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EL PERIÓDICO
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Causas y efectos de la sangría de las audiencias en las televisiones


Las cifras de audiencias en televisiones generalistas, pocos se atreven a decirlo, resultan inéditas. Para una población de 46.700.000 habitantes como la que actualmente tiene España, la horquilla no supera diariamente los tres millones de telespectadores en los máximos de audiencia por programa. Y eso que sus perfiles, a efectos estadísticos, han descendido hasta los de los niños de cuatro años de edad. Los jóvenes no la ven, utilizan los ordenadores o los teléfonos en una incesante sangría. La gente adulta da poco a poco la espalda a la televisión. La publicidad, que parecía crecer cuando se decidió sacarla de la televisión pública para entregarla a las cadenas privadas, se ha reducido drásticamente. ¿Qué ha sucedido, cuando hace décadas, se daban audiencias de entre 18 y 25 millones de telespectadores? ¿Dónde encontrar algunas de sus numerosas causas?

Hay un cometido singular, oficio muy desconocido, aunque contó con un alcance social sin parangón: el de quienes dirigen a los que programan los espacios de información, opinión y ocio en los medios de comunicación, señaladamente en la televisión. ¿Alguien conoce a alguno de ellos/ellas? Pese a su desconocimiento por parte de la sociedad, su importancia social resultaba evidente a la hora de influir en la formación del gusto, los estilos de vida, la conciencia/inconsciencia ideológica o política, los hábitos electorales. ¿Quiénes eran? ¿Cómo trabajaban? ¿Qué criterios siguieron para dirigir a los programadores?: misterio.

Lo cierto es que se les conoció por sus obras. Y, a decir verdad, también porque, salvo honrosas excepciones, los resultados de su quehacer comenzaron a dejar mucho que desear. Nadie sabía nada de la formación que recibieron, ni de las instrucciones que se les daban, ni las presumibles presiones que sobre ellos se ejercían; pero parece evidente que ejercieron efectos, el más relevante de todos, el de fomentar la idiotización de cuotas cada vez más amplias de la población telespectadora, lectora o radioyente. Prueba de ello fue el desconcierto, cuando no la desertización cultural e ideológica en el sumieron a la juventud, a la que, desde las televisiones y casi todos los medios, se le impidió el acceso a estímulos culturales o artísticos de cualquier tipo. Por eso abandonaron la televisión.

Todo se creyó resolver con los bellos documentales sobre animales salvajes –casi siempre de importación- y ruido, mucho ruido, en conciertos incesantes con tasas de decibelios desproporcionadas que, algún día, pasarán factura auditiva a quienes los disfrutan. ¡Claro que ha de haber espacio para la música y los conciertos para la gente joven! La música cincela la sensibilidad de todo ser humano de una manera singular. Pero los conciertos atronadores impiden disfrutarla. El ruido espantó la belleza de las partituras más excelsas, ahuyentó la armonía, destruyó el ritmo e impidió deleitarse con las mejores melodías.

Cuando un reportaje, por ejemplo, sobre historia contemporánea de Europa, encontraba un hueco para su emisión, ¡ah!, el director responsable de programación lo situaba en una franja horaria inaccesible para jóvenes en formación, por lo inadecuado de la hora elegida; de tal manera que tan solo jubilados y tercera/cuarta edad podrían asomarse a la pequeña pantalla para verlo, quizá los menos necesitados de ello por haberla vivido en carne propia. Qué pocos magazines de los diarios de mayor difusión incluyeron en las páginas dedicadas a los jóvenes contenidos distintos de los del atuendo, el calzado y poco más.

Misterio

¿Quién decidía los contenidos, las horas de emisión, la cualidad de lo que se ofrecía?: misterio. ¿Cómo era – y es todavía- posible que de cada diez películas emitidas por cadenas públicas de televisión, siete de ellas incluyan tramas violentas –asesinatos, secuestros, violaciones, atracos, persecuciones, - casi todas made in Hollywood, donde se siguen exhibiendo verdaderos catálogos de armas de fuego y de guerra, en las que desaparece toda aquello que no sea la represión o aniquilación –que nunca la reinserción- de los criminales, aderezado todo ello con una policialización de la vida cotidiana como único mensaje del poder? ¿En cuál película, de las que acostumbran proyectar en nuestras emisiones de televisión, -por cierto en un 80% de troquel anglosajón-, no hay constancia de un nuevo tipo de helicóptero, de una inédita arma letal, de un modo innovado de destruir vidas humanas, de una insólita modalidad de venganza, de un balance promedio de diez muertes ajenas por cada muerte de un allegado del protagonista del guión…? ¿Qué película estadounidense de trama pseudopolítica no incluye aún hoy una sacralización de la Casa Blanca, pese a lo que sabemos que hoy habita entre sus muros?

¿Cuál de los valores constitucionales o, simplemente, los también vinculados a los Derechos Humanos, vimos y vemos surgir de esos filmes que se proyectan incesantemente por las pequeñas pantallas, públicas y privadas, hoy hegemonizadas por las plataformas paralelas de teleseries que emiten más de lo mismo? En el treinta por ciento de los filmes restantes, ¿qué solemos observar?: peripecias individualistas, ñoñerías supuestamente amatorias, sin relato, sin consistencia sentimental alguna, sin evocación afectiva de la belleza, de la solidaridad, de la entrega al amor profundo, sin referencia a los afectos duraderos…

Veamos. Más de la tercera parte de cada noticiero de televisión, pública o privada, lo ocupa hoy ¿el deporte?: no. El espectáculo mercantil deportivo, que es otra cosa, señaladamente el derivado del fútbol: las sumas que se pagan a las estrellas; si tal pichichi tiene o no novia o novio; cuánto recibirá por el fichaje; si evade impuestos; si el presidente de tal club o tal otro es menos delincuente que el del equipo rival… ¿Hay alguien que evoque los valores propios de la deportividad, la competición, la colaboración, el esfuerzo, en los espacios deportivos de las televisiones españolas?…En cuanto a otros deportes, ¿hay alguien en España realmente interesado en si los Lakers ganan o no a los Clippers en un partido jugado en la remota Peoria, Kansas? Lo que afloraba siempre y aflora hoy, lejos de cualquier atisbo de deportividad, son las marcas comerciales que estampan las camisetas de los jugadores o aparecen detrás de los entrenadores cuando acostumbran balbucear estupideces ante las cámaras. Esas firmas no faltan nunca; ni la de la botellita a su vera en primer plano. Y así, día tras días, noche tras noche, a todas horas, en televisión, radio, en los periódicos… ¿Alguien conoce la cuota de emisiones culturales de los medios públicos y de los privados respecto del tiempo dedicado al deporte? Nunca supera el 10% respecto del 90% que el espectáculo-comercial-deportivo ocupa.

De un colectivo de cien telespectadores, ¿cuántos de ellos realmente se interesan o, siquiera, comprenden los movimientos bursátiles a los que los noticiarios de las televisiones privadas y públicas dedican asimismo y cada día entre 15% y un 20% de sus tiempos de emisión? ¿Vemos, en alguna ocasión, siquiera un minuto de atención noticiosa a aspectos de la vida de los trabajadores, como los sindicales, por ejemplo, relativos a su formación, a la organización del trabajo, a la solidaridad, a las redes de apoyo, a la creación de conciencia sindical, a los debates sobre objetivos, su sano ocio; o, por el contrario, lo sindical es únicamente –y siempre fugazmente, claro- lo conflictivo, los botes de humo, las algaradas, las pancartas portadas por gentes anónimas, sin rostro…? Por último, ¿es en verdad necesario consumir otro tercio de cada uno de los noticiarios en repetir que hace mucho calor en el valle del Guadalquivir?

La tópica patraña

Las direcciones de programación dirán, en su supuesto descargo, que lo que hicieron en su día y hacen hoy es dar lo que la gente pide: la tópica patraña que atribuye la misma responsabilidad al emisor que al receptor. Como si quien varias horas al día se ancla pasivamente frente a la pantalla pudiera rehacer el camino y contara con algún procedimiento para exigir contenidos de calidad formativa, informativa, cultural o crítica. No. No es un argumento válido. La inducción de los procesos formativos, informativos y críticos corresponde a quienes los emiten, mientras la reversibilidad con sus receptores no esté plenamente garantizada; y, desgraciadamente, aquí no es el caso. Argüirán que cuanto sucede es responsabilidad de los especialistas en contenidos; pero los verdaderos responsables son aquellos que deciden y, en los medios, esos permanecen generalmente apalancados en los puestos clave por encima y mucho más allá de los cambios electorales que determinan los cambios políticos. Suelen ser los mismos que un buen día toleraron, hasta hacerlos rituales, los publirreportajes tan jugosamente retribuidos bien que camuflados bajo el ancho y manoseado paraguas de la libertad de emisión. Coinciden también con aquellos que en su día establecieron los sistemas de pluses y que hoy se aplica de tal manera que en determinados departamentos ya no quede hoy casi nadie que trabaje conforme a lo que su salario exige si no media el codiciado plus.

¿Quién es capaz de explicar y comprender este estado de cosas? ¿Hay manera de cambiar esta destructiva tendencia de un medio tan poderoso como la televisión –en esta ocasión emulado por los demás medios- para recobrar la riqueza cultural transformadora que potencialmente podría generar, distribuir o incrementar y que un buen día tuvo?

Si, la hay. En lo inmediato, cambiando la horquilla dedicada a cada ámbito informativo, de opinión y de ocio. Ajustando los horarios a la articulación de la vida cotidiana de la población mayoritaria. Reinventando los medios de comunicación como verdaderos instrumentos que coadyuven a la instrucción de seres libres e informados. Exigiendo a la publicidad, con su característica voracidad, que deje de acosar a los medios y a sus programaciones como lo sigue haciendo, actitud que se encuentra en el origen de los problemas descritos. No pueden interrumpirse los telefilmes en los momentos cruciales del relato cinematográfico, con anuncios extemporáneos. Solo la veracidad de la información, política, cultural, social y económica, signada por el respecto al público y a su pluralidad, acredita a la publicidad con el crédito del que esta no dispone por sí misma. No puede admitirse que las tertulias, otrora medio específico de relación social en España, se conviertan en vociferantes altavoces del ruido, el insulto y el odio. Hay que dar un repaso serio a las televisiones, a las concesiones, a los contenidos. Es una cuestión trascendente.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.