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EL PERIÓDICO
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Lágrimas de cocodrilo


A la Junta de Andalucía no le salen las cuentas. Su presidente, Juan Manuel Moreno Bonilla, dice que las arcas autonómicas están exhaustas. Todo dentro de una maniobra de plañidera para seguir forzando la confrontación con el Gobierno de España e intentar disimular su inacción y sus problemas en la gestión de la crisis del Covid-19. Lloriquea el presidente andaluz por la falta de recursos para hacer frente al curso escolar justo cuando acaba de recibir 384 de los 2.000 millones extraordinarios destinados por el Estado para educación. Tanto lamento suena a excusa para desviar la atención.

A fuer de hablar con propiedad y con la verdad por delante, Andalucía y otras comunidades necesitan un nuevo sistema de financiación. El actual es injusto, no garantiza la cobertura de los servicios en pie de igualdad a todas las autonomías y lo peor es que está caducado desde 2014. Pero si no tenemos un nuevo modelo se debe fundamentalmente a que el gabinete de Mariano Rajoy no quiso su renovación, como ahora Pablo Casado bloquea el cambio de los órganos constitucionales cuyo mandato ha expirado. La derecha tiende a hacer un uso abusivo de plazos e instituciones en su beneficio.

Sabiendo que los recursos eran escasos, lo primero que hizo el Ejecutivo de las derechas de Andalucía es bajar los impuestos a los más ricos. Eliminaron el impuesto de sucesiones y donaciones, que sólo tributaban aquellos beneficiarios que recibían herencias por importe superior a un millón de euros, un montante que no está al alcance de cualquiera. Una decisión fiscal que castiga a los servicios públicos, que son de todos, y beneficia sólo a unos pocos. En total, unos 50 millones que se han quedado en las cuentas corrientes de los más pudientes.

También han metido las tijeras neoliberales en otras figuras impositivas por un importe de 235 millones, según los datos de la propia Consejería de Hacienda: reducción en el tramo autonómico del IRPF, primando especialmente a las rentas más altas, y en el impuesto de transmisiones y actos jurídicos documentados.

Lo que llaman sin pudor “revolución fiscal” se trata en realidad de un vaciado de las arcas públicas que ascendería a casi 300 millones de euros menos al año para realizar políticas públicas. Eso sí, toda la operación se dirige a un mismo sector de población beneficiario: los más ricos. Su bajada de impuesto no ha sido masiva como prometían cuando estaban en la oposición sino selectiva, muy y orientada a sus amiguetes, lo que va a generar más desigualdad. Como siempre hace la derecha.

Esta significativa merma de ingresos se pensaba suplir con una mayor actividad económica, unos planes que se han venido al traste y han saltado por los aires con la crisis económica y social derivada de la pandemia del coronavirus. Habían construido un gigante con los pies de barro y a las primeras de cambio se ha desplomado con estrépito. Ahora, las arcas están exhaustas por decisiones propias de las derechas en Andalucía.

Por si no fuera suficiente el estropicio, no han parado de derrochar dinero en campañas publicitarias de autobombo, incluso en los peores momentos de la enfermedad. Más de veinte millones para ensalzar vanidades mientras que faltan sanitarios y medios de protección, se cierran centros de salud, se retrasan las citas de atención primaria, no se contratan profesores, no se baja la ratio en las aulas… La lista llegaría a ser interminable.

Con tanto dispendio fiscal y tantos favores a los de arriba, el discurso del presidente andaluz resulta hueco, impostado, incluso ortopédico. Para cubrir los gastos extraordinarios derivados del Covid, el Gobierno ya ha enviado a la Junta fondos por importe de 1.000 millones, sin contar otras entregas en especie (millones de unidades de material sanitario). Y lo que tendrá que seguir suministrando: del fondo extraordinario de 16.000 millones, Andalucía recibirá unos 2.100. No hay motivos, por tanto, para el pataleo en el Palacio de San Telmo sino para perseverar en la cooperación institucional. Aunque Moreno Bonilla se inclina mucho más hacia el victimismo y las lágrimas de cocodrilo. Todo un ejercicio de sobreactuación marca de la casa.

Senador socialista por Andalucía, y periodista.