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El asesinato de Federico García Lorca el 18 de agosto de 1936 a eso de las 4 de la madrugada

No hay nada más vivo que un recuerdo

Federico García Lorca

Fue junto a un olivo, en la carretera de Víznar a Alfacar. Federico acababa de cumplir 38 años. Hace ahora ochenta y cuatro años de ese crimen que supuso para los sublevados oprobio, rechazo moral y un estigma del que nunca lograrían liberarse.

Todos los años lo tengo presente en estas fechas. La noche estrellada, el miedo, la vesania de los verdugos. Segaron una vida cuando sus mejores frutos aún estaban por venir. Poco ha, había finalizado La Casa de Bernarda Alba, el drama profundo que arranca máscaras y pone al descubierto la represión de la sexualidad en la Andalucía profunda.

Era, asimismo, autor de Poeta en Nueva York, probablemente, el mejor poemario de una Generación como fue la del 27, de magníficos poetas.

¿Qué fue lo que le costó la vida? Una pregunta difícil de responder. La cerrazón, el odio, la violencia, la intolerancia de quienes estaban dispuestos a imponer a sangre y fuego su visión reaccionaria de España y a suprimir de un plumazo todo lo que sonara a modernidad, vanguardia, libertad y valores republicanos.

Pudo influir, también, su amistad con intelectuales y políticos insultados y vilipendiados por esa derecha brutal, ignorante y aniquiladora. Era conocida su devoción y cariño con, el entonces ministro Fernando de los Ríos, con integrantes de la Generación del 27 o con actrices y actores de filiación socialista como Margarita Xirgú.

Federico siempre quiso ser y fue un verso suelto. Tenía amigos en lo que posteriormente serían los dos bandos irreconciliables. Odiaba, con todas sus fuerzas, eso sí, las injusticias sociales, la insufrible chulería de los matones o las admoniciones que lanzaban desde los púlpitos, un día sí y otro también, clérigos intransigentes contra aquellos que se desviaban de la ortodoxia más rancia. Por eso, no puede extrañar que se le tachara de inmoral, de masón y de infectar con las ideas de lo que llamaban “el marxismo judío”.

Era tremendamente vital y generoso. Todo en él desprendía creatividad y poseía ese extraño don de dominar un sentido rítmico, una plasticidad admirable y una fuerza telúrica profunda y obscura que le instaba a penetrar las tinieblas interiores del ser humano.

Tampoco le perdonaron que fuese codirector de La Barraca, una experiencia de las Misiones Pedagógicas, concebidas para llevar el teatro, la lectura y las manifestaciones artísticas más destacadas a los lugares más recónditos de la España profunda.

Amaba la sencillez, tenía un ideal estético incompatible con el convencionalismo chabacano que tantas veces ha disfrazado –y aún disfraza- la ignorancia de patriotismo.

Me gusta recordar a Federico García Lorca vivo, generoso y vital. Desprendiendo a borbotones entusiasmo, finura e inteligencia.

Las noticias de su muerte, cuando llegaron a Madrid, causaron la lógica conmoción y consternación. No era fácil creer que “la bota fascista” había puesto fin a la vida de Federico. Rafael Alberti nos cuenta como tantos amigos pasaron de la incredulidad a la amargura y de esta a la indignación. Quizás, lo más brutal era la respuesta de los asesinos que en su negación lacónica daban a entender mucho más de lo que decían. Herbert George Wells en su calidad de presidente del Pen Club, se dirigió angustiado al general Espinosa, gobernador militar de Granada, en demanda de noticias. La respuesta no pudo ser más inquietante, tanto por su sequedad como por su altivez e incluso chulería: “no conozco el paradero de ese señor”.

Federico García Lorca si se sabe leer con atención, sigue siendo nutricio y alentador, a estas alturas se ha convertido en todo un clásico. Siempre me ha parecido un tenaz crítico del conformismo. Y eso, en un país como el nuestro, tiene su valor aunque suele pagarse muy caro. Conjugaba, con una extraña armonía, vivir, sentir, pensar, crecer y amar lo que es mucho más de lo que suelen hacer los “santones al uso”.

Naturalmente, su “duende” tenía presente, como no, el azar y la necesidad. Sus páginas son una aguda mirada sobre el mundo, la condición humana y las fuerzas contradictorias que habitan las entrañas de los creadores.

Bien mirada, toda creación es una forma de rebelión contra el principio fatal de la aniquilación. Hay que saber buscar la armonía de las estrellas. Eso sólo está al alcance de una creatividad indomable que busca incesantemente verdad, belleza y justicia.

Durante muchos años sus obras no se representaron y fue censurado y proscrito. Era esa una forma de muerte, con la que la España oficial excluía a los perdedores de la Guerra Civil, de toda consideración. Sus tragedias se estrenaron primero en diversos países sudamericanos y europeos y sólo mucho más tarde, en el nuestro.

Naturalmente, sus obras completas no son completas. Aún así, están llenas de páginas que ocultan innegables tesoros. En esas llamadas obras completas, publicadas por Aguilar en 1955, hace tiempo que me llamó la atención un breve texto titulado Charla sobre teatro que contiene, a mi juicio, unas cuantas ideas que contribuyen a interpretar y conocer mejor a Lorca.

Sabido es que no le gustaban los homenajes y banquetes que solo contribuyen “a poner un ladrillo sobre nuestra tumba literaria”. A continuación, con gracia, el poeta andaluz saca a relucir su vena supersticiosa “tienen mal fario”

Con ironía, no exenta de agudeza, señala que lo que habría que hacer a los poetas y dramaturgos, en vez de homenajes es ponerlos en dificultades y plantearles desafíos. Fijémonos, por ejemplo, en este: “¿A que no eres capaz de expresar la angustia del mar en un personaje?”

Después de manifestar su admiración hacia Margarita Xirgú, deja caer unas opiniones que haríamos bien en tener siempre presentes y que tienen un gran valor crítico e incluso sociológico. “El teatro es uno de los más expresivos y útiles instrumentos para la edificación de un país y el barómetro que marca su grandeza o descenso” para más adelante, remachar esta idea con unas palabras de una perspicacia notable, que a mi juicio, no se han citado dándoles la relevancia que tienen: “un pueblo que no ayuda y no fomenta su teatro, si no está muerto, esta moribundo”.

Sobre el asesinato de García Lorca se han vertido ríos de tinta. El hispanista Ian Gibson, entre otros, lo ha investigado hasta la extenuación. Sin embargo, sus reliquias por misteriosas circunstancias, que algún día, se dilucidaran, siguen sin aparecer… Lo que debería servirnos de acicate para que, en aplicación de la Ley de Memoria Histórica, sacar a la luz tantos restos enterrados en las cunetas, poniendo un poco de reparación con los crímenes que se cometieron y en el desinterés y desprecio posterior.

Hay cosas que aún ignoramos pero conocemos otras muchas. Sabemos que, por ejemplo, Ramón Ruiz Alonso, un ex diputado de la CEDA, y padre de la actriz Emma Penella, lo sacó a punta de pistola de la casa de los Rosales, donde se había refugiado.

Se tardarían muchos años en saber la verdad. Se procuró echar una densa capa de olvido sobre estos hechos. Se le acusó de socialista y masón, su orientación sexual fue otra de las groseras y viles excusas de los verdugos.

Existe una especie de justicia histórica. Hoy quedan para el recuerdo las truculentas palabras de Queipo de Llano cuando le preguntaron qué hacer con el detenido, “dale café, mucho café”.

Junto al exabrupto del “militarote” corre en paralelo la historia de Ruíz Alonso que fue “perseguido” durante años por la siniestra sombra de su crimen. Al poco de morir el dictador, temiendo represalias, que se esclarecieran los hechos y que pudieran exigírsele responsabilidades puso tierra por medio y se marchó de nuestro país para nunca más regresar.

Su participación en la detención y muerte fue execrable pero no es menos cierto que cargó, en alguna medida, con culpas de otros. No es posible señalarlos a todos pero, al menos, citaré a José Luis Trescastro que durante un tiempo presumía con bajeza y bravuconería que había participado personalmente en el asesinato de Federico, a quien zahería acusándolo de homosexual.

La fecha del 18 de agosto ha quedado en el inconsciente colectivo como símbolo de la sangre inocente derramada por la insondable bajeza y rencor de unas auténticas fieras, sedientas de venganza en nombre de los supuestos valores de la ortodoxia tradicionalista.

Fueron muchos los homenajes y las elegías. Por citar sólo una, creo que es de justicia referirse a “El crimen fue en Granada” de Antonio Machado.

Me es difícil no recordar en estas fechas a Federico. El valor de sus símbolos es de una fuerza inagotable. En toda su poesía la muerte es una constante. No se ha insistido lo suficiente, en la mayoría de los casos la luna es una metáfora y símbolo de la muerte.

Esa madrugada según cuentan, la luna con toda su carga de premonición, estuvo presente poco antes de la detonación.

Profesor Emérito de Historia de la Filosofía, Colabora o ha colaborado en revistas de pensamiento y cultura como Paideía, Ámbito Dialéctico, Leviatán, Temas de Hoy o la Revista Digital Entreletras.

Ha intervenido en simposios y seminarios en diversas Universidades, Ha organizado y dirigido ciclos de conferencias en la Fundación Progreso y Cultura sobre Memoria Histórica, actualidad de Benito Pérez Galdós, Marx, hoy. Ha sido Vicepresidente del Ateneo de Madrid y actualmente es Presidente de su Sección de Filosofía.