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Réquiem por los Estados Unidos

Norman Rockwell (1894-1978), ilustrador estadounidense, fue en el mundo del dibujo de costumbres lo que fuera Hollywood en el mundo del Cine: emblema del modo de vida americano en los mejores años del país transatlántico. Dibujos y filmes reflejaban la imagen de una nación próspera, orgullosa de sus costumbres y con un designio que la acreditaba mundialmente como campeona de la democracia, tras conseguir derrotar al nazismo, con la imprescindible contribución militar -e ideológica- de la Unión Soviética y de los aliados euroccidentales.

Desde décadas atrás, Rockwell plasmaba en sus portadas y viñetas para el Saturday Evening Post la grata vida de muchos hogares norteamericanos: traviesos niños pelirrojos; madres hacendosas y abuelos fumando en pipa balanceándose en mecedoras bajo los porches diáfanos de sus casas con jardín y tres alturas. Hollywood, por su parte, mostraba mujeres rubias al volante de grandes y largos automóviles de chapa blanquiazul, más una panoplia de neveras llenas de alimentos, paternales policías en barrios tranquilos y marineros peleones en bares portuarios. Todo parecía discurrir con la serenidad de los tiempos buenos.

Aquellas imágenes definieron, con pinceladas dulces, toda una época. Debajo del agradable retablo visible del american way of life se desarrollaba casi secretamente, sin embargo, la sorda y valiente peripecia de Ruby Bridges, de 6 años de edad, la primera niña negra que en 1960 entró en Nueva Orleans en una escuela vetada a las gentes de color como ella. Cuatro agentes federales del FBI tuvieron que escoltar el primer día del curso a la mocita, que vio cómo sus pequeños compañeros, alentados por sus padres, abandonaban atropelladamente la escuela para mostrar el rechazo a su presencia allí mientras, fuera de las aulas, un cortejo de padres de alumnos desfilaba frente a ella mostrando un pequeño ataúd que contenía una muñeca negra.

El ilustrador Norman Rockwell, comprometido como muchas gentes de bien contra la segregación racial, inmortalizó en uno de sus cuadros aquella escena protagonizada por Ruby. En el cine, algunos actores blancos comenzaban, con cuentagotas pero valientemente, a involucrarse en la lucha por los derechos civiles para todos los estadounidenses, mientras en las pantallas empezaba a protagonizar filmes el galán negro Sydney Poitier y en los microsurcos tronaba la voz del progresista, también afroamericano, Harry Belafonte.

Hoy, 60 años después de aquellos hechos, Hollywood se dedica a exaltar enloquecidamente la violencia en casi todos sus filmes, donde todas las tramas de sus argumentos versan sobre policías o espías que arreglan cualquier tipo de conflicto a tiros, señaladamente el conflicto social. No hay ya guiones cinematográficos que cuenten historias de amor, de amistad, de inocencia o de valores como la lealtad, el esfuerzo o la bondad resaltados por Rockwell en sus dibujos o cuadros. Todo hoy es sangre, catálogos de armas, helicópteros, drones y disparos por doquier, tal vez algún que otro monstruo para incitar al público infantil a que acuda a pasar miedo a la sala donde antes se exhibía un Arte sincrético que, gracias a la deriva de Hollywood, hoy progresa aceleradamente en la técnica del harakiri. Las salas se vacían, mejor ver el cine de las series en casa, donde no hay peligro de adquisición de conciencia colectiva.

Malos tiempos

Malos tiempos para los Estados Unidos. Anclado el imaginario colectivo en aquellas bellas y hoy totalmente irreales imágenes, el conflicto social de clase, que allí adquiere una inhumana tonalidad étnica, crece agigantadamente sin visos de solución. Los contrastes son brutales: el 1% de la población detenta el 60% de la riqueza. La pobreza muerde los hogares, casi siempre deshechos, de 30 millones de estadounidenses, en su mayoría carentes de seguros médicos y expuestos a la guadaña de la pandemia, mientras los gastos militares succionan 700.000 millones de dólares anuales. Hasta 40 millones de personas –gran parte gente de color- han pedido adscribirse al paro a consecuencia de la pandemia. Hay más de cien cárteles estadounidenses de la droga cuyo nombre nadie conoce, a diferencia de los colombianos o mexicanos, triste y mundialmente renombrados: el número de drogadictos en el país de Abraham Lincoln se cuenta hoy en decenas de millones, número que se dobla y hasta triplica a la hora de contabilizar las armas automáticas en manos de otros tantos jóvenes y adultos. Las matanzas protagonizadas por adolescentes proliferan por doquier en colegios e institutos. La brutalidad policial, que sistemáticamente se aplica contra las gentes que comparten el color de su piel con el de la niña Ruby Bridges, ha avivado en clave étnica un conflicto social que se agiganta cada día y desgarra de manera inquietante a la sociedad estadounidense.

La imagen de Estados Unidos en el mundo se ha degradado. Solo las armas mantienen al país en la cresta del poder mundial: 800 bases militares repartidas por todo el Globo así lo atestiguan. Su lema nacional, otrora paradigma de libertad, prosperidad y democracia, ya no resulta creíble en la arena internacional. Solo los sátrapas parecen seguir tratando con Washington, aunque saben que cuando allí se pierda interés por ellos serán expulsados del poder sin contemplaciones. El Derecho Internacional ha sido arrancado de cuajo de las prácticas de la política exterior de Washington. Todo parece indicar que se trata de sustituir la política por el mercado, eso sí, siempre que se trate de un mercado desigual donde la hegemonía recaiga en Wall Street.

¿Qué ha sucedido en el gran país norteamericano? ¿Por qué ha dejado de ser la referencia de la democracia en el mundo? Han pasado muchas cosas, desde luego. Pero sintetizando al máximo la explicación cabe decir que los Estados, todos los Estados que buscan estabilidad y bonanza han de asentarse sobre una ecuación armoniosa entre legalidad y legitimidad. La primera regula las relaciones sociales mediante normas obligatorias para tod@s; la segunda acredita tales pautas y genera el principio de conformidad social que lleva a la ciudadanía a aceptarlas. Sin embargo, cuando la armonía entre una y otra se rompe, la Historia dice que surge el preludio de cambios políticos muy drásticos o que, incluso, se asiste al preludio de una revolución.

Esto es lo que ha sucedido en Estados Unidos: la ecuación se ha roto. Ha quebrado la línea que conectaba la legalidad vigente, plasmada en una Constitución igualitaria que no se respeta desde el poder económico del capitalismo financiero ni desde la Policía o las agencias de seguridad que espían a los ciudadanos, con la legitimidad de un sistema que hace cundir la desesperanza entre buena parte, la más damnificada por la crisis económica y sanitaria, de su población; el país ha cruzado ciertos umbrales que le colocan en el preludio de lo que el cantante Barry McGuire cantaba bajo el título Eve of destruction, (Víspera de destrucción). El sistema se acerca precipitadamente hacia un punto de colapso. La Casa Blanca acumula error tras error, en proporciones a veces descomunales, mientras el Partido Demócrata, en la oposición, tras arrinconar al más sensato de sus precandidatos, Bernie Sanders, al que la cúpula partidaria margina argumentando con desdén que “es un socialista”, no tiene un programa consistente alternativo al que esgrime Donald Trump. Éste es tan solo un hombre de negocios, tosco y zafio, incapaz de entender lo que es la política: “es todo un caballero, porque entra en todos los sitios a caballo”, ironizaba recientemente un comentarista de la televisión. Por presumibles razones de seguridad ha convocado un importante e insólito mitin electoral en el mismo jardín de la Casa Blanca.

Por su parte, el candidato demócrata Joe Biden, no parece ofrecer otra cosa que una bonita sonrisa y muy poco más. Bueno, lleva en su equipo como vicepresidenta a una mujer de origen indo-jamaicano, kamala Harris; pero también era de tez negra la Secretaria de Estado (ministra de Exteriores) del inefable George W. Bush, Condolezza Rice, y bajo su mandato y con su bendición se perpetraron numerosas agresiones militares estadounidenses en distintos puntos del mundo como Irak, Afganistán, Sudán...

Lo peor de todo es que cuando los grandes imperios caen o decaen, sus dirigentes, tras tratar de fajar los golpes internos, acostumbran derivar la atención hacia el exterior mediante la guerra. Crean enemigos exteriores incluso si no los hay. Si las elecciones se convocan el próximo mes de noviembre, duda insólita ahora planteada por el temor de Trump a perderlas, sea quien sea el que salga vencedor de las urnas, el demócrata Joe Biden o el republicano Donald Trump, al mundo le espera o un trompazo del elefante del Partido Republicano, para remontar el terreno electoral perdido, o una coz del asno del Partido Demócrata, para demostrar, si gana, quién manda aún en el mundo. Lo más grave es que, según la Historia demuestra y la Geopolítica lo confirma, coz o trompazo suelen ser muy sangrientos.¿Dónde estallará la próxima guerra teledirigida desde Washington con miras electorales o poselectorales: en Irán, Venezuela, Turquía, Ucrania, Bielorrusia? ¿En Rusia… o quizás, en China? ¿O bien se optará por encender la mecha bélica en algún país mucho más débil, para asegurarse una fácil victoria por las armas? Desafortunadamente, resulta muy difícil preverlo. Pero una cosa es segura: serán soldados de nacionalidades sometidas los que combatan sobre el terreno o drones que desde el aire matan por doquier, como si quienes los dirigen fueran irresponsables de sus matanzas. Estados Unidos no admite ya el desfile de ataúdes de soldados norteamericanos envueltos en la bandera de las barras y estrellas. Otros harán el trabajo.

¿Cabe alguna esperanza? Si. Los 331 millones largos de ciudadanos estadounidenses–si se deciden a acudir a las urnas descartando la abstención crónica que aqueja al país- pueden con su voto o bien zanjar la errática deriva del actual presidente, apartándolo de la Casa Blanca o controlando sus decisiones desde la participación política, o bien obligando a su rival Joe Biden, si resultara elegido, a emprender una política de paz y de reconstrucción del país, muy dañado por la pandemia, con cifras estremecedoras de muertos o contagios que se multiplican exponencialmente. Una guerra en el extranjero inducida por el Pentágono –junto con Wall Street, la CIA-FBI-NSA y la Mafia, los auténticos poderes fácticos estadounidenses además de la propia Casa Blanca-, no haría otra cosa que perjudicar todavía más la frágil posición interna de las principales instituciones del país, tanto, que algunos analistas la califican ya la actual coyuntura de prerrevolucionaria. Ello les lleva a columbrar que la situación vivida permitirá, más tempano que tarde, entonar un réquiem por aquellos Estados Unidos que todos y todas, desde la distancia o bien desde allí in situ, hemos conocido. Sin duda, el nuevo rostro de aquel gran país será muy distinto –y con certeza mucho más feo- del que hasta ahora habíamos contemplado. Por el bien de tod@s, ojalá los analistas nos equivoquemos. Confiemos no obstante que, al igual que la escala de las dimensiones del país estadounidense define la magnitud de sus problemas, la escala de las soluciones posibles frente a la adversidad, con certeza, adquirirá la misma o superior entidad.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.