Quantcast
HEMEROTECA
             SUSCRÍBETE
ÚNETE ⮕

La mortífera frivolidad del Gobierno regional madrileño


L@s español@s no sabemos dialogar. Eso dicen. Dicen además que no sabemos escuchar. Y añaden que, cuando conversamos, lo hacemos siempre discutiendo, con un punto de agresividad; alzando la voz o con gritos. Tienen razón quienes tales cosas afirman. Obsesionados por autoafirmarnos, nos mostramos incapaces de incorporar un argumento ajeno, cualquiera que sea. Resulta pues casi imposible debatir un solo tema de manera fructífera. Si a todo ello agregamos el peso del pasado inquisitorial que aún impregna nuestras costumbres, el conflicto, aquí y ahora, está servido. Y ello sin hacer distinción alguna respecto de situaciones de extrema gravedad como las que vivimos en estas atribuladas fechas, en que tan urgente resulta la necesidad de acordar medidas que pueden salvar muchas vidas.

¿A qué obedece esta cadena de evidencias que nos inhabilita para dialogar? Obedecería, aparte de otras causas y en el mejor de los casos, a un error muy extendido entre nosotr@s. En opinión propia, creo que consiste en la pasión por demostrar a toda costa que somos buena gente. Y con ese fin, alardeamos y exhibimos visceralmente nuestro argumentario –cuando lo hay- sin un ápice de escucha o atención a quienes nos rodean. Nos importa mucho más que se sepa que somos buena gente –y que nuestros argumentos u obsesiones se impongan- que buscar o hacer el bien; cuando es el bien, realmente, lo que de verdad importa en la conducta del individuo en la sociedad: “haz bien y no mires a quién”, reza el refrán.

El resultado puede verse a diario. No solo en el ámbito familiar, sino también en la esfera pública. La supuesta autoridad patriarcal se perpetúa de manera inercial intramuros del hogar con prole; es proclive a silenciar la opinión de la madre, pese a su habitual y holgada experiencia cotidiana y solo si aquella obstinada actitud tropieza con la altanería de una adolescencia respondona, se mitiga o se quiebra, Pocos reparan en que la autoridad paterno-maternal procede de la autoría que otorga el combate diario por la vida y por conseguir la subsistencia del núcleo familiar al completo. Tal es el único vector capaz de acreditar el valor de los actos de l@s cabezas de familia. Solo ello permite elaborar una didáctica familiar fértil para la prole, de manera tal que resulte útil para dirigir sus propias vidas.

En las aulas, las tarimas siguen determinando las posiciones de poder y los dogmas del saber. Apenas fluyen preguntas desde la zona de las aulas no entarimada. La comunicación no es tal, solo fluye un monólogo unilateral. La conciencia crítica resulta inexistente. Los paradigmas científicos, aunque sean erróneos, se perpetúan sine die. Pocos se atreven a cambiarlos. El descontrol de la tecnología ha roto las coordenadas de espacio y tiempo, sustituidas por un mundo virtual engañoso y traicionero. La ilusión de acabar con el trabajo manual ha dado paso a la tiranía de los algoritmos y a la plusvalía del big data, el empleo masivo de datos con los que se elaboran perfiles que disciplinarán nuestras vidas conforme a los designios del capitalismo financiero más inhumano y abyecto.

Insufrible manía

Por otra parte, en la esfera pública, es imposible asistir a un diálogo o debate de conferenciantes o tertulianos en foros públicos, en televisión o en radio sin que los participantes interrumpan constantemente las intervenciones ajenas. Todo un síntoma de altanera impostura. O del precitado auto-buenismo. Esta insufrible manía resulta estimulada por los propios conductores de los debates: bien por impotente impericia, por ausencia de modales o bien de manera premeditada, en definitiva, la aleccionan. Si a los exiguos formatos expresivos, que ambos medios de comunicación proporcionan, se añade el ruido causado por la perpetua interrupción, sazonada de agresividad, es imposible que un tertuliano, por muy bienintencionado que sea, se muestre capaz de vertebrar racionalmente un pensamiento completo que induzca el diálogo o lo estimule. Y de ahí, de esos debates precisamente, deriva la mayor cuota de formación de opinión pública, política, electoral o moral, en la escena.

Qué decir de la actitud que exhibe, sin complejos, gran parte de la clase política que se sienta en los escaños del Congreso y en los de los parlamentos regionales como, por ejemplo, la Asamblea de Madrid. Ha convertido el insulto en su forma favorita de expresión. Solo parece saber hacer ruido, patear, abuchear, crispar, humillar al contrario…no vemos su trabajo por ninguna parte.

Qué pena. Y pensar que fue nuestro país quizás el primer escenario del parlamentarismo europeo, con las Cortes medievales de Palencia, que datan de 1129. O el histórico caso de Madrid, con su Concejo medieval libre, joya precursora del municipalismo, que debatía a diario y, de manera democrática dentro de los límites estamentales de su época, la aplicación de su Fuero promulgado en 1202, no lejos de donde hoy se alza la Plaza Mayor. Vendría luego toda una caterva de reyes ineptos, validos sin escrúpulos o espadones codiciosos y sanguinarios que desgarraron –con el citado legado inquisitorial como punzante garfio- todo tipo de tejido de sensatez y racionalidad en los procedimientos políticos y parlamentarios al uso. Los monarcas, como Carlos I, laminando las tradiciones comunitarias; los gobernantes, como los isabelinos del XIX, arremetiendo contra los fueros del pueblo; y los espadones, como Arsenio Martínez Campos, Severiano Martínez Anido, Emilio Mola, Francisco Franco y secuaces, disparando contra cualquier destello de libertad.

Inepta gestión

Tras unos fecundos intervalos, verdaderos chispazos de democraticidad durante los períodos republicanos y en el paréntesis del arranque de la Transición de la última dictadura, reaparece hoy mismo en nuestros lares aquel lamentable espectáculo de incomunicación social y política, espoleado por la incapacidad para aprender a dialogar que hoy mismo adopta su expresión suprema en la inepta gestión sanitaria y no digamos, económica y política de la derecha abducida por la extrema derecha.

Vemos en Madrid, como podemos verla en otras regiones de España, una Asamblea regional convertida en el búnker de un personajillo con faldas que exhibe la arbitrariedad y el capricho más osados para ocultar una evidente incapacidad política cebada por una proverbial incultura e ignorancia. La gestión del twitter de un perro figura entre sus méritos curriculares. Avalada por el equipo municipal de Gobierno que pretende ahora arremeter contra la memoria democrática consolidada, en las personas de dos figuras entrañadas en la Historia de España como Francisco Largo Caballero e Indalecio Prieto, reabre sin escrúpulos en Madrid el conflicto de clases y convierte en guetos todos los barrios obreros de la ciudad. Y lo hace desde una Consejería de Sanidad dotada de holgadas competencias –y dineros cuyo empleo no justifica (¿dónde han ido a parar los 1.500 millones de euros avanzados a la región de Madrid por el Gobierno nacional?) - noqueada tal Consejería por la indolente y probada incapacidad de sus responsables. El resultado no es una batallita más en busca de réditos tras tensar desafíos políticos o ideológicos en escena, como ella parece creer: es, por el contrario, e implica una progresión criminal, desbocada y sin control, de contagios y de muertes.

¿Qué opciones le quedan a una población, en este caso la de Madrid, a la que se desarma, por premeditada inacción regional oficial, ante el embate mortal del Covid 19, por el capricho de medirse la presidenta regional con la Presidencia del Gobierno de la nación?¿Qué frivolidad criminal es ésta? ¿Qué persigue Isabel Díaz Ayuso anteponiendo su orgullo personal y la cerrazón ideológica del discurso individualista, clasista y procapitalista frente al sentido común de atajar eficazmente la pandemia con medidas científicamente compulsadas y contrastadas que ya han dado resultados en otras regiones y latitudes? No lo sabemos. Ni atención primaria fortalecida, ni rastreadores suficientes, ni pruebas fiables, ni ampliación de plantillas, ni planificación sanitaria…un desierto. Pero cada minuto que pasa, la guadaña de la muerte se ciñe sobre las cabezas de decenas, centenares de madrileños. El agudo filo de su cruel hoja ya se cebó segando miles de cabezas en las residencias madrileñas de mayores a partir de abril de 2020. Ahora acomete una etapa que, de no detenerla, puede llegar a ser más letal todavía.

Todo indicaba la urgencia de aceptar como mejor opción el diálogo; el saber escuchar; el intento de desplegar empatía para aunar esfuerzos y voluntades, abandonando todo atisbo del espíritu inquisitorial. Era y es preciso admitir que el/la otro/otra puede coadyuvar al encuentro de soluciones. Eso sí; con una sola condición previa: dos no dialogan si uno/una no quiere. Hasta ahora, la conducta de los supuestos responsables regionales de Madrid, tras cercenar cualquier medida sensata emanada del Gobierno de España, no han avalado con hechos su propósito formulado, pero insincero, de dialogar, pese a que el Presidente del Gobierno se avino a visitar la sede regional de la Puerta del Sol y mostrar su disposición al consenso de medidas urgentes. Apenas unas horas después, pese al acuerdo convenido, la Consejería de Sanidad vulneró lo pactado y cerró los barrios obreros de Madrid sin proveerles de medida alguna para afrontar la expansión de la pandemia, como todo el mundo ha presenciado.

Sería injusto e inhumano atribuir toda la responsabilidad de lo sucedido en Madrid a una sola persona. Es un sistema entero de explotación de la sanidad pública y su conversión en negocio privado la que hace agua en la presente situación. Pero hay cuotas de responsabilidad personalizada. Si la presidenta regional de Madrid se blinda frente al diálogo, como objetivamente hace, y se enroca en su imbécil actitud frente a la sensatez de una política sanitaria coherente, una vez desplegada la mejor intención para el diálogo, será preciso puentear su cerrazón con la fuerza de la razón democrática, hoy más necesaria que nunca. Nadie olvidará a partir de esta pandemia que a la tristeza de las muertes que se han abatido sobre nuestra comunidad, al miedo que ha atenazado los corazones de millones de españoles y madrileños, conductas caprichosas y arbitrarias como la que ella se empecina en seguir –avalada por Pablo Casado el ya cuestionado jefe del PP que sigue suicidamente apostando por mantenerla donde ella ni sabe ni puede estar-, han proyectado sobre tod@s nosotr@s un añadido manto de amargura. Y ello precisamente cuando más necesitábamos del consuelo de saber que hay personas que son elegidas para representarnos y decidir sobre nuestra suerte sobre todo en casos de tanta tan gravedad como éste. Si no saben, ni quieren, ni pueden decidir, es apremiante que se echen a un lado y den paso a la razón. Entretanto, nuestras vidas siguen en peligro. Llega un momento en que la prudencia, tan necesaria siempre en política, la misma que se ha seguido hasta ahora y aconsejaba mantener abierta hasta el final la puerta al diálogo, pasa imperceptiblemente a convertirse en complicidad. No cabe olvidarlo.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.