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EL PERIÓDICO
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De Hiroshima a Nagasaki pasando por Dresde


En estos días que recordamos los bombardeos atómicos sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, que precipitaron el final total de la Segunda Guerra Mundial, nos vienen a la cabeza, de nuevo, los horrores asociados a aquella contienda. Pero este artículo no va a abordar el espanto generado por el nazismo ni por los japoneses que, a pesar del auge del negacionismo, no va a ser olvidado nunca por el noble esfuerzo de los que persisten en el valor de la memoria. Ambos regímenes causaron el mayor dolor generado por el hombre de una forma consciente, sistematizada y con fines evidentes de toda la Historia de una Humanidad, aun llena de desastres desde la Antigüedad. No, hoy queremos acercarnos al dolor generado por las democracias en la guerra, un dolor más incómodo de reconocer, precisamente porque esas democracias lucharon sin descanso para superar la pesadilla totalitaria, para recuperar la civilización en Europa y Asia. Sin su esfuerzo no estaríamos aquí, o estaríamos en una situación harto distinta, e infinitamente peor. Nunca debemos olvidarlo, nunca.

Pero nos preguntamos, ¿eran necesarios los bombardeos sobre Hiroshima, y Nagasaki, o el terrible que sufrió Tokio anteriormente, fueron también necesarios aquellos masivos bombardeos sobre Alemania, simbolizados en la destrucción de Dresde? Se ha argumentado que los primeros ahorraron muchas vidas porque los japoneses no estaban dispuestos a rendirse nunca. Seguramente esto es cierto, habida cuenta de lo que sabemos sobre el militarismo imperialista generado más de una década antes, y que ya los chinos padecieron en los años treinta. También se ha hablado de la necesidad de desarticular todo el aparato económico y de infraestructuras de los nazis para poder realizar el desembarco y que avanzaran las tropas aliadas cuando éstas estuvieran preparadas. Insistimos, no es fácil rebatir tampoco este argumento, porque sabemos que Hitler no se iba a rendir nunca.

Pero no podemos dejar de pensar en los japoneses y alemanes inocentes que murieron, fueron heridos o perdieron sus propiedades en esos bombardeos. No queremos hacer demagogia, ni tampoco creernos más listos que nadie a la hora de pensar que otras opciones había para doblegar a dos regímenes detestables. Pero siempre nos quedarán muchas dudas, y también debemos pensar que las democracias occidentales deberían recordar más a aquellas víctimas, ¿un perdón como el que se exige en otros casos? La autocrítica solamente se puede dar en democracia, aquellos regímenes fascistas nunca la hicieron. No somos iguales.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

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