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EL PERIÓDICO
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La extinción de la inteligencia


Una de las claves del proceso de aprendizaje en todo tiempo y lugar es el reconocimiento del maestro, de la persona que sabe explicar de manera adecuada y atractiva aquello que ignoramos, saciando nuestra curiosidad cuando existe o despertándola cuando está dormida o evaporada. Sin maestros, sin personas de referencia, sin faros que iluminen el camino que hemos de recorrer desde que empezamos a dar los primeros pasos apenas habríamos salido de las cavernas o los abrigos montañosos, seguiríamos cazando animales, buscando el fuego y pensando que la rueda no es más que una quimera inalcanzable.

Primero fue la tradición oral la que transmitía en el seno de las familias y las comunidades los saberes acumulados, después, con la civilizaciones mesopotámicas y grecorromana el conocimiento comenzó a normalizarse, a guardarse en bibliotecas y a difundirse sacerdotes, escribas y filósofos entre la pequeña parte de la sociedad que detentaba el poder y quienes aspiraban a servirlo. Fue en la revolución ranacentista, primero, y en la Ilustración y la Revolución Francesa cuando el conocimiento comenzó a llegar al pueblo y a salir de él para convertirse con el paso de los años en un objetivo de toda sociedad que pretendiese desarrollarse y ser más humana. A estas alturas, es difícil dudar que uno de los momentos de mayor esplendor de la democratización del saber ocurrió durante la Tercera República francesa en los primeros años del siglo XX, cuando Briand, Herriot y Combes decidieron implantar en aquel país la enseñanza laica, única y universal para todos los ciudadanos, excluyendo del proceso de difusión del conocimiento a la parte oscurantista que casi lo había monopolizado durante siglos: La Iglesia Católica.

Basándose en la experiencia francesa, los dirigentes de la II República española quisieron apartar al clero de la enseñanza y ampliar el número de escuelas y maestros a tal nivel que nadie quedase excluido de saber lo mínimo necesario, lo que su interés demandase o lo que sus capacidades permitiesen. Todos sabemos lo que ocurrió después, cuarenta años de tinieblas, de humillación del pensamiento, de laminación de la razón, de ensalzamiento de la necedad y la grisura, sucedidos por otros de confusión que comenzaron a dar sus frutos en las distintas ramas del saber pese a las crisis, los bajos presupuestos, la renovación del poder de la iglesia en el proceso a través de la enseñanza concertada y las limitaciones de una estructura económica que no demanda tanto sabios, especialistas y críticos como personas de baja cualificación que sientan la necesidad de venderse al precio que sea para sobrevivir o de comprar a los demás para demostrar cuál es su valía y a dónde ha sabido llegar pese a su ignorancia o su incapacidad para saber que la vida es algo más que acumular riquezas y explotar a tus semejantes.

Desde la década de los años noventa del pasado siglo, se observa una tendencia global dirigida a suprimir cualquier atisbo de enseñanza humanística, a la que se considra inútil, ociosa y perjudicial, en favor de las enseñanzas utilitaristas, aquellas que aportarán el material humano adecuado para hacer más poderoso al país y más muertes a los que ya lo eran dentro de un proceso de momento imparable de acumulación de riquezas y de aumento inédito de las desigualdades a costa el planeta y a quienes no han tenido la suerte de nacer en el año preciso ni en el lugar idóneo. La élite mundial que maneja la economía necesita ingenieros, publicistas, periodistas a sueldo, policías y especialistas en algoritmos para que nos marquen el camino y sepan de nosotros –con nuestra entusiasta colaboración- aquello que ni nosotros mismos conocemos. Un estudioso de Ariosto, Juan del Encina, Bruno, Giotto, Ghiberttí, Palladio, Erasmo, Mabusse, Juni, Kant o Cernuda sólo servirá para decorar el salón de té o animar las fiestas tras la inauguración de una gran exposición en la sede central del banco único.

Están creando un nuevo mundo en el que, sin haber alcanzado sus propósitos mínimos, ninguno de los valores salidos del Renacimiento, la Ilustración y las revoluciones francesa y rusa tendrán vigencia alguna, un mundo sin maestros, sin paradigmas, sin referentes éticos, sin conciencia cívica en el que todos nos sentiremos muy felices por la foto o el comentario que dejamos en Instagram, twitter o facebock, por haberle caído bien a un determinado influencer que apenas sabe sonarse los mocos o por el número de “me gusta” que ha obtenido nuestra intervención. Es el triunfo del narcisismo más superfluo y ridículo a cambio de vender nuestra alma y las de los nuestros al diablo. En ese mundo podremos rebatir, incluso insultar, a Emilio Lledó por parecernos estúpidas sus reflexiones, mearnos en la poesía de Gamoneda mientras escribimos o alabamos un ripio propio de un chiquillo de cinco años o de un trovero que no tuvo la suerte de ir a la escuela aunque si la intuición de la vida. Discutiremos con Habermas y Chomsky, pondremos a parir a Baudrillard y Badiou sin tener la más mínima referencia de su pensamiento y sustituiremos las canciones de Serrat y Cohen por los cantos tribales que anuncian un tiempo en que lo bello apenas merece la pena.

Entretanto, sabiendo que hemos perdido la conciencia de quienes somos y de quienes son los nuestros, que apenas valoramos la solidaridad y que damos la partida por perdida, pasará el maldito virus, vendrá el teletrabajo como nueva forma de esclavismo y de destrucción masiva de empleo, y quienes todo lo tienen seguirán fustigando al algoritmo para que nos haga creer que somos lo más importante del universo, el único eslabón necesario para que la cadena no se rompa, la chispa que enciende la mecha, y no seremos más que las cenizas de un bello proyecto que recomenzó en el siglo XV y amenaza con desaparecer en este recién comenzado. La idiotez es la antesala de la desolación, el algoritmo manejado tal como se hace ahora mismo, el nuevo fascismo, el que terminará por arrasarlo todo si no somos capaces de ponerlo a nuestro servicio y mandar a las redes sociales, cualquiera que sea su nombre, al más inhóspito de los olvidos. Sin maestros, sin referentes, sin belleza no hay futuro.

Pedro L. Angosto, nacido en Carabaca en 1960, obtuvo el Grado de Licenciatura en la Universidad Autónoma de Madrid en 1984. Doctor en Historia por la Universidad de Alicante gracias a una Tesis sobre el político y escritor Carlos Esplá dirigida por el profesor Emilio La Parra, ha publicado unos quince libros de historia del siglo XX español y colaborado en numerosos periódicos y revistas. Es director científico del Archivo Carlos Esplá de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.