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EL PERIÓDICO
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La riqueza de ser esto y lo otro


Mis apellidos, hasta donde he podido averiguar, son: Alonso, Sarmiento, Rubio, Porcel, Rubio, Salóm, Rodríguez, Bouché. Por tanto llevo en mis venas sangre de godos o visigodos (el solar más antiguo de los Alonso, con casa solariega en el valle de Valdivieso, Burgos, tiene como tronco a Desiderio, sobrino del Rey godo Wamba, que fundó la casa en dicho valle en el año 672) de viejos castellanos-leoneses, de canarios, de mallorquines y de franceses. Por un improbable azar, a causa de nuestra guerra civil que lo trastocó todo, nací en Mallorca. Mi esposa es mallorquina de pura cepa, descendiente por todos lados de estirpes isleñas. Mis hijos son mallorquines. Tengo cuatro nietas mallorquinas y uno y una catalanes. Hablo y leo castellano, catalán y francés. Y libros en esos idiomas, pueblan mi biblioteca.

He sido y soy muchas cosas a los ojos de los otros: para los mallorquines un foraster (cuando no “un puta foraster”) para mis familias castellana-leonesa y canaria, un catalán-mallorquín. En mis primeros trabajos, para los empresarios era un intelectual/político, y para estos un homme d’affaires. En política, para los de derechas he sido un rojo peligroso, y para los de izquierdas un asqueroso socialdemócrata reformista. Para mis amigos mallorquines soy un jacobino españolista, y para los forasters un puto catalanista. Cada una de estas cosas que se supone que soy, puede que me reduzca ante los ojos de quienes me califican, pero me enriquece ante mí mismo: soy esto y soy lo otro.

Todas esas visiones sobre mi persona, no le quitan ni añaden nada a mi yo único, aunque complejo y contradictorio, siempre en formación, todavía incompleto.  Pero sí agregan algo a mi asombro: la certeza, desde niño, de que las cosas, estas cosas, las cosas de la identidad, pueden ser de uno u otro modo y, con mucha mayor probabilidad, pueden simplemente no ser, no haber sido.

Nada me cuesta reconocer, que cuando las marcas de los principios son tan plurales, es más sencillo tener conciencia de la fragilidad de nuestro suelo común o, más justamente, de lo que nos resulta común de nuestro suelo.

Como escribía Alejandro Katz (editor y ensayista): no juzgo el deseo de unos, ni sus convicciones. Simplemente pienso cuánto queda a la vera del camino del rechazo, cuántas historias, qué parte de la memoria propia, de la memoria familiar, del pasado y del futuro común, podría dejar de ser eso: historia compartida. Quiénes serían esos ciudadanos de un futuro Estado que para inventarse a sí mismo, debe abandonar parte de aquello que ya es.

Ya lo sé, es cierto: ser demasiadas cosas a la vez, puede en ocasiones resultar complicado. Pero es esa complicación la que vuelve al mundo interesante, y la que vuelve interesante nuestro estar en el mundo: ver con distintos ojos, hablar en distintas lenguas, cohabitar con ideologías diferentes, congeniar con distintas etnias (conté hace meses en facebook, como un día en La Bisbal, Girona, tuve una bonita charla en catalán, con una niñita marroquí que hablaba árabe con su madre) ser una cosa y ser otra, no una o la otra: la conjunción agrega: catalán y español, castellano y canario, europeo y cosmopolita. La disyunción cancela, suprime, empobrece.

Huyo de los esencialismos, de las identidades de hierro, de las naciones con sus fronteras y alambradas, de los paraísos celestiales o terrenales, de los dogmas siempre excluyentes. Me pregunto continuamente, por qué tanta gente querría suprimir de su historia, nuestra historia en común. No encuentro las respuestas, y no puedo menos que angustiarme imaginando esas hogueras, cuyos fuegos destruyen los cuerpos extraños, foráneos, con la ilusión de forjar hasta su máxima dureza el alma de lo idéntico. Sé que el fuego en el que se fraguan las identidades, es el mismo en el que arden las supuestas impurezas, y sé que es el fuego que no deberíamos encender nunca más.

Pues eso.

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.