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Verano en la encrucijada del coronavirus

Que los datos fatales van mejorando es un hecho. Y lo escribo mientras se conoce que las cifras vuelven a aumentar, en comparación a los contagios reportados el martes.

Que se ha trabajado a destajo para plantar cara al virus, es otra cuestión que me parece obvia. La responsabilidad, tanto del Gobierno como, y sobre todo, de la ciudadanía, ha sido la clave fundamental para que esto del virus no haya sido peor de lo que ya ha sido.

Que, por mucho sol y terrazas que tengamos esto no ha terminado todavía es algo que a mucha gente parece habérsele olvidado. Es lógico: han sido muchos días encerrados, bombardeados por información, y sobre todo, también, por falta de certezas y en cuanto hemos visto que salía el sol, que los pájaros cantaban, que los bares abrían, muchos se han olvidado del riesgo en el que nos encontramos.

Era evidente que habría que activar de nuevo la economía, la actividad de tantas empresas que se han visto sumidas en un mar de incertidumbre. Había que abrir las puertas para que, poco a poco, fuéramos dando forma a "la nueva normalidad". Sin embargo, me pregunto si estamos preparados realmente para afrontar una realidad que todavía desconocemos.

Esta semana conocemos que en China el virus ha aparecido de nuevo. Se supone que la cepa a la que corresponde el "bicho" les ha llegado desde Europa, y en Pekín se han dispuesto ya para tomar medidas contundentes desde el primer minuto en el que se han identificado nuevas infecciones.

Nueva Zelanda anunciaba hace unos días que había conseguido erradicar el virus en su territorio. Y sin embargo, ayer mismo se anunciaba ya la presencia de casos positivos.

Italia sigue combatiendo al coronavirus y en Portugal también están preocupados. Suecia ya ha demostrado que sus medidas de normalidad no han funcionado y todo esto mientras aún no hay vacuna ni tratamiento que pueda protegernos.

Es complicadísimo establecer un equilibrio entre reactivar la vida y mantener la protección de la salud. Lo comprendo y desde luego que estamos en una auténtica encrucijada. En países del sur como el nuestro, la llegada del calor ayuda, sin duda, a que la presencia del virus se reduzca. Pero no a que desaparezca. Y mientras esté presente, hay riesgo.

Evidentemente el principal objetivo, según he entendio al hablar con distintos profesionales del ámbito sanitario, es que, cuando llegue la próxima ola (que me aseguran que vendrá), estemos preparados para tener camas suficientes, respiradores, y atención médica que pueda hacer frente al brote. Ese es el capítulo pendiente: tomar medidas en las residencias de mayores, preparar bien los hospitales y garantizar que el personal sanitario esté protegido en todo momento y pueda realizar su trabajo en condiciones mínimamente dignas. No como la primera vez.

La cuestión no es por tanto si habrá de nuevo un brote, puesto que todos los expertos parecen coincidir en que así será, y muy probablemente después del verano (si no sucede antes, algo que algunos ya empiezan a señalar). La cuestión es, si estaremos preparados para evitar colapsos, saturación y focos de contagio.

Parece una obviedad, pero a juzgar por el comportamiento que puede verse en las calles, resulta inaudito contemplar cómo olvidamos de rápido y cómo podemos llegar a ser inconscientes de una realidad que nos afecta.

Licenciada en Derecho, Periodista y Analista política.