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El exilio republicano y Juan Carlos I

La vicepresidenta Carmen Calvo anunció, hace unos días, que se presentaría en el Congreso de los Diputados próximamente una ley para “saldar una deuda pendiente de la democracia española con el exilio”.

El exilio por motivos políticos ha jalonado la historia contemporánea de España. En 1814 salieron de España miles de afrancesados a los cuales los vencedores de la guerra de la Independencia no los vieron como compatriotas con diferentes opiniones sino como traidores. Curiosamente, una calificación que se repetiría en otros exiliados políticos. Luego le llegó el turno a los liberales y a los carlistas, perdedores de tres guerras en el siglo XIX. El exilio por estos motivos provocó la emigración a Gran Bretaña, a Portugal y, sobre todo, a Francia de familias de todos los grupos sociales: campesinos, soldados, eclesiásticos, clases medias, nobles… hasta la propia familia real. Estar una temporada en el extranjero, como exiliado político, incluso formó parte del currículum de numerosos políticos como Toreno, Martínez de la Rosa, Espartero, O´Donnell, Narváez, Prim, etc.

A partir de 1875, la Restauración canovista intentó evitar esa situación, alternándose en el poder conservadores y liberales sin necesidad de pronunciamientos ni de que los políticos que abandonaban el gobierno fueran al exilio. Asimismo, si no realizaban actos de violencia, se les concedió su espacio político a regionalistas, carlistas y republicanos. Con los anarquistas no fue lo mismo, pero, a menos que hicieran actos terroristas, poco a poco se fueron legalizando -e ilegalizando-sus asociaciones. Pero el exilio por motivos políticos volvió a aparecer en el escenario español con la dictadura de Miguel Primo de Rivera, la guerra civil y la posguerra.

Tras la dictadura de Franco, la transición hacia un régimen democrático comenzó a variar la actitud del gobierno hacia los exiliados republicanos. Actitud lógica si se pretendía construir un sistema político que superara los estragos de la guerra civil, favoreciera el consenso y la construcción colectiva del presente. Estas han sido, precisamente, unas señas de identidad del reinado de Juan Carlos I según el historiador Juan Pablo Fusi.

La Corona nunca realizó nada que fuera en contra de esa política de retorno de los exiliados, de reconocimiento de su drama, de su españolidad. En junio de 1977, Darío Bavagaño Vega, mutilado del ejército republicano, escribió al rey solicitando su apoyo para acelerar la tramitación para que todos sus compañeros de filas pudieran beneficiarse de pensiones legisladas a su favor cuanto antes y para que se unificara el cuerpo de caballeros mutilados por la patria sin distinción de bandos en los que habían luchado. Juan Carlos I le respondió que conocía su situación desde al año pasado y que pasaba su petición al presidente del gobierno para acelerar al máximo la resolución de esos expedientes. Por ese mismo mes, el presidente de la Generalitat en el exilio, Tarradellas, era recibido en la Zarzuela como tal.

Un año más tarde los reyes viajaron a México, donde se entrevistaron con Dolores Rivas Chérif, viuda de Manuel Azaña. Juan Carlos I le ofreció que los restos de su marido volvieran a España donde serían recibidos y enterrados con honores de jefe de Estado. Su viuda agradeció el gesto, pero prefirió que continuaran en el sur de Francia. Durante su estancia en tierras aztecas, los monarcas se reunieron con una representación del exilio español, hecho que repitieron en otros viajes a otros lugares como Colombia, por ejemplo. En 1981, los reyes visitaron a María Zambrano en su domicilio, con motivo de la concesión del premio Príncipe de Asturias a su obra, la cual no puede entenderse, como ella misma siempre confesó, sin la experiencia del exilio. Cinco años más tarde, falleció Victoria Kent, líder republicana, en Nueva York, la cual había manifestado que su mala salud había impedido acudir a Madrid para recibir de manos del rey la gran cruz de la orden de San Raimundo de Peñafort, concedida el año anterior. Y es que la Corona siempre ha colaborado en reconocimientos a personalidades del exilio republicano, como en el homenaje que se rindió a Emilio Herrera Linares, presidente de la República en el exilio entre 1960 y 1962.

A lo largo de su reinado los monarcas continuaron fomentando ese acercamiento, ese deseo de reencuentro y de identidad con exiliados no tan famosos. En 2006, por ejemplo, visitaron Tolouse y la comunidad de descendientes de republicanos exiliados junto a una decena de estos con edad avanzada, que sumaban unas 400 personas, aunque se reunieron 3.000 para darles la bienvenida. Francisco Folch, presidente de la asociación de excombatientes y víctimas de guerra republicanas, expresó que el deseo de éstos era que no hubiera jamás otro conflicto similar en España, reconociendo el papel de la Corona en la construcción democrática. Rafael Gandía, presidente de la asociación de guerrilleros, apoyó sus palabras. Juan Carlos I tuvo palabras de reconocimiento a los supervivientes del largo y doloroso exilio, no olvidando a los que habían fallecido. Diez años antes, el príncipe de Asturias había realizado la misma visita y también se había puesto en contacto con ellos.

Y es que don Felipe también en sus viajes ha colaborado en el reconocimiento del exilio, como en 2008 cuando se reunió en México con representantes del mismo, asistiendo a los actos del 70 aniversario de la fundación del Colegio de México, cuyo germen fue la Casa de España, fundada por exiliados.

Desconozco cómo acabará sus días Juan Carlos I (82 años), pero si falleciera en el extranjero, en mi opinión, sería una paradoja y una ingratitud.

Profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.