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Galicia y Euskadi: votar al que manda


Uno de los principales pensadores y activistas católicos de la Historia, Ignacio de Loyola, decía que en tiempo de desolación no se debía hacer mudanza aunque habría que estar atento para mantener y aplicar el propósito previo a esa circunstancia para cuando la duda se extinguiese. Esa reflexión del fundador de los jesuitas referida a las dudas que pudieran asaltar al creyente en un momento determinado de su vida, se transmutó con el tiempo en un aserto conservador que aconsejaba no hacer cambios personales, políticos, económicos o sociales de consideración en tiempos de crisis.

En el mundo que llamamos desarrollado –que lo es por muchas cosas y no lo es por otras como el maltrato a la Naturaleza, el abuso, la insolidaridad o la desigualdad- las crisis son percibidas por una parte considerable de la población como amenazas a su estatus personal o de grupo una vez asumido que no se pertenece a ninguna clase social. Desde que las políticas neoliberales inocularon en la ciudadanía occidental la creencia en la insostenibilidad del Estado del Bienestar y en la infalibilidad de la gestión privada, se comenzó a retroceder a épocas en las que el Derecho no formaba parte del Estado y el miedo campaba a sus anchas por todos los rincones donde habitaba gente normal dedicada a su trabajo y a defenderse de los abusos de los señores feudales civiles, militares y eclesiásticos. No había Estado, no existía la Ley, no era posible la Justicia. Ahora, cuando todavía no hemos salido de la crisis financiero-inmobiliaria de 2007 nos vemos inmersos en el batacazo global provocado por la pandemia del Covid-19, el miedo se está adueñando de capas cada vez más extensas de la población y cada cual recurre a lo suyo, a lo conocido, a lo malo conocido como último recurso para evitar el ciclón que se percibe como inevitable.

Todos los países de Europa han girado a la derecha, a la gente de orden, a quienes dicen defender que la riqueza del país sea para los naturales del mismo. El extranjero que trabaja en lo que nadie quiere trabajar, que recoge los productos agrícolas, cuida a nuestros mayores o limpia las calles es percibido como un enemigo del mismo modo que en otro tiempo eran los judíos quienes envenenaban las aguas y causaban las grandes pestes y hambrunas. Su trabajo es imprescindible para el buen funcionamiento del país, pero sus costumbres y sus maneras atacan directamente a las tradiciones internas y a lo que se ha hecho ver a los nativos como esencias inmutables de su existir cuando normalmente sólo es el pensamiento de las clases dirigentes privilegiadas hecho tradición. Mientras tanto, la pobreza, la exclusión y la precariedad ganan terreno en todos los países, más en los más pobres, aunque todo el mundo presiente que al final llegarán a todos. Europa se cierra sobre si misma, los Estados hacen lo mismo y dentro de ellos los territorios que los componen. Es una conducta irracional que conduce a la pobreza progresiva de todos, pero es la predominante y a día de hoy no se atisba alternativa. El miedo es el que rige las políticas occidentales, el miedo al extranjero, el miedo al cambio en la hegemonía política y económica mundial que se está produciendo, el miedo e la incertidumbre, el miedo a ingresar en las filas de los que nada tienen ni importan a nadie. Ante el progresivo aumento de la pobreza, lo lógico habría sido que la gente se hubiese unido para derrotar a los causantes de la misma, a los plutócratas, a los políticos al servicio de las multinacionales, a los especuladores, a los manijeros y correveidiles del sistema, pero no ha sido así: El miedo nunca guía la razón, sino la sinrazón.

La España nacida en la transición nació de pactos de silencio y de concesiones que fueron muy útiles durante los primeros diez años, pero que tendría que haber caducado a mediados de la década de los años ochenta. No fue así, y los hábitos económicos y sociales corruptos del franquismo siguieron y siguen vigentes hasta nuestros días. Galicia, Euskadi, Madrid, Cataluña, Murcia, Castilla-León llevan décadas gobernadas por el mismo partido sin que los escándalos por corrupción, ni el desmantelamiento de los servicios públicos, ni la mala gestión, ni la utilización de la administración en beneficio propio hayan causado el más mínimo desgaste en sus respectivos gobiernos. ¿Qué explicación tiene esta situación anómala?

Habría que valorar muchos factores, entre otros el papel acomodaticio de la izquierda a la hora de aplicar políticas económicas de derechas o la ausencia de una prensa verdaderamente libre que abarque todas las opciones ideológicas y con similar difusión, sin embargo pienso que lo que lleva a vascos y gallegos, a murcianos y madrileños, a catalanes y castellanos a votar una y otra vez por la misma opción política hagan lo que hagan, roben lo que roben, descansa en gran parte en las redes clientelares que se han construido, basadas en las heredadas del franquismo, en los distintos territorios. Al igual que en la dictadura, mucha gente espera obtener dádiva, trabajo para un hijo, obra ilegal o cualquier otro favor del político cercano más asentado, el de toda la vida, el nuestro, el que manda como Dios manda sin poner en cuestión enseñanzas concertadas católicas, la caótica y demencial política urbanística o el acceso a la función pública o semipública sin más ley que la buena relación. Si a eso añadimos unos medios de comunicación derechistas muy subvencionados directa e indirectamente y el “virgencita que me quede como estoy”, la ecuación comienza a cuadrar. Nadie que plantee políticas innovadoras favorables a la mayoría y a los más necesitados volverá a ganar unas elecciones porque para eso tenemos al pueblo desinformado y manipulado: Los andaluces apoyaron masivamente la campaña contra el impuesto de sucesiones que sólo pagaban los que heredaban mucho; los madrileños siguen votando ultras pese a tener a buena parte de los dirigentes imputados o condenados; los catalanes siguen votando nacionalista pese a las privatizaciones hospitalarias o los negocios de los Pujol, los gallegos votan a un discípulo de Fraga que mantiene amistades peligrosas para la salud y dejó, entre otras muchas fechorías, a Verín sin paritorios; los vascos continúan dando su poder a la burguesía vasca pese a saber que está en muchas de las tropelías que se cometen en el Estado. La corrupción es la que manda. 

Pedro L. Angosto, nacido en Carabaca en 1960, obtuvo el Grado de Licenciatura en la Universidad Autónoma de Madrid en 1984. Doctor en Historia por la Universidad de Alicante gracias a una Tesis sobre el político y escritor Carlos Esplá dirigida por el profesor Emilio La Parra, ha publicado unos quince libros de historia del siglo XX español y colaborado en numerosos periódicos y revistas. Es director científico del Archivo Carlos Esplá de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.