barcelona: Plaza y Valdés (340 págs.).

Sáez Carreras, J. et al. (2003). Educación y aprendizaje en las personas mayores. Madrid: Dykinson (294 págs.).