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La independencia de Grecia en el siglo XIX


El proceso de independencia griego del imperio otomano hunde sus raíces en el siglo XVIII, cuando la negligencia e indiferencia del estado turco y la corrupción e imprevisión de sus funcionarios, más que algún tipo de opresión sistemática aumentaron el malestar de los pueblos balcánicos. El desorden público aumentó, creándose bandas de forajidos y ladrones en las cordilleras montañosas y flotas de piratas en el Mediterráneo oriental. Los pueblos dominados mantuvieron su identida propia gracias a la Iglesia, por lo que la Sublime Puerta fue incapaz de anularles culturalmente aunque tampoco pretendió hacerlo seriamente. La mayoría de altos dirigentes y cargos técnicos no estaban desempeñados por musulmanes de raza sino por renegados o libertos; pero los cristianos de los Balcanes formaban masas compactas, cuerpos extraños en el Imperio, que les reconoció bastante autonomía. La corrupción y la desidia inundaron todas las ramas del gobierno, la dinastía fue incapaz de salir de su propia decadencia, sumida en luchas de serrallo; el Imperio era un gigante con pies de barro. Sin embargo, las grandes potencias orientales fueron también incapaces de ponerse de acuerdo en la desmembración de su vecino enfermo, lo que ayudó a su supervivencia. Rusia ambicionaba una salida al Mediterráneo pero fue frenada por Austria que deseaba los territorios balcánicos, como heredera del viejo reino medieval de Hungría. Por su parte, Francia y Gran Bretaña trataron de impedir la expansión de estos estados, sosteniendo al viejo Imperio turco. Sin embargo, su desfase cada vez fue más evidente; mientras Occidente consolidó sus instituciones, en Turquía se disgregaron; la ciencia conoció en la Europa Atlántica un verdadero impulso, mientras la técnica y el saber permanecieron anclados en el tiempo en los estados del sultán.

A principios del siglo XIX, comenzaron a escucharse cada vez más voces que solicitaban, en el seno de la sociedad turca, la realización de una ingente labor reformista, que salvara al Imperio de la decadencia. Sin embargo, esta tarea no pudo ser asumida fácilmente por los gobernantes ante la crisis desencadena en 1804, cuando los serbios se sublevaron contra la Sublime Puerta, proclamando la independencia. La represión turca fue brutal, a pesar de la cual Serbia volvió a rebelarse en 1815. Además, las potencias europeas declararon la guerra a Constantinopla: Gran Bretaña invadió Egipto en 1802, el Imperio ruso ocupó la Besarabia y los principados de Moldavia y Valaquia (1806-1812), lo que supuso un duro golpe contra su integridad territorial. Mientras tanto, en Grecia, crecieron las sociedades secretas que, con la ayuda de simpatizantes europeos, divulgaron la idea de la independencia y la creación de una Grecia libre, heredera del Imperio bizantino y de la época clásica, que poco tenía que ver con la realidad de su época. Sin embargo, el gobierno ruso alentó también los primeros grupúsculos políticos helenos con la intención de convertirse en su protector y obtener una mayor influencia sobre los Balcanes.

En un principio, los jefes independentistas griegos soñaron con una rebelión general que alzara, junto a su pueblo, a los rumanos, búlgaros y serbios contra Constantinopla. Estas fantásticas teorías se desvanecieron pronto en el aire, pues las diferencias entre los pueblos balcánicos -pese a todo- eran agudas. Ninguno quería depender del otro, ni ser ordenado por sus jefes. El 25 de marzo de 1821, Germanos, obispo de Patras, miembro de una sociedad secreta independentista, izó la bandera de la rebelión en el monasterio de Ayia Lavra, cerca de Calavrita. De nuevo, la Iglesia Ortodoxa se reafirmó en su liderazgo sobre el pueblo. Daba así comienzo una larga guerra que involucró a varias potencias europeas. Ese mismo mes, los líderes nacionalistas Colocotronis y Mauromilakis levantaron Morea y ocuparon su capital, Tripolilzia. En enero del año siguiente, se reunió un Congreso en Epidauro que declaró la independencia de Grecia y la creación de una constitución democrática. La nueva asamblea, con el apoyo de filohelenos occidentales, otorgó la presidencia a Colocotronis. En Europa, se organizaron actos culturales con la intención de obtener apoyo para los rebeldes. El poeta y escritor romántico Lord Byron y otros compañeros se enrolaron en Ginebra con la intención de luchar al lado de los nacionalistas helenos.

Los turcos reaccionaron como acostumbraban desde hacía siglos: las matanzas se sucedieron, destacando la de la isla de Chios. Pronto, por Europa circularon los rumores de las horribles escenas de la represión. La opinión pública liberal observó con simpatía este movimiento al ser un alzamiento popular contra una clara forma de absolutismo. Los conservadores tampoco se abstuvieron de participar en su ayuda, al creer que la rebelión era una nueva manifestación de la lucha entre el cristianismo y el islam. El gobierno ruso trató de intervenir en ayuda de los helenos pero el canciller austríaco Metternich -partidario de un equilibrio europeo- se lo impidió, por el momento. En marzo de 1823, sin embargo, el gobierno británico de Lord Canning aceptó la formación de una futura nación griega independiente por lo que suministró apoyo naval y armamentístico a los rebeldes. Mientras los helenos ocupaban la isla de Creta, el pachá de Egipto -Mehemet Alí- envió a Morea un ejército de 30.000 hombres en apoyo del sultán.

Ante la clara imposibilidad de reacción de los griegos y la manifiesta superioridad militar de los turcos, Gran Bretaña, Francia y Rusia firmaron el Tratado de Londres (1827) por el que decidieron intervenir directamente en el conflicto, enviando una flota aliada contra la del sultán que, en la batalla de Navarino, quedó prácticamente destrozada. El conde de Capodistria fue nombrado regente de Grecia, con la intención de moderar las aspiraciones del movimiento nacionalista. Tras una nueva seria de derrotas turcas, a través de la mediación de la diplomacia prusiana, las potencias beligerantes firmaron el Tratado de Adrianópolis (1829), por el que Rusia obtuvo la desembocadura del río Danubio y del derecho de protección sobre Serbia y Grecia, cuyas soberanías fueron reconocidas en la Conferencia de Londres (1830).

El conde de Capodistria trató de organizar el nuevo estado pero sus intentos se vieron frustrados por la maltrecha economía, la ausencia de una clase dirigente culta y, sobre todo, por la hostilidad de los jefes de la guerra de Independencia, los cuales llegaron a pelearse por el reparto de botín y de poder. El 9 de octubre de 1831, el regente fue asesinado en los escalones de la iglesia de San Espiridón, en Nauplia por dos jefecillos locales, ebrios de orgullo y ambición. En mayo de 1832, las potencias europeas fundaron un protectorado sobre Grecia y aceptaron a Otón I, el hijo de diecisiete años del rey Luis I de Bavaria, como el primer gobernante de un pequeño aunque independiente reino griego. 

Profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.