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Notas… sobre el año 1968 (3). Historias de dos ciudades


Como si nada ocurriera al otro lado de los Pirineos, ni hubiera barricadas en las calles parisinas -“si vas a París, papá, cuidado con los apaches”-, el 22 de mayo de 1968, Franco inauguró en Madrid la VIIª Feria Internacional del Campo, prueba del peso económico y cultural que aún conservaba la España agraria en la década del desarrollismo.

La edición tuvo un gran éxito de público, ya que recibió la visita de tres millones y medio de personas que se acercaron al recinto madrileño a interesarse por la cara rural del país. Muchas de ellas, recién emigradas al fragor capitalino, volvían durante unas horas al entorno laboral y cultural de sus orígenes.

Por unos días, la capital burocrática y funcionarial del país -vuelva usted mañana con la instancia, el certificado de penales y la póliza de tres pesetas- adoptó un aire bucólico y pastoril. Madrid volvió a ser el poblachón manchego colmado de subsecretarios, que decía Camilo J. Cela, y se convirtió en temporal muestra de la diversidad regional de “los hombres y tierras de España”, en palabras del Caudillo, y realmente en “pasarela” de animales de crianza: caballos de fina estampa, percherones de tiro y cartujanos de silla o de calesa; ovejas churras y merinas, separadas para no confundir; vacas tudancas, pasiegas, blancas, negras, rubias y berrendas; terneras gallegas y abulenses -promesa de suculentos chuletones-; lechones destinados al horno, gorrinos de pata negra -jamón, jamón-; mulos gerundenses, garañones zamoranos, novillos cebones, toros sementales y otras bestias excelentes de nuestra cabaña ganadera.

Y además, exposición de novísima maquinaria agrícola, pues el campo también se modernizaba y caían en desuso el trillo de madera, el bieldo y el cernidor, la hoz (y, desde luego, el martillo), la tartana con yegua, el borrico con botijos, la carreta de bueyes y, tras dos mil años de prestar servicio en la Península Ibérica, el arado romano tirado por acémilas.

Mientras, las ferias de muestras de Barcelona y de Bilbao, como privilegio de la burguesía cómodamente instalada en el reluciente neocapitalismo español, eran escaparates de lo más avanzado en innovación industrial y tecnología. Para que luego sus ingratos próceres aleguen un secular maltrato.

Entre los días 1 y 15 de junio, se celebró en Barcelona, en el marco incomparable de Montjuich con sus fuentes luminosas, la 28ª Feria de Muestras, con la participación por vez primera de la República Popular de China. Gesto inaudito y audaz con que Franco se adelantaba a la diplomacia del ping-pong de Richard Nixon.

En esa edición se presentaron, entre otras interesantísimas novedades, un robot de juguete, un reactor nuclear, maquinaria checoslovaca, lo último en receptores de televisión y una amplia gama de aparatos electrodomésticos “para las amas de casa”, que así se vendían. Novedades en el salón náutico, sólo para ricos, y claro está, lo más moderno en el pabellón del tejido y el calzado. España con minifalda y pantalón campana, tope “fashion”.

En el Salón del Automóvil se exhibieron los prototipos más logrados de la industria nacional de automoción, aunque con patente extranjera, y se presentó el SEAT 124 (de la factoría catalana), berlina ideal para miembros de la clase media en ascenso -los nuevos españoles-, que dejaba literalmente atrás en técnica, potencia y prestaciones, y, desde luego en la carretera, al popular SEAT 600 y al modelo intermedio 850, ni chicha ni limoná, salvo la versión “coupé”, de dos puertas, para ligones aficionados a “levantarle” la chavala al amigo peatón.

También el Mini 1275 cc (fabricado en Pamplona), caro y fardón, con un toque “Carnaby”, pero rápido y versátil; adecuado para robar furgones cargados de oro, como hacían Michael Caine y su cuadrilla en una película de 1969. Y el Renault Alpine110 (de la FASA de Valladolid), de aspecto deportivo, indicado para competir en “rallies” y para los amigos de aumentar las ventas de la CAMPSA pisando el acelerador.

Dos ciudades y dos escenarios complementarios del mismo país.

Profesor jubilado de la Universidad Complutense.

Últimos libros publicados: Perdidos. España sin pulso y sin rumbo (Madrid, La linterna sorda, 2015) y, con Ramón Cotarelo: La Antitransición. La derecha neofranquista y el saqueo de España (Valencia, Tirant, 2015).