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Cómo combatir el retroceso

El progreso es el motor de cualquier sociedad que tenga a bien llamarse libre y democrática. Sin progreso cualquier esquina, cualquier paisaje de la sociedad queda desprovisto de sus matices, de sus colores, de su belleza. El progreso, que tanto cuesta construir, cristaliza casi siempre cuando menos se lo espera uno; suele comportarse como aquella frase que dice que “el momento más oscuro del día es antes del amanecer”.

Nuestra sociedad actual, después de logros, avances y conquistas, se encuentra inmersa es un momento realmente oscuro, donde parece que el progreso se quedó en momentos pasados y donde la frontera de un futuro próspero se desdibuja; y es precisamente en este momento de aparente retroceso irremediable, donde debemos estar firmes y contribuir a la cristalización del progreso, donde apostar, en definitiva, por ese amanecer expectante.

Hay fuerzas políticas que entienden el avance social de un modo cuanto menos peculiar, sin aparentemente percatarse de que progreso es un sustantivo que, de declinarse, lo haría siempre en plural. Podemos ha preferido construir una fortaleza desde la que, con gusto, otear el horizonte y disparar contra los malvados socialistas ante cualquier mínima oportunidad; Podemos ha querido hacer del progreso un compartimento estanco, contribuyendo así, por desgracia, a paralizar los avances, a hacer que lo individual prime sobre lo colectivo, a hacer que la derecha lleve en el poder demasiado tiempo con demasiado sufrimiento para la ciudadanía española.

Las fuerzas que apuntalan el cambio, que llaman de un modo proactivo al progreso, son aquellas que entienden que sumar es siempre más beneficioso que restar y que el debate franco siempre enriquece las distintas posiciones. En esta sociedad actual nuestra, donde progreso y cambio son elementos que se quedan encerrados dentro de un tweet, es donde debemos desenvolvernos y ser cada vez más nosotros, donde debemos construir espacios de libertad colectivos; es en donde deberíamos abandonar el lenguaje del odio y de trazo grueso. Ojalá una sociedad donde “cal viva”, “mafia” o “faraona” fueran un mal recuerdo, una simple distopía como otra cualquiera; ojalá todo lo que contribuye a apuntalar más aún la oscuridad fuera susceptible de ser fácilmente eliminado a golpe de palabra, de argumento y de razón.

Es en estos tiempos en los que el embrutecimiento de la política es la norma y la escucha activa la excepción, donde, precisamente, más debemos apostar por el progreso, y donde menos tenemos que guardar silencio. El silencio, fundamental para llegar a hacer un análisis certero de la realidad, es en algunos casos obsceno y pueril; hablar cuando se debe es tan decisivo como callar cuando procede, y es con esta combinación oportuna de silencios y palabras donde nos acercamos más al amanecer del progreso y nos alejamos de esta oscuridad de nulo análisis y de escaso compromiso con el de al lado.

Debiendo hacer un esfuerzo colectivo mayor, hay que empezar por separar el grano de la paja, seguir por distinguir de un modo cierto los totalitarismos dentro de los movimientos aparentemente tolerantes y terminar por combatir, desde la combinación oportuna ya mencionada de silencios y palabras, cualquier inercia, cualquier atisbo de mezquindad, cualquier intento de atentado contra el progreso. Progreso es no violencia, es entendimiento, es argumento, razón, y escucha. Y el progreso y la concordia están mucho más cerca de lo que llegamos a creer si hacemos un trabajo sincero de apuesta por ellos.

Psicólogo. Formación especializada en violencia de pareja y violencia de género. Presidente de la Plataforma Murciana de Hombres contra la Violencia Machista y miembro del PSRM-PSOE.