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Catalunya, las elecciones autonómicas que vienen


El runrún de las últimas semanas señala que las próximas elecciones autonómicas catalanas tendrán lugar en el otoño que viene, o como tarde en los primeros meses de 2021.

El Govern de la Generalitat teóricamente presidido por Joaquim Torra se sostiene sobre tres patas, muy inestables y en pugna continua entre ellas: el movimiento nacionalpopulista articulado en torno a Carles Puigdemont, la ERC que supuestamente dirige desde la cárcel Oriol Junqueras, y los restos de la vieja Convergència pujolista, carentes de un liderazgo claro.

El Govern catalán se conforma pues como una amalgama sin ligazón interna, con serios problemas de relación incluso personal entre sus líderes y con proyectos políticos fuertemente enfrentados entre sí, más allá de las adhesiones públicas fervorosas a un ideal independentista cuya indefinición oculta aspiraciones muy diversas y hasta contradictorias entre las fuerzas que dicen sostenerlo.

Por si este panorama de división interna fuera poco, alrededor del Govern y fuera de su sombra protectora se ha ido configurando en los últimos meses una constelación de minipartidos y grupúsculos de carácter “nacionalista moderado y pactista” centrifugados desde las grandes formaciones nacionalistas actuales, en especial de la desintegrada CDC pujolista. Aunque todos ellos carecen de futuro porque el espacio político que reclaman dejó de existir, su mera aparición creará probablemente algunos problemas a sus mayores en los próximos meses.

El nacionalpopulismo pujolista gobernó Catalunya casi sin interrupción, entre los años que van del triunfo inesperado de Jordi Pujol en las primeras elecciones autonómicas catalanas (1980) al estallido de las protestas populares del15-M en Barcelona (2011). Fue precisamente este movimiento popular y socialmente progresista el que motivó la sobrevenida conversión al independentismo de la burguesía catalana, aterrorizada ante lo que creían el retorno callejero de la Revolución social de julio de 1936.

El estilo corrupto, pastelero y ventajista con el que gobernó el nacionalpopulismo pujolista se correspondía a las mil maravillas con las prendas propias de una burguesía catalana que primero chaqueteó con los generales Polavieja y Primo de Rivera, después con la Segunda República española, más tarde con la larga y provechosa para ellos dictadura franquista, luego se convirtió en uno de los principales actores del llamado “Pacto de la Transición”, para finalmente reivindicar la independencia de “su” Catalunya frente a un Estado al que erróneamente juzgaron débil y caduco además de incapaz de seguir defendiendo sus intereses de clase.

El inmenso cúmulo de errores cometidos por esa gente en el otoño de 2017, aquellos días en los que intentaron desesperadamente imponer su flamante proyecto de nación-Estado burgués con tintes autoritarios en unas jornadas que en contra del relato que pregonan, carecieron por completo de épica, de ética y hasta de estética, han llevado la situación política, social y económica de Catalunya a un punto de bloqueo absoluto, agravado hasta la exasperación por la crisis sanitaria desencadenada por la pandemia de COVID-19. La gestión autonómica de esta crisis finalmente, ha provocado un sordo pero persistente rechazo a la acción de un Govern catalán absolutamente abrasado por su incompetencia factual y mala fé procedimental.

En ese contexto la obra de gobierno de la coalición formada por JuntsxCat y ERC se ha reducido a nada. Ni la fuga de las principales instituciones financieras del país, ni el derrumbe de los restos del tejido industrial catalán, ni la crisis sanitaria y después económica desatadas por la pandemia aún activa, han servido para obligar al Govern a gobernar en vez de dedicarse las 24 horas del día a hacer propaganda independentista primero, y sumergirse en el más abisal silencio después una vez que la terrible plaga acalló hasta las más incansables trompetas del secesionismo. El silencio en Catalunya hoy es sobrecogedor.

Las elecciones autonómicas catalanas son pues, inevitables. Imposible seguir así por más tiempo. ¿Pero su celebración, servirá para algo? Parece dudoso.

En primer lugar, serán lógicamente, elecciones autonómicas: regionales. Es decir, no decidirán nada políticamente significativo.

En segundo lugar, el nivel de embrutecimiento político y social del electorado secesionista es tal que continuarán votando, impertérritos, a sus partidos.

Diputado más diputado menos, la correlación de fuerzas entre bloques no variará. Solo se producirá alguna redistribución interna dentro de los bloques en presencia, nada que llegue a tener verdadera trascendencia.

En lo que se refiere a la izquierda, continuará sin proyecto político propio que la convierta en alternativa de poder seria. La tentación de recurrir de nuevo al “catalanismo” para hacerse perdonar la no adscripción al nacionalismo secesionista, vuelve a ser un peligro cierto. Sus bases electorales se lo harían pagar muy caro.

El bloque de la derecha españolista está en derribo tras el ridículo clamoroso hecho por Ciudadanos, partido que tras ganar las anteriores autonómicas catalanas no se atrevió a reclamar la investidura presidencial en el Parlament catalán. A medio plazo la extrema derecha españolista tiene ahí terreno abonado para crecer, visto que los partidos tradicionales de la derecha quedarán sumidos en la irrelevancia.

Finalmente, cabe considerar el hartazgo de la población ante el cúmulo de despropósitos del que acabamos de dar algunas pinceladas y que se engarzan sin solución de continuidad desde hace al menos una década. El fantasma de una gran abstención se cierne sobre las próximas catalanas.

Vista la fidelidad sectaria y fanática del electorado independentista a quienes lo encabezan política y socialmente, que se traducirá de nuevo con seguridad en el mantenimiento estable de los resultados electorales que obtendrá el conjunto de los partidos secesionistas, solo cabe esperar un fuerte aumento de la abstención urbana, trabajadora, laica y no catalanista, es decir, de la abstención de izquierdas.

Una vez más.

Escritor. Ha publicado varios libros sobre literatura de viajes, investigación en historia local y memoria colectiva contemporánea. Algunos de sus títulos son “Un castillo en la niebla.Tras las huellas del deportado Mariano Carilla Albalá” (sobre la deportación de republicanos españoles a los campos de exterminio nazis), “Las cenizas del sueño eterno. Lanaja, 1936-1948. Guerra, postguerra y represión franquista en el Aragón rural” (sobre la represión franquista), y la novela “El cierzo y las luces” (sobre la Ilustración y el siglo XVIII).