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Cuatro de julio, 2020

Donald Trump en una imagen de archivo / EFE. Donald Trump en una imagen de archivo / EFE.

Me coge la fecha bastante cabreado con lo que ocurre en las Américas. En las de arriba, las del centro y las de abajo. Podría decir, ¡me duele América!, pero sería bastante demagógico en boca de un “mindundi” hispánico, porque la ampulosa frase parece propia de un gobernante populista. Pero hablemos de Estados Unidos, que es lo propio del día.

Me tiene frito, contrito, y a la vez me deja helado, el atrabiliario presidente del país; un hombre voluble, que parece un niño malcriado y caprichoso, incapaz de mantener la coherencia sobre algo durante al menos un par de días, y la respuesta que está dando a la pandemia de coronavirus, al alentar con sus sandeces a insensatos ciudadanos que niegan la existencia del virus o reducen su capacidad mortífera, contribuyendo con su actitud a expandir la infección. Curiosa muestra de patriotismo y curiosa manera de hacer que Estados Unidos vuelva a “ser grande”, pero con menos gente.

El mismo estupor me provoca que el primer mandatario del país se coloque del lado de los supremacistas blancos, en el recrudecido problema racial surgido a raíz del homicidio de George Floyd, otra persona negra muerta por un agente de policía. Cuando han transcurrido 244 años de la Declaración de Independencia, 233 de la aprobación de la Constitución, 156 años de la abolición de la esclavitud, 57 años del discurso de Martin Luther King -“I have a dream”- en el Memorial Lincoln de Washington y 56 años de la aprobación de la Ley de Derechos Civiles, es una vergüenza, no sólo que siga habiendo casos como este, que el racismo aún sea una actitud tolerable para buena parte de la población blanca y que, después de haber tenido un presidente negro, que no actuó como una persona negra, como muchos esperaban, el inquilino de la Casa Blanca esté alineado incondicionalmente con los racistas blancos.

Como una de las consecuencias de la masiva reacción popular a la muerte de Floyd, se ha recrudecido el sentimiento antiespañol, al que se atribuye, en origen, el racismo estadounidense, que tiene otra procedencia geográfica y otra motivación política y, singularmente, económica, y muchedumbres ignorantes solicitan que se eliminen los monumentos dedicados a Cristóbal Colón o a fray Junípero Serra, como autores o inductores de la esclavitud y de las matanzas que condujeron a la práctica desaparición de la población aborigen.

No se puede afirmar que los colonizadores españoles fueran hermanas de la caridad, que llegaran ofreciendo regalos a los territorios que luego formaron parte de Méjico y de Estados Unidos, pero el extensísimo Virreinato de Nueva España, estableció tratados con pueblos indígenas del suroeste, como los taos, los pueblos, los navajos, incluso, con grupos de los feroces apaches -jicarillas, chiricahuas, mezcaleros, mimbreños-, que les respetaban sus costumbres y mantuvieron, si no la paz, al menos la tranquilidad y, en muchos casos, el amparo ante las correrías de otros pueblos llegados a la zona.

Tratados que fueron abolidos cuando esos territorios se convirtieron en el Méjico independiente y, sobre todo, en Estados Unidos, como fueron abolidos, violados o dejados en desuso los sucesivos tratados que las diferentes tribus del norte, de las llanuras y del este, fueron firmando con las autoridades de la naciente República, a medida que los colonos blancos iban ocupando sus ancestrales territorios en su marcha hacia el Oeste, para lograr la unificación continental. Los estadounidenses, a través de la enseñanza escolar, de la literatura y, sobre todo, del cine, han recibido una información bastante sesgada sobre su propia historia, y lo que deberían revisar, más que derribar monumentos, es el papel jugado por muchos de sus personajes históricos en el problema racial.

Por ejemplo, el general y presidente Andrew Jackson, cuya efigie aparece en los billetes de 20 dólares; héroe de la Independencia, luego de la guerra de 1812 con Inglaterra en la batalla de Nueva Orleans, luchador contra los indios seminolas en Florida y autor de la Ley de Traslado forzoso de los indios choctaws y cheroquis al otro lado del Misisipi, al territorio de Oklahoma en 1837 y 1838. Una deportación forzosa conocida como “la senda de las lágrimas”, de 2.200 millas de longitud, que dejó en el camino los cadáveres de 4.000 indios de todas las edades.

Deberían revisar el papel del general George Crook, perseguidor de apaches, o del nefasto general Nelson Miles, que le sucedió en esa guerra y autor, además, de la masacre de Wounded Knee, en 1890. Ambos no perseguían la integración de los apaches, que habían intentado los españoles -muchos apaches eran católicos y bastantes de sus jefes, entre ellos Gerónimo, hablaban español- sino su rendición incondicional y su reclusión en reservas.

También merece revisarse la figura del presuntuoso George Custer -llevado al cine por un simpático y romántico Errol Flynn-, derrotado por Toro Sentado y Caballo Loco en Little Big Horn, o la del “gran” Sheridan, autor de la frase “el único indio bueno es el indio muerto”, y el del no menos famoso y legendario William Frederick Cody, “Búfalo Bill”, exterminador de indios y de bisontes, y luego empresario circense, que mostraba un “Salvaje Oeste” edulcorado a los habitantes de las ciudades del este.

Sin embargo, son estos y otros atrayentes personajes, cuyas vidas, adaptadas adecuadamente a los guiones de las películas de aventuras, que han hecho pasar distraídas tardes de cine a varias generaciones de espectadores dentro y fuera de Estados Unidos (entre los que me hallo), son quienes han configurado la visión de muchos norteamericanos sobre la historia de su propio país. Y esa equivocada percepción sobre “el problema indio” o “el problema negro”, no se corrige derribando estatuas de Colón o vetando la proyección de la película “Lo que el viento se llevó”.

Profesor jubilado de la Universidad Complutense.

Últimos libros publicados: Perdidos. España sin pulso y sin rumbo (Madrid, La linterna sorda, 2015) y, con Ramón Cotarelo: La Antitransición. La derecha neofranquista y el saqueo de España (Valencia, Tirant, 2015).