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Monarquía, historiadores y estabilidad

Numerosos son los historiadores que han certificado que la actual Monarquía ha coronado la etapa democrática más larga de la historia de nuestro país.

Juan Pablo Fusi, uno de los más importantes historiadores españoles actuales, en un discurso en la Academia de la Historia en 2018 no dudó en definir a la transición como un gran hecho histórico -con sus problemas y complejidades- impulsado por el rey Juan Carlos I. Subrayó que el papel del rey en la derrota del 23-F fue esencial y, recurriendo a una frase de Eric Hobsbawm (historiador marxista británico) afirmó que la Monarquía había demostrado ser un marco solvente para la democracia en España.

Fusi señaló que régimen democrático de 1978 está probablemente mejor construido que las anteriores experiencias democráticas (1868 y 1931), como han demostrado posteriormente hechos como la limpieza electoral, el necesario consenso en su construcción y la alternancia de partidos en el poder. Además, la Monarquía ha resultado compatible con una amplia descentralización. Las Comunidades Autónomas, dotadas de una dilatada capacidad de gobierno en los últimos 40 años, han generado un nacionalismo no derivado precisamente de problemas estructurales del Estado o de la vigencia de un nacionalismo español excluyente sino, al revés, ese nacionalismo ha sido generado por una debilidad progresiva del poder central en beneficio de las Comunidades Autónomas.

Para Fusi, la actualmente debatida transición supuso, nada menos, que la refundación de España como nación. La Corona no solo no se opuso, sino que apoyó siempre ese nuevo comienzo, esa cristalización de un proyecto permanente de libertad y democracia, de convivencia tras un conflictivo siglo XX.

Juan Pablo Fusi no ha sido el primer historiador en señalar la sólida vinculación entre Monarquía y democracia, pues ya lo hizo anteriormente Charles Powell (Instituto Universitario Ortega y Gasset) en los años 90; Javier Tusell (catedrático de la UNED) escribió varios libros demostrando el balance altamente positivo de la Corona, especialmente en ámbitos como el cumplimiento estricto de la constitución, su labor en la proyección exterior de España, su apoyo constante a la difusión del legado cultural español y a la construcción de una ciudadanía. A comienzos del siglo XXI, Paul Preston (London School of Economics) analizó en sus libros la labor diaria que había dotado a la Monarquía española de una gran legitimidad.

Recientemente, el catedrático José Varela Ortega (autor del original libro España, un relato de grandeza y odio) ha señalado que la Monarquía ha demostrado, al menos, en cuatro ocasiones su voluntad de ser garante de la soberanía nacional y de su expresión legal, es decir, la voluntad del conjunto de la ciudadanía española. Cuando el conde de Barcelona se reservó los derechos dinásticos hasta su hijo facilitara unas elecciones a Cortes Constituyentes democráticas; cuando el rey no se opuso a perder todos sus poderes heredados para consolidar una auténtica soberanía nacional; cuando Juan Carlos I defendió la constitución frente a un intento de golpe de Estado nacionalista (en clave españolista); y cuando Felipe VI respaldó con sus palabras la soberanía nacional ante otro intento golpista nacionalista (esta vez en clave del secesionismo catalán).

Jordi Canal, historiador catalán que trabaja en la prestigiosa École des Hautes Études en Sciences Sociales de París, ha recordado, en varios artículos publicados en El País, que la Monarquía española ha logrado construirse como un claro símbolo de moderación, unidad y representación nacional. En su opinión, el presentismo -que lo inunda todo- hace que algunos españoles no vean el peso de lo positivo frente a lo negativo en la balanza final de su evaluación.

Por su parte, Guillermo Gortázar (profesor de Historia contemporánea jubilado de la UNED) ha advertido que el empeño rupturista con la Monarquía de ciertos sectores de la vida política actual conduce a la quiebra del consenso y de la convivencia política de los españoles, salvaguardada en los últimos 40 años. La historia de España, en su opinión, informa y aconseja sobre la absoluta conveniencia y superioridad de la estabilidad frente a aventuras rupturistas. Rupturas que llevan inevitablemente, a la balcanización de España: no olvidemos que el secesionismo catalán desea la creación de unos independientes “Países catalanes”, con lo que el conflicto civil se extendería necesariamente hacia Valencia y Baleares, dividiendo a su población; lo mismo podríamos decir del independentismo vasco deseoso de extender sus tentáculos hacia Navarra. La explosión balcánica llevó a la guerra y el exterminio étnico-religioso impulsado por los nacionalismos derivados de la desaparición de Yugoslavia a fines del siglo XX. ¿Realmente esta balcanización favorecería la recuperación de nuestro tejido económico y social? Y, lo siento por quienes defienden una constitución republicana confederal multicultural, ya que la historia ha demostrado su absoluto fracaso cada vez que se ha intentado hacer algo semejante.

Ante el secesionismo y las crisis económicas, la Monarquía no es el problema sino más bien parte de la solución, como han subrayado Fusi y Canal en numerosas ocasiones. La estabilidad y la convivencia entre los españoles valen lo suficiente como para apostar por la continuación de la Monarquía democrática por lo que, en mi caso, añado mi firma a la defensa que hacen otros españoles de la misma.

Profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.