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Heroínas

Se oye el ruido de sus pasos rompiendo el silencio que se ha cernido sobre las ciudades. El mundo ha quedado confinado, escondido en las casas. Ellas no. Salen cada día, con el miedo pegado a la piel y la esperanza de quien sabe que sus cuidados son esenciales para salvar o, al menos, aliviar vidas. Y exhaustas regresan, con la mirada turbia por el espectáculo dantesco que han estado contemplando durante largas y agotadoras jornadas en los que el dolor y la muerte han sido protagonistas.

Los medios televisivos, la prensa, hablan reiteradamente de los contagiados, de los muertos, que no paran de aumentar y cuyo número alcanza cotas ya incontrolables. Pero apenas hay referencias a estas miles de mujeres valientes, orgullosas, olvidadas, que soportan el miedo del enfermo sin dejar traslucir el suyo propio. Que alivian el dolor con una mirada, con una caricia, con una palabra de aliento y ánimo. Durante largas horas soportan las lágrimas traicioneras que acuden una y otra vez a su rostro y que soltarán ya irrefrenables en el silencio de sus casas, cuando intenten recuperar aliento para volver a lo mismo el día siguiente. Víctimas de una política errónea, pacata y avara, que es incapaz de entender eso del bien común y de las líneas rojas.

Saben que el salir bien de esto va a ser sólo cuestión de suerte. Conscientes del peligro de contagiar a sus propias familias, muchas han abandonado sus hogares, otras intentan desesperadamente desinfectarse antes de traspasar el umbral de una casa que ha dejado de ser refugio. Sin saber si ese día el virus les ha tocado a ellas o si les tocará al siguiente. Conviven con él día a día. Muchas perecen. Y seguirán pereciendo. Son enfermeras.

Legiones de enfermeras, heroínas sin nombre, que llevan desde el principio retando al contagio, dando la cara por todas y todos los que cada día entraban en los hospitales infectadas por un virus tan desconocido como virulento y mortal. Una profesión tan feminizada que cuando el hombre se ha incorporado a ella hubo un intento de masculinizar su nombre. Lo que durante toda la vida -salvo un paréntesis de algunos años en los que se denominaron asistentes técnicos sanitarios, denominación que no cuajó y está ya olvidada- fue enfermería, de pronto y con la incorporación del hombre a ella, surgen las dudas. ¿Cómo llamar enfermera a un hombre? Llamar médico a una mujer parece normal y perfectamente asimilable, pero enfermera a un hombre es ya harina de otro costal.

No había mascarillas, no había guantes; el cuerpo, envuelto en plásticos, a veces bolsas de basura. Infatigables, dando lo mejor de sí mismas, dignas representantes de ese ser humano capaz de dar la vida por los demás. Cuidadoras. Sanadoras. Intuyendo que fueron los cuidados los que hicieron posible que el ser humano perviviera y llegara a nuestros días. Sabiendo que es la mujer la dadora de vida.

Cada día, en agotadores turnos que muchas doblan para minimizar los riesgos, en un intento de conjurar el mal que las acecha y acorrala, incansables, con la sonrisa permanente en los labios, el calor en las manos con que acarician al moribundo, pasan corriendo de una cama a otra, de un enfermo a otro. Curando, intentando sanar el alma y el cuerpo de tantas personas como entran cada hora, cada minuto. En una lucha titánica contra la muerte, en la que muchas van a perder. No hay camas, no hay respiradores. No hay vergüenza. Porque mientras esta lucha titánica y desigual está desarrollándose, los responsables de este estado de cosas siguen echando balones fuera, incapaces de reconocer que la principal causa de este caos no es el virus sino las políticas privatizadoras que se han ido llevando a cabo durante años tantos años atrás. Tan poca vergüenza hay que se habla de despidos de las que han sido contratadas en estos tiempos difíciles, contratos que hubo que hacer deprisa y corriendo pues, años atrás se infravaloró tanto su trabajo que tuvieron que salir de su país para buscar sustento en otro. Tan poca vergüenza hay que, de nuevo y cuando aún la retina y el recuerdo están inundados de horror, se vuelven a oír voces de privatizaciones y entregas de lo público a manos privadas. Flaca memoria la de quien tiene la obligación de aprender de pasados errores para no cometerlos nuevamente. Pero la codicia parece ajena a la vida.

Mujeres valientes, fuertes, que un día, ante la ausencia de una compañera no saben si volverán a compartir jornadas de trabajo. Porque, aunque nadie se lo haya dicho, saben que es una contagiada más y una compañera, quizás una amiga, posiblemente menos. Y transforman el desmoronamiento y la falta de esperanza en el redoble de energías y la fuerza titánica que solo el amor, la entrega a los demás, proporciona. No sin costes. Porque, además de los riesgos que supone el permanente contacto con el virus, están los emocionales. Las cifras cantan por sí mismas: Un estudio realizado por la Universidad Complutense ha revelado que el 80% del personal sanitario sufre ansiedad, mientras una cuarta parte, de ansiedad severa. Según este mismo estudio, el 40 por ciento manifiesta sentirse emocionalmente agotado. A ello debemos sumar el miedo al contagio que, siendo elevado entre las que no están expuestas al virus, es fácil colegir el nivel de las que lo están a diario. Ansiedad, depresión, insomnio, tristeza, abatimiento. Y miedo, mucho miedo. Y mucho cansancio.

Enfermeras. Heroínas en tiempos de pandemia.

Luz Modroño es doctora en psicóloga y profesora de Historia en Secundaria. Pero es, sobre todo, feminista y activista social. Desde la presidencia del Centro Unesco Madrid y antes miembro de diversas organizaciones feministas, de Derechos Humanos y ecologistas (Amigos de la Tierras, Greenpeace) se ha posicionado siempre al lado de los y las que sufren, son perseguidos o víctimas de un mundo tremendamente injusto que no logra universalizar los derechos humanos. Y considera que mientras esto no sea así, no dejarán de ser privilegios. Es ésta una máxima que, tanto desde su actividad profesional como vital, ha marcado su manera de estar en el mundo.

Actualmente en Grecia, recorre los campos de refugiados de este país, llevando ayuda humanitaria y conviviendo con los y las desheredadas de la tierra, con los huidos de la guerra, del hambre o la enfermedad. Con las perseguidas. En definitiva, con las víctimas de esta pequeña parte de la humanidad que conformamos el mundo occidental y que sobrevive a base de machacar al resto. Grecia es hoy un polvorín que puede estallar en cualquier momento. Las tensiones provocadas por la exclusión de los que se comprometió a acoger y las medidas puestas en marcha para ello están incrementando las tensiones derivadas de la ocupación tres o cuatro veces más de unos campos en los que el hacinamiento y todos los problemas derivados de ello están provocando.