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La Patria se llama Constitución y se apellida Democracia


De los muchos males que afligen hoy a nuestro país, la pandemia sanitaria es sin duda el más grave. Y la más dolorosa. Pero sus efectos políticos también lo son. La pérdida del sentido democrático por parte del principal partido de derecha es quizá el más inquietante. El Partido Popular se encuentra en una encrucijada de enorme gravedad. Su líder actual, Pablo Casado, ha adoptado una línea de actuación que le conduce a él y a su partido hacia el suicidio. Por extensión, hiere gravemente a la sociedad española. Veamos a qué obedece. El PP actual ha erradicado de sus prácticas el respeto a los hábitos democráticos. Se niega a cumplir la Constitución. Impide, anticonstitucionalmente, renovar el órgano de los jueces. El órgano que, con la mayoría de designados por el PP, originó buena parte del gravísimo conflicto en Cataluña. El mismo órgano cuyo titular ha comprometido al Rey allí con el pretexto de reivindicarlo, cuando las circunstancias obligaban a mantener una exquisita prudencia.

Hoy, la representante de Pablo Casado en el Gobierno regional de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, teledirigida por un asesor de Aznar, Miguel Ángel Rodríguez, y un letrado, Enrique López, que oficia de consejero nada menos que de Justicia -detenidos ambos y multados en distintos episodios por conducir en estado de embriaguez-, gobierna la Comunidad Autónoma de más peso en España con los votos prestados de quienes animan un golpe de Estado. Para colmo, esa dama con aspecto, ademanes y gestos de perturbación, se atreve a desafiar la autoridad estatal del Gobierno de la Nación. Se muestra obsesionada con medirse con el Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Para ello, obstaculiza irresponsablemente a la sociedad madrileña en su conjunto, a la que impide defenderse eficazmente contra una pandemia de proporciones inauditas, con muchos miles de muertos, contra la cual ella no supo defendernos. Solo sabe aplicar mezquinas recetas para negocios privados y otras, también clasistas y ruines, en los barrios obreros de Madrid, a los que desprovee de medios para combatir solventemente los brotes epidémicos.

Pandemia cuyos letales efectos en Madrid tienen mucho que ver, por cierto, con la indefensión sanitaria causada por el desmantelamiento de la sanidad pública protagonizada por sus voraces antecesores del Partido Popular. Privatizaron sustanciosa parte la sanidad pública madrileña y la entregaron a la sanidad privada, que se muestra incapaz de afrontar una crisis de esta envergadura. Muchos millones de euros –de momento 1.500 millones de euros (casi 250.000 millones de las antiguas pesetas, se dice pronto) - que se le entregaron a Díaz Ayuso desde el Gobierno de la Nación nadie sabe con exactitud dónde han ido a parar porque, si no, no se explica cómo siguen escaseando los urgentes contratos de personal sanitario, rastreadores, pruebas y distintos ítems absolutamente necesarios para atajar una pandemia que registras en Madrid las peores cifras de contagios en Europa.

En la mochila de Pablo Casado pesa también mucho el que Mariano Rajoy, Presidente del Gobierno anterior del PP, autorizará a un aparato policial ilegal una serie de intentos para aniquilar a sus adversarios políticos y esconder la enorme corrupción en sus filas destruyendo las pruebas del tesorero Luis Bárcenas que le implicaban a él y a su Gabinete. Casi 900 casos de corrupción de altos cargos del PP han sido llevados ante los jueces, que han llegado a definir al PP como “organización criminal”. Con esta herencia, Pablo Casado, aleccionado por su padrino y mentor José María Aznar, se hizo con malas artes con la dirección del PP –las primarias del partido habían dado la victoria a Soraya Sáenz de Santamaría. Pese –o gracias- al apoyo de Aznar, la deficiente cultura política y la escasa formación universitaria de Pablo Casado–un máster in absentia muy presuntamente avalado por un catedrático al que el PP ofreció llevar al Tribunal Constitucional- bloquean su capacidad para emprender una regeneración política del, hasta ahora, principal partido de la derecha española. Noqueado por su impericia política, su cortedad de miras y por la malevolencia de quienes detrás suyo mecen su cuna y la de su pupila madrileña, Pablo Casado está llevando al PP al suicidio.

Y ello -también hay que decirlo desde la izquierda-, no es bueno para la democracia en España. Porque ante la desesperación que se configura frente a su futuro, todo indica que Casado opta por la vía antidemocrática. Pero olvidar la democracia, en política, implica adoptar la vía autoritaria. O totalitaria. De ahí su peligroso coqueteo con corruptos, golpistas e involucionistas de todo pelaje. Jauría que, más temprano que tarde, se tirarán a su cuello para derrocarle, como ya empiezan a moverse en su entorno. Llegar a esta situación es el resultado de numerosos errores propios. Y heredados, desde luego. Depurar solo a medias responsabilidades por la corrupción no sirve de nada si se siguen aplicando los mismos métodos políticos que condujeron a ella. Ese es quizá el más grave de los errores. Son estos errores de tanta gravedad que, de no cambiar su liderazgo y la ruta abocada hacia el abismo, a su partido no le queda más opción para subsistir que la centrifugación hacia el centro o una anunciada desaparición del mapa político, abducido por la extrema derecha, con la cual no tuvo reparo en fotografiarse en la plaza de Colón, junto a otro desnortado Albert Rivera, en un gesto que le costó políticamente su cabeza y la postración electoral de Ciudadanos.

Desde una parte de la izquierda, se asiste a la consunción de Pablo Casado aplicando la máxima “cuando tu enemigo se esté ahorcando, no le distraigas”. Pero el ahorcado tan solo se está medio-matando. Y con tal de apartar la soga de su cuello, es capaz de creer que su solución es recurrir a la ultraderecha para que la desanude la cuerda del cuello. Craso error. El partido de extrema derecha Vox quiere liquidar completamente al PP, del cual se escindió con la teledirección de Steve Banon, el tiburón populista estadounidense que, con la mentira como emblema, dio la victoria a un Donald Trump, ese tipo en estado de perturbación permanente que aún no sabe las responsabilidades sociales y mundiales que contrae un Presidente de los Estados Unidos de América. Donald Trump, por cierto, se deshizo muy pronto de su fiel escudero Bannon. “Desconfía de quien te adula”, reza el dicho que al parecer aplicó el presidente del tupé rubio.

Vox, la formación de Santiago Abascal, sin más programa que cuatro mimbres racistas, xenófobos, machistas y antifeministas, todo ello envuelto en una bandera rojigualda donde parece que le sobra el escudo constitucional, quiere barrer del mapa político español todo lo que signifique el centro-derecha. Para ello, contó con copiosos fondos suministrados a su mentor, entonces eurodiputado Alex Vidal Quadras, por una organización armada iraní, Muyaidin-e-Jalq, que fue sacada por la CIA de la lista de organizaciones terroristas a cambio de hacer determinados favores al servicio secreto norteamericano, como han probado investigaciones rigurosas. Qué curioso que el despegue electoral de Vox lo fuera en Andalucía, donde se asientan dos importantísimas bases militares estadounidenses, Morón y Rota. Ya sabemos la clase de contribuciones a la democracia inducidas por la CIA desde la Guerra de Vietnam hasta nuestros días, señaladamente en Iberoamérica: Chile, Brasil, Argentina, Uruguay, Paraguay, Bolivia, Ecuador, Colombia….

Todo ello ha llevado a que la principal dicotomía que se dirime hoy en la realidad política española no es el dilema izquierda-derecha, ni siquiera, el anhelado referéndum entre República o monarquía; el verdadero desafío es el que se abre entre democracia e involución anticonstitucional.

¿Qué sería hoy pues lo que más puede convenir a la democracia en nuestro país? Aunque parezca contradictorio plantear esto desde la izquierda, es decir, desde las clases trabajadoras cuyos intereses la izquierda representa, lo que más conviene a tod@s es impedir que Pablo Casado ahorque al PP. Es urgente que, o bien abandone su dirección y se aparte a un lado para dar paso a un dirigente del centro-derecha o bien emprenda él mismo ese camino hacia la derecha constitucional.

Como siempre, la izquierda más sensata, la misma que durante la Transición enseñó lo que era democracia a la asilvestrada derecha, tendrá que ejercer de nuevo de buen samaritano y colocar al PP ante sus propias responsabilidades constitucionales, sin agredirle ni buscar su desaparición, instándole a la reflexión y a desandar el mal camino hasta ahora seguido.

Y a los votantes del actual PP no les vendría mal reflexionar sobre lo que viene implicando su voto, en términos políticos, sanitarios y sociales en Madrid y en toda España. Si deciden desertar de un PP no innovado, por favor, no se enrolen con los enemigos de la España democrática y constitucional. Piensen en la responsabilidad que contraen, recapaciten sobre el futuro político que aguarda detrás de sus papeletas de voto y voten en conciencia. Nadie merece retroceder. Ni nadie merece el suicidio. En España, la Patria se llama Constitución y se apellida Democracia. Esa es la línea de avance. Para tod@s. Por favor, no lo olviden.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.