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¿Es posible reivindicar a Sabino Arana en el s. XXI?

Las polémicas entre socialistas vascos y jeltzales a través de sus respectivos semanarios fueron la tónica general a principios del s. XX. Sobre todo, desde que Tomás Meabe se encargó de la dirección del semanario socialista ‘La Lucha de Clases’. Este artículo no pretende ser una de aquellas polémicas, pero sí pretende plantearse varias cuestiones.

La pasada semana el Partido Nacionalista Vasco (PNV) celebró un acto por el 125 aniversario de la fundación del partido. Debido al contexto de pandemia el acto se limitó a las actividades de todos los años: la ofrenda floral ante la estatua de Sabino Arana en Jardines de Albia en Bilbao y un mitin del presidente del partido. Se realizó el día 31 de julio ya que fue un día como ese de 1895 cuando Sabino Arana creó el primer Bizkai Buru Batzar (órgano ejecutivo del PNV en Bizkaia). De hecho, en esos primeros años el PNV se circunscriben a la provincia de Bizkaia. De ahí el sobrenombre que recibieron: bizkaitarrak.

Ortuzar, presidente del Euskadi Buru Batzar (EBB) quiso reivindicar: «Fuimos creados para liberar Euskadi y en ese intento seguiremos trabajando hasta liberar Euskadi». A esta frase me gustaría añadir otra frase expresada por Mireia Zarate, secretaria del EBB: «El PNV está dando continuidad al proyecto de la nación vasca que tenía Sabino Arana». ¿Cuál es el concepto de libertad que se está manejando aquí? ¿De verdad el proyecto del PNV en la actualidad es continuar la propuesta de nación vasca de Sabino Arana?

Días antes, Iñaki Anasagasti publicaba una columna en elDiario.es en la que hacía un breve resumen sobre los 125 años de historia de su partido y en la que incluía: «Este partido nació justamente en el punto de lucha de las concepciones liberales con las tradicionalistas y en el momento de mayor vitalidad expansiva de un socialismo que encontraba terreno abonado en el salto mortal de una sociedad que pasa de lo artesanal y agrícola a la revolución industrial, en la vorágine de una masiva inmigración y de una feroz agresión cultural donde se perdía el euskera y su genio civil». ¿Feroz agresión cultural donde se perdía el euskera y su genio civil?

Antes de tratar de explicar cómo era el PNV de 1895 y qué pensaba habría que aclarar que el partido socialista ya existía. En un mitin celebrado el 2 de enero de 1887 y en el que tomaron la palabra Facundo Perezagua y Pablo Iglesias, la propia «prensa burguesa, a pesar del odio mortal que tiene a los socialistas, se ha visto obligada a reconocer esta reunión como la más importante de las que hasta aquí han verificado los trabajadores (…) los obreros bilbaínos». El 6 de septiembre de 1890, se celebró un mitin obrero en Bilbao convocado por las Sociedades de resistencia donde intervinieron, nuevamente, Facundo Perezagua y Pablo Iglesias. La asistencia fue de tal magnitud que al menos se contabilizaron 1.500 obreros. Al día siguiente, se celebró otro mitin en La Arboleda en el que se contabilizaron 2.000 obreros en el local y «fuera de él y en sus inmediaciones hallábase gran número de trabajadores que no pudieron penetrar en él». Ese mismo año, los socialistas lideraron la primera gran huelga general en Bizkaia, iniciada en la zona minera bizkaina. El éxito de la misma provocó que la influencia socialista se asentase en la provincia. No es de extrañar, que fuese la primera de las provincias españolas en la que los socialistas lograron representación en las elecciones municipales de 1891; concretamente en un municipio de la zona minera, San Salvador del Valle y en el consistorio bilbaíno. Un año antes, en 1890, se celebró el II Congreso del PSOE en Bilbao. Gesto simbólico que podemos interpretar no sólo como apoyo al trabajo realizado allí sino también la seguridad de poder celebrarlo en un lugar en el que el Partido tenía suficiente apoyo social.

Bilbao también fue el epicentro a partir del cual comenzó a insertarse el socialismo en otras provincias vascas, como es el ejemplo de la Agrupación socialista de Eibar. La ciudad gipuzkoana será uno de los centros neurálgicos del desarrollo de las ideas del socialismo en la provincia. Esto se debió al trabajo que previamente hicieron los militantes bilbaínos. Dos de los líderes eibarreses más destacados fueron: Aquilino Amuategui Acha y Toribio Echevarria.

Se había creado el contexto propicio para que las Juventudes Socialistas no tardasen en nacer en 1903 y resulta fácil entender que surgieran en Bizkaia. La capital de esta provincia significó el inicio de todo para estos jóvenes. No en vano los dos primeros Congresos Nacionales de la Federación Nacional de las Juventudes Socialistas se celebraron en Bilbao y el órgano de dirección, así como su órgano de expresión (Renovación) tenían como sede inicial dicha ciudad.

Aclarado esto vayamos con el contexto socioeconómico de las provincias vascas en la época de la fundación del PNV, concretamente en Bizkaia. Coincidió con un período de expansión industrial y minero en la que no existía legislación laboral que pudiera parecerse ni remotamente a la de nuestros días. Los obreros convivían con las más miserables condiciones alimentarías y sanitarias, bajo malas condiciones en el derecho democrático a expresar las ideas en libertad. A todo esto, de forma inevitable ante la necesidad de aumentar la mano de obra, le acompañó una emigración interior de las zonas rurales españolas a las ciudades muy especialmente a zonas industriales como la vasca (margen izquierda de Bizkaia).

Bajo ese marco se movía la gran masa obrera que se veía rechazada frontalmente por el nacionalismo de Sabino Arana. Clasista por su condición burguesa, el nacionalismo vasco no sólo rechazaba la lucha de clases ya que entendía que además era inevitable por cuestión divina, sino que además, resultaba ser racista por su condición ultraconservadora. Sí, el PNV de esa época, así como sus líderes entendían que la diferencia de clases era una cuestión divina: Dios quiso que los pobres fuesen pobres y los ricos fuesen ricos.

Insultados, despreciados, vejados como seres humanos, los obreros no vascos que trabajaban en Euskadi debieron soportar a un nacionalismo vasco racista y xenófobo que vivía en un mundo imaginario bajo una mitificación histórico-cultural creada por Arana. En muchos casos los propios capataces de las minas utilizaron denominaciones tales como “nuestros chinos”. Ante esta situación, los obreros no vascos encontraron refugio en el ideario socialista que aportaba la ruptura de las fronteras y abrazaba el internacionalismo superando, por fin, la diferenciación de razas incentivada por la clase burguesa.

En el nacionalismo vasco de esta época encontramos tanto aspectos racistas como xenófobos, de hecho los hallamos de forma explícita en muchos de los textos de su fundador. En un artículo, titulado ‘Nuestros moros’ afirmó: «El maketo: ¡he ahí al enemigo!». En otro texto, publicado en Bizkaitarra (22 abril de 1894) podemos leer: «para nosotros sería la ruina el que los maketo-residentes [españoles] en nuestro territorio hablasen euskera. ¿Por qué? Porque la pureza de raza es como la lengua, uno de los fundamentos del lema bizkaino, y mientras la lengua, siempre que haya una buena gramática y un buen diccionario, puede restaurarse aunque nadie la hable; la raza, en cambio, no puede resucitarse una vez perdida. Si nos dieran a elegir entre una Bizkaya poblada de maketos que sólo hablasen euskera y una Bizkaya poblada de vizcaínos que sólo hablasen castellano, escogeríamos sin debitar esta segunda porque es preferible la sustancia vizcaína con accidentes exóticos que pueden eliminarse y sustituirse por los naturales».

Para cualquiera que respete el derecho a la vida o la libertad de todo ser humano sin tener en cuenta nacionalidad, raza, género, condición sexual u orientación sexual o religioso, este texto resulta poco menos que repulsivo: primero, la relación entre raza y lengua como símbolos culturales propios que aglutinan a un pueblo; segundo, un enérgico desprecio hacia otro pueblo que no es el bizkaino considerándolo inferior a él; tercero, como inevitable del primero y del segundo, la convicción de que la lengua de ese otro pueblo calificada de «accidente exótico» pueda ser eliminada sustituyéndose por lo «natural», lo euskeriko. Ciertamente el nacionalismo vasco del momento resultó ser toda una ideología fundamentada en ideas tan poco democráticas como posteriores movimientos políticos pusieron en práctica. De ahí que tras escuchar la frase de Mireia Zarate me siga preguntando: ¿De verdad el proyecto del PNV en la actualidad es continuar la propuesta de nación vasca de Sabino Arana?

El nacionalismo vasco de aquella época veía tan diferentes a aquellos obreros como para oponerse a los matrimonios mixtos entre vascos y españoles: «¿Será posible que un español entre en mi familia? ¿Será posible que mi única hermana venga a ser mujer de un maketo? Yo te aseguro que si mi hermana se casa con un español, no la hablo más en la vida». Este fragmento corresponde a una obra de teatro escrita por Sabino Arana entre 1897 y 1898 titulada ‘De fuera vendrá'.

Por comparar, el movimiento nacionalista vasco era en muchos aspectos diferente al nacionalismo catalán. Los propios jeltzales criticarán al nacionalismo catalán por no asumir el rechazo a lo diferente: «En Cataluña todo elemento procedente del resto de España lo catalanizan, y les place a sus naturales que hasta los municipales aragoneses y castellanos de Barcelona hablen catalán; aquí padecemos muy mucho cuando vemos la firma de un Pérez al pie de unos versos euskéricos, oímos hablar nuestra lengua a un cochero riojano, a un liencero pasiego o a un gitano, o al leer la lista de marineros naufragados de Bizkaya tropezamos con un apellido maketo».

En estas líneas hemos visto claramente que el PNV fomentaba la animadversión al diferente debido a la sustentación de su ideología en una cuestión étnica. Es, sin duda, una de las diferencias más notables entre ambos nacionalismos. Al mismo tiempo, es la demostración de cómo el nacionalismo vasco se construye a imagen y semejanza del nacionalismo español, llegando a mimetizar sus aspectos fundamentales: cuestión racial y religión.

Hay quien podría pensar que estas ideas sobre lo racial sólo se plantearon a finales del s. XIX o únicamente por Sabino Arana. Muy al contrario, distintos dirigentes nacionalistas siguieron sosteniendo tales ideas como podemos ver este fragmento de una carta de José de Arrandiaga a Engracio Aranzadi (7 de diciembre de 1903): «Y dada la invasión que de día en día se acentúa, ¿habría ya vascos dentro de cien años? (…) puesto que el vasco, además de que va impurificándose, va también hallándose en su propio País en número menor que el extraño. Prueba de ello Bilbao que de ochenta mil o más miles de almas; pasan de la mitad de no vascos». Por tanto, el lógico que tras leer el párrafo de Anasagasti vuelva a preguntarme: ¿Feroz agresión cultural donde se perdía el euskera y su genio civil? ¿Quién agredió a quién culturalmente?

Hay que tener en cuenta que el PNV tenía como fundadores y primeros integrantes a personas provenientes del integrismo carlista. Tras la derrota en la Tercera Guerra Carlista, en la que las provincias vascas y Navarra, concentraron sus esfuerzos en seguir manteniendo los territorios como propios, ajenos a toda invasión ideológica liberal o de otro tipo que terminase por deshacer sus fundamentos religiosos y socioeconómicos a través de lo que ellos entendían como: «la impiedad, todo género de inmoralidad, la blasfemia, el crimen, el libre pensamiento, la incredulidad, el socialismo». Por tanto, no puedo dejar de preguntarme a que concepto de ‘libertad’ se refería Ortuzar con su frase «Fuimos creados para liberar Euskadi» a la vista de lo que entendía por ‘libertad’ el PNV de su fundación.

El nacionalismo vasco llevó la cuestión racial al primer plano porque aquella masa de inmigrantes, ‘extranjeros’, suponía para ellos acabar con la realidad vasca mitificada en la que poco menos se decía que antes de 1839 Bizkaia era una provincia independiente de España.

Nos encontramos pues ante una idea de ciudadanía o de pertenencia privatizada. Uno era ciudadano vasco si la ideología del nacionalismo vasco lo consideraba así, se trata de una idea de pertenencia subjetiva que está ligada a los requisitos impuestos por el grupo que reivindica esta pertenencia. En realidad, lo que subyace en ese ideario racista y xenófobo del PNV es el miedo al cambio. Lo reflejó bien Tomás Meabe en uno de sus artículos titulados 'Réplica’ en que decía: «En el país vasco industrial no encajan ya las leyes del país vasco agrícola y pastoril».

En el s. XIX en Euskadi aparecen materias primas suficientes como para producir un cambio en el modelo productivo. Se pasó de una economía eminentemente agrícola a una economía eminentemente industrial. La producción de la riqueza cambió de manos y Euskadi se llenó de personas que provenían de otros lugares a trabajar en la industria. El rechazo a todo ese cambio, el muro defensivo que se construyó contra ese cambio lo llamaron nacionalismo vasco. Sabino Arana lo bautizaría como PNV. Estableció un mecanismo de defensa frente a lo que venía de fuera, incluso llegando a plantear como hemos visto antes la negativa a matrimonios mixtos o el ‘aislamiento’: «Es preciso aislarnos de los maketos en todos los órdenes de la vida (…) en estos tiempos de esclavitud, que hay en Bizcaya una numerosísima colonia española, pero nunca que estamos confundidos con los maketos (…) Agrupémonos todos bajo una misma bandera, fundemos sociedades puramente vascongadas, escribamos periódicos vascongados, creemos teatros vascongados, escuelas vascongadas y hasta instituciones benéficas vascongadas. Que todo cuanto vean nuestros ojos, oigan nuestros oídos, hablen nuestras bocas, escriban nuestras manos y sientan nuestros corazones sea vascongado».

No existía en este PNV una preocupación por las personas sino la resistencia a la modernización por parte de un grupo social determinado. Una resistencia al cambio que se presentaba en el desarrollo histórico de las regiones de Europa, incluidas las provincias vascas. No dejaba de ser simplemente una lucha entre el romanticismo contra la ilustración, la enemistad entre el sentimiento contra lo racional. El propio Meabe les reprochará no haber sido capaces de dar respuesta a las necesidades de los trabajadores, de dar respuesta a lo tangible, ni siquiera a los que el nacionalismo vasco catalogaba como vascos. De hecho, el sindicato nacionalista Solidaridad de Obreros Vascos (SOV) no fue fundado hasta julio de 1911 y en realidad surgía como sindicato amarillo con el único objetivo de contrarrestar la influencia de la UGT y la CNT. En 1918 las normas para entrar en dicho sindicato, tal y como viene en el periódico ‘Euskadi’: «Las Agrupaciones de Obreros Vascos (…) pueden integrarlas todos los obreros que tengan algún apellido vasco hasta el cuarto y profesen la Religión Católica».

De tal forma, visto el contexto y las posturas tanto de Sabino Arana como del PNV en el momento de su fundación y en años posteriores, uno no deja de preguntarse cómo es posible que en pleno s. XXI los dirigentes jeltzales sigan teniendo que dar tantas volteretas para reclamarse de un pasado fundacional de estas características, y si no les sería más interesante buscar otras herencias menos inexplicables. De lo contrario, hay quién seguirá preguntándose: ¿Cuál es el concepto de libertad que se está manejando aquí al hablar de Sabino Arana y el PNV de 1895? ¿De verdad el proyecto del PNV en la actualidad es continuar la propuesta de nación vasca de Sabino Arana? ¿Quién realizó realmente la feroz agresión al otro?

Profesor de Historia en Secundaria. Autor de "Tomás Meabe: escritos políticos" (2013) y "Un siglo de Juventudes Socialistas de Euskadi" (2019).

Licenciado en Historia por la Universidad de Deusto. DEA en Relaciones Internacionales por la UPV-EHU con tesina “Relaciones UE-China: un futuro por delante”. Postgraduado en “Organización jurídica, económica y política de la R.P. China y Taiwán” por la Universidad de Alcalá de Henarés.