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El terrorismo de Estado: ese tan aparentemente olvidado en España

En estos tiempos en los que se acusa a familiares de políticos de haber sido terroristas, y en el que se recurre, de nuevo, al recuerdo del terrorismo de ETA con fines políticos, puede ser conveniente que repasemos otro terrorismo, ese que no es recordado, precisamente por los acusadores y resucitadores mencionados, pero que padecieron los españoles durante interminables décadas en el pasado siglo. Nos referimos al terrorismo de Estado.

Por terrorismo de Estado se entiende el empleo por parte de un gobierno de políticas y medios represivos ilegítimos para provocar miedo a la población o para inducirla a que siga determinados planteamientos y comportamientos para conseguir determinados objetivos sociales, económicos, políticos y hasta militares. Todos los gobiernos de regímenes autoritarios, dictatoriales y/o totalitarios procuran aprobar leyes para justificar y practicar esas políticas del terror, buscando una supuesta legitimación, de persecuciones de los considerados enemigos a través de muchos medios, con el fomento de la delación, las intimidaciones, vigilancias, detenciones, torturas, y aplicación, en fin, de esa legislación, pero también, como vimos en las dictaduras del cono sur americano, con el secuestro, el asesinato y la desaparición. Para ello cuentan con las instituciones y fuerzas oficiales del orden. En todo caso, no debe confundirse nunca la legalidad con la legitimidad.

Pero también cuentan o pueden contar con otras paramilitares o parapoliciales, como los escuadrones de la muerte. Por fin, se pueden apoyar secretamente en organizaciones terroristas para cumplir estas políticas del terror.

El terrorismo de Estado incluye la formación de personal para realizar las prácticas terroristas, como el diseño de planes para desarrollar represiones masivas de población en otros Estados o regiones del mundo. Recordemos, en este sentido, la tristemente famosa Escuela de las Américas que fue creada por los Estados Unidos. Se destinaron muchísimos recursos económicos y humanos para formar a militares de regímenes políticos afines, especialmente de América Latina, para que conocieran las denominadas nociones de “democracia” pero, como bien sabemos, para aprender las técnicas propias del terrorismo de Estado con el fin de reprimir lo que se consideraban grupos y movimientos insurgentes, así como la penetración comunista. El programa formativo era muy completo e incluía muchas áreas: mando, personal, comunicaciones, ingeniería, armas, vehículos, funciones directivas, misiones de comando, operaciones contra la guerrilla urbana, operaciones de apoyo, explosivos, medicina, policía militar, inteligencia, investigación criminal, guerra psicológica, tortura, etc.. La principal democracia del mundo fomentó el terrorismo de Estado en las áreas mundiales que le interesaban en su combate del comunismo y/o sus enemigos en sus distintas variedades.

El franquismo practicó el terrorismo de Estado. El empleo de ese terror a través de una extensa e intensa legislación represiva, y por la puesta en marcha de distintas instituciones y jurisdicciones, que se adaptaron al paso del tiempo, tuvo un éxito evidente, casi paralizando a la población española hasta el final de la dictadura. El objetivo era doble: reprimir a los supuestos enemigos de España, y atemorizar al resto de la población susceptible de ser contraria o, en todo caso, tibia en el apoyo entusiasta al régimen.

Se nos dice que siempre estamos pensando en ese pasado, pero es que dichos acusadores emplean el pasado que les interesa, obviando o adornando el otro, el que pesó como una losa que creíamos resquebrajada por el paso del tiempo, pero que algunos parecen dulcificar, justificar o, en algunos casos, ejercer sobre el mismo un ejercicio de equidistancia.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.