Quantcast
HEMEROTECA
             SUSCRÍBETE
ÚNETE ⮕

Construir un futuro nuevo


El simplismo es el gran enemigo de la inteligencia. Y de la razón. Se enfrenta también a la política, en su dimensión de arte racional e inteligente de decidir sobre la vida social en términos de poder. Y l@s trabajador@s necesitamos, a través de nuestros representantes democráticos, hacer política porque si no, la hacen otros a nuestras espaldas. Para adoptar la mejor decisión política será preciso tener en cuenta los componentes sustantivos y adjetivos de la realidad. Estos parten de dos grandes tipos: subjetivos, interiores, relacionados con la conciencia individual; y objetivos, exteriores, pertenecientes a la esfera de lo social. Cuando ambos no se identifican, en muchas ocasiones, se convierten en componentes opuestos, antagónicos. Los unos niegan a los otros. Pero en su antagonismo, cuidadosamente estudiado y establecido, observamos que existe un vínculo profundo. De su choque suele resultar un salto que en la secuencia entre la afirmación, la negación y la negación de la negación, los integra y engloba de manera tal que surge el movimiento, el avance. Así acostumbran moverse la Sociedad, la Historia. Pero se trata siempre de procesos que requieren suma atención, porque muestran una elevada complejidad.

Nuestras vidas, hoy, están determinadas por una complejidad abrumadora. Es necesario desentrañar esa complejidad mediante una reflexión que preceda a la actuación inteligente. Hoy, cuando un patógeno microscópico que infecta gravemente la vida humana ha puesto patas arriba nuestros modos de existencia, urge detenerse a pensar sobre lo sucedido y lo por suceder. Hemos de despejar la incertidumbre que envuelve nuestro futuro en una niebla demasiado densa.

Las causas de la irrupción del patógeno son aún del todo desconocidas. Pero sus efectos han vapuleado la identidad y la alteridad, la individualidad y la socialidad con las que convivimos. El virus ha inyectado dentro de nosotr@s mism@s la sospecha de desconocer si llevamos la muerte dentro. Fuera de nosotros, reina la desconfianza ante los siempre posibles contagios: podemos dañar a los demás tanto como para aniquilarlos. Comoquiera que aún desconocemos si las vacunas serán eficaces o no, tenemos la impresión de que vamos a malvivir con el virus durante mucho tiempo. Pero el vivir lo hemos concebido hasta ahora como esa mezcla de factores individuales y sociales, de interioridad y exterioridad, de intimidad y alteridad, que son los ámbitos más dañados, vapuleados, desmantelados, cuando no aniquilados, por el virus.

El sistema en el que hemos vivido hasta ahora redujo nuestras vidas hasta hacernos creer que la capacidad para satisfacer nuestros deseos, mediante el consumo, era ilimitada. No es cierto. Nunca lo ha sido. No todos los individuos tienen el mismo acceso al consumo. Ni todos ocupan las mismas posiciones sociales para poder acceder a él. Tampoco el consumo puede satisfacer todos los anhelos de los seres humanos; como el del amor, por ejemplo. Recordemos que no se produce para que nosotros consumamos, sino más bien para producir beneficio a los dueños de la producción.

Cada individuo tiene una situación social que le acerca o le aleja del poder de consumir, decidir, gozar, amar, vivir… Lo que iguala a los individuos no es el consumo, sino la clase social a la que, a sabiendas o no, cada uno pertenece. A cada cual se le asigna un cometido social mediante el trabajo, cuando el sistema lo necesita; cuando no, margina a clases enteras e individuos a los que sepulta en el paro, en la supuesta irrelevancia. Pero la personalidad, la individualidad y la dignidad, con o sin empleo, permanecen y pertenecen a todo ser humano, no cabe olvidarlo.

Ofensiva tecnocapitalista

Hasta ahora, pese a la ofensiva tecnocapitalista encaminada a sustituir la política por el mercado –mercado desigual, claro, a favor de los tiburones, esos especuladores desalmados- desde las clases trabajadoras se encaraba una lucha muy dura. Tratábamos de impedir que la errática irracional del capital, el dinero sin alma, descoyuntara nuestras vidas sojuzgándolas hasta asfixiarlas totalmente. Combatíamos con denuedo la injusticia que implica el hecho, evidente, de que la riqueza sea generada colectiva y socialmente por nosotr@s, gracias a nuestro esfuerzo mayoritario, mientras el beneficio de nuestro trabajo nos iba siendo arrebatado para ser apropiado individual y privadamente por unos pocos.

Para detener este expolio, durante siglos, l@s trabajador@s contábamos, entre otros medios, con la organización política, sindical o social, los partidos y los sindicatos, las organizaciones cívicas, no gubernamentales... y, sobre todo, con las luchas de masas, Pero, a partir de ahora, a causa de la virulencia del Covid-19 y del peligro potencial ilimitado de contagios, nos va a resultar muy difícil movilizar esa fuerza que nos daba nuestra unión y la visibilizábamos en acciones de masas, ante las cuales, en ocasiones, el poder del capital retrocedía. Y el empuje de nuestra negación ante su impostura hacía avanzar la Historia. Cierto grado de bienestar fue conquistado para casi tod@s.

Hoy, las concentraciones humanas, las movilizaciones de masas, por temor al contagio, deberán ser provisionalmente desterradas de nuestras prácticas. ¿Cómo pues defender nuestros intereses como trabajador@s, hoy tan amenazados, sin esa presencia en la calle de individuos y colectivos que tanta fuerza nos dio durante al menos tres siglos? ¿Cómo van a desarrollarse los nuevos seres humanos, l@s niñ@s, forzosamente alejados, a partir de ahora, de los espacios de socialización y cercanía que la Educación y la Cultura hasta hoy nos brindaban? El riesgo de que estos ámbitos sean más privatizados aún está ahí mismo. La voracidad de quienes solo piensan en su tasa de ganancia no cesa nunca.

Es preciso que l@s trabajador@s encontremos nuevas formas de socialización que mantengan viva la esencia social y cultural de la existencia humana. En cuanto trabajador@s, urge encontrar modelos nuevos que detengan el oscurecimiento drástico de nuestra imagen como clase social que el virus nos impone y el capitalismo financiero pugna desde hace décadas por conseguir apagarla. No se trata de un impulso narcisista por hacernos notar. Sino que consiste en que somos, l@s trabajador@s, el único segmento social capaz de emancipar al conjunto de la sociedad y hacerle sortear con éxito los desafíos que hoy encara.

Por ello, precisamos de formas de organización que nos visibilicen socialmente, que den pública cuenta de que existimos, como mayoría, como colectivo social consciente de que somos imprescindibles para la marcha de la sociedad, la nación y el mundo; porque de nuestras manos y de nuestras mentes surge la verdadera y la única riqueza, la mejor producción, el valor verdadero: la posibilidad de vida para tod@s.

Urge dar la vuelta a la tecnología y poner la telemática, la telefonía, la informática, las redes sociales, la nueva ciencia, desde la astrofísica a la nanotecnología, desde el láser al calor de fusión… al servicio de las mayorías, arrebatar el monopolio que el capitalismo financiero ha hecho de esas herramientas para militarizar incluso el espacio sideral en busca del poder y del negocio, a costa de asumir peligros sin cuento para tod@s los demás. Pero también, es más urgente que nunca rescatar la Cultura, la crítica, la duda, la creación artística, literaria, poética, asignarles el sentido emancipador por el que siempre los seres humanos lucharon…

Estas son hoy, con certeza, quizás las tareas centrales. Sin organización, no hay vida posible. Y la vida de las clases trabajadoras, sin ella, perece. Con esa nueva organización podremos recobrar tantas posiciones y derechos perdidos, entre otras sinrazones, por haber ignorado que la tecnología y la anticultura, en manos del voraz capitalismo financiero, han sido nuestros principales enemigos. Con las nuevas armas conseguiremos medir la riqueza existente en nuestro mundo para así redistribuirla con un criterio basado en la igualdad sustancial y de partida entre todos los seres humanos. Al mismo tiempo, accederemos al saber y a la Cultura, y la inteligencia será nuestro patrimonio común. La potencialidad de la Ciencia y las Humanidades para generar esas técnicas y métodos cuyo empleo en clave social  las convertirá en fascinantes, es casi ilimitada. La flecha del pensamiento no se detiene nunca. Al cabo del camino no nos espera divinidad alguna, sino la entraña misma de lo humano, la emoción de compartir un futuro por crear y el latido solidario ante la adversidad oceánica contra la que la especie humana ha combatido desde siempre. Con ese arranque, solo partiendo de tal premisa, podremos defendernos de nuestros enemigos vitales, virales o no y, doblegándolos, dar paso entre nosotr@s a la diversidad de la que la Naturaleza, a la que pertenecemos, nos da grandioso espectáculo en cada rincón de nuestro amenazado Planeta.

La llegada a la anhelada meta requerirá rechazar el simplismo que durante tanto tiempo nos ha embrutecido y paralizado, al divorciar el nexo profundo e irrompible que existe entre cada individuo y la sociedad a la que pertenecemos tod@s. Tendremos que luchar a brazo partido contra una complejidad endiablada, pero la solidaridad nos ayudará a yugularla. Adaptaremos los intereses individuales a los colectivos, las personas a la sociedad, en el más estricto respeto social a la intimidad y a la creatividad que en cada cual reside. Nos esperan mucho esfuerzo colectivo, mucha imaginación cómplice, así como quintales de abnegación y de renuncias. Pero el horizonte se abre ante nuestra mirada: un futuro nuevo nos llama a construirlo. Es la hora de comenzar.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.