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Palabra


El miedo maridó con el silencio,

pero quedó la palabra susurrada.

Apenas un silbido rozando la vida,

audible entre trinos de pájaros

traspasa arboledas,

cabalga sobre arroyos rumorosos

cantando Libertad.

Palabra arrebatada, encarcelada.

Palabra prisionera, voz vencida.

Palabra que fue maldita y peligrosa,

ahogada la voz bajo la bota y el fusil.

Palabra que no calla

aunque la voz enmudezca

ahogada por mordazas de papel o hierro.

Silencio, silencio. Solo queda hueco para la palabra.

¿Quién quiere hoy arrebatarme de nuevo la palabra?

Si mi palabra no hiere.

Si mi palabra no mata.

La Palabra de todos,

La Palabra común, la que habla de derechos,

de esperanza, de amor,

de fraternidad, sororidad, igualdad.

La que grita ¡basta ya!

Titiriteros, cómicos de la legua, cancioneros, raperos…

Unid vuestra voz a la mía.

Que cabalgue a lomos de un Pegaso alado,

cruzando fronteras, saltando vallas, atravesando muros.

¿Quién siente la amenaza de mi voz?

¿Es acaso el niño hambriento clamando por un trozo de pan?

¿Quizás la mujer amenazada por un amor en el que creyó?

¿Puede ser la anciana que tirita de frío acurrucada en un portal?

¿O acaso es el africano que llegó buscando la paz?

¿O esa generación que no encuentra donde anidar?

¿Quién siente como una amenaza mi voz?

Palabra, refugio de la gente perseguida.

De la desheredada, de la excluida.

De la que clama justicia y libertad.

¿Quién osa levantar murallas a mi palabra?

No callará mi voz ante tormenta alguna,

no se esconderá ante la amenaza.

Libre, despliega sus alas para volar

y se funde con el viento.

Luz Modroño es doctora en psicóloga y profesora de Historia en Secundaria. Pero es, sobre todo, feminista y activista social. Desde la presidencia del Centro Unesco Madrid y antes miembro de diversas organizaciones feministas, de Derechos Humanos y ecologistas (Amigos de la Tierras, Greenpeace) se ha posicionado siempre al lado de los y las que sufren, son perseguidos o víctimas de un mundo tremendamente injusto que no logra universalizar los derechos humanos. Y considera que mientras esto no sea así, no dejarán de ser privilegios. Es ésta una máxima que, tanto desde su actividad profesional como vital, ha marcado su manera de estar en el mundo.

Actualmente en Grecia, recorre los campos de refugiados de este país, llevando ayuda humanitaria y conviviendo con los y las desheredadas de la tierra, con los huidos de la guerra, del hambre o la enfermedad. Con las perseguidas. En definitiva, con las víctimas de esta pequeña parte de la humanidad que conformamos el mundo occidental y que sobrevive a base de machacar al resto. Grecia es hoy un polvorín que puede estallar en cualquier momento. Las tensiones provocadas por la exclusión de los que se comprometió a acoger y las medidas puestas en marcha para ello están incrementando las tensiones derivadas de la ocupación tres o cuatro veces más de unos campos en los que el hacinamiento y todos los problemas derivados de ello están provocando.