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La universidad en tiempos de pandemia


El curso académico de 2020-21 no se sabe cómo será en la universidad, y no por falta de planificación sino porque se viven momentos de incertidumbre. Las respuestas que se puedan dar dependerán de la evolución de la pandemia, los brotes que puedan surgir, la localización de las universidades, si están situadas en zonas de elevados contagios o dónde apenas los hay. Otros factores dependerán de la capacidad de esta institución para asegurar la seguridad del personal docente e investigador, de administración y servicios, y estudiantes.

En todo caso, hay que preparase para el peor de los escenarios, esto es, una docencia por online, y que sea capaz de subsanar los fallos que en estos últimos meses del curso se han producido en los sistemas informáticos y programas. En el mes de marzo hubo que improvisar y bastante bien se ha hecho habida cuenta de los recursos disponibles. Para el inicio el curso hay que ser previsores, pues no hay motivos para no tener todo a punto por si acaso. La experiencia pasada tiene que servir para corregir y subsanar las deficiencias y limitaciones que han tenido lugar.

Digo en el peor de los escenarios, pues soy de los que está en contra de la enseñanza online como alternativa a la presencial, que ya puse de manifiesto en el artículo del 6 de junio en este diario. Lo admito como mal menor en una situación de gravedad sanitaria. La enseñanza presencial no puede ser descartada como algunos visionarios señalan diciendo que la experiencia vivida marca el camino a seguir, que es el futuro y que abre nuevas oportunidades. La transmisión del conocimiento presencial no tiene alternativa que ofrezca los mismos resultados. La enseñanza online es como ver los partidos de futbol sin público.

Las clases tienen que ser algo vivo en el que los estudiantes puedan intervenir para preguntar o discrepar del profesor/a. Los debates que pueden surgir ante temas determinados o bien sugeridos por estudiantes y profesores/as son más ágiles y posibles en un escenario en el que se ven las caras y no a través de un ordenador. A la vez en el aula se establecen relaciones y grupos entre los estudiantes que son fundamentales para el presente pero también para el futuro.

Lo mismo sucede con los profesores, cuantas discusiones, o intercambios de opinión tienen lugar en el bar, comedor o en los propios despachos. En ocasiones, en lugares informales, el intercambio de saberes con mis colegas, así como las discusiones tenidas, en algunos casos incluso un tanto acaloradas, me han sido de gran utilidad y aprovechamiento, al igual que para ellos. Han sido más fructíferas en algunos casos las aportaciones recibidas que las que se pueden dar en seminarios.

Hay que hacer un esfuerzo, por tanto, para volver a las aulas siempre que las condiciones sanitarias lo permitan. Mi opinión es que en el curso que viene, si la pandemia está más o menos controlada, la enseñanza va a ser semipresencial, esto es, se van a alternar las clases presenciales con las impartidas por online. Tampoco es que me satisfaga esta opción pero por lo menos es mejor que la impartida en su totalidad a través de medios informáticos. La situación también va a venir dada por la naturaleza de los diferentes grados y máster. Así en los grados y máster de ciencias experimentales y de la salud las clases prácticas no se pueden impartir online, por lo que requerirá la presencia de los estudiantes. Otro tanto sucede con la investigación en estos campos que no puede quedar paralizada de ninguna manera y que hay que hacerla en laboratorios, o en hospitales o en clínicas.

De todos modos, lo que importa fundamentalmente qué es lo que se enseña y cómo se enseña. Las enseñanzas que se pueden obtener de la pandemia son muchas. La primera es que hay que dedicar muchos más recursos a la investigación fundamentalmente a la que se encuentra más ligada al análisis de las pandemias y a otras aparentemente no tan vinculadas directamente a los virus, pero son de importancia capital como, por ejemplo, la de los residuos, pues parece que también a través de ahí se transmite el contagio. Hay que subrayar que las universidades son los centros en los que se hacen más investigación en España. Por tanto, en su labor de formación este tipo de enseñanzas son fundamentales para la salud. Hay que investigar y hay que formar investigadores.

La investigación y la docencia no pueden ser ajenas a los grandes retos planteados, como son la reconstrucción económica tras la crisis económica provocada por la pandemia, como el desafío que supone el cambio climático. Hay que renovar las enseñanzas actuales en las que las grandes cuestiones en bastantes casos ni se abordan, y en las que el ecofeminismo queda relegado a materias optativas, y en muchas facultades ni siquiera eso. Los estudios más técnicos y especializados no pueden prescindir de otros conocimientos. La modernización de la universidad no pasa por introducir solamente técnicas de información y comunicación sino por transformar el contenido y el tipo de enseñanza.

Desde esta perspectiva Fernández Buey en su libro Por una universidad democrática (El Viejo Topo, 2009) dice.” Si uno se pone a recordar las ilusiones, proyectos e ideales manifestados por estudiantes y profesores universitarios en la década de los setenta y compara aquellas expectativas con lo que ha sido la realidad de la universidad española desde la promulgación de la LRU, sin duda tiene que empezar manifestando una cierta insatisfacción, una cierta decepción a pesar de los cambios y transformaciones que en estos años se habían producido, muchos de los viejos males y de los viejos vicios aún persistían”.

En el prólogo que escribí en el libro coordinado por Albert Corominas y Vera Sacristán Construir el futuro de la universidad pública (Icaria, 2010) señalo: “La universidad ha cambiado mucho desde que inicié los estudios en la década de los sesenta. Estos cambios han tenido aspectos muy positivos, pero también negativos. Un buen inventario de esto lo ofrece de modo adecuado Fernández Buey. Compartiendo la mayor parte de lo que él dice, por mi parte añado que no cabe duda de que ha habido mejoras en la formación de los profesores, que se encuentran, por lo general, más al día de las enseñanzas que imparten…. A su vez, la investigación también ha experimentado mejoras indudables. Lo más negativo, sin embargo, es que la universidad, atrapada por ese discurso tecnocrático y especializado, ha perdido capacidad crítica, de elaborar enfoques globales, de erudición, y ha perdido componente cultural. Lo que no deja de ser preocupante”.

Tras la pandemia hay que ser conscientes que esto es más necesario que nunca. Lo que se necesita es una universidad crítica, científica y democrática. Este es el reto para el curso que viene y siguientes. En suma, lo que hay que llevar a cabo es una reconstrucción de la universidad para que no tenga lugar el título del libro de Jordi Llovet Adiós a la universidad (Galaxia Gutenberg, 2011), y el de Derek Bok, rector que fue de la universidad de Harvard, Universidades a la venta. La comercialización de la educación superior (PUV, 2010).

Catedrático emérito Universidad Complutense.

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