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Paseo con Largo Caballero por la Europa liberada


Después de aceptar los beneficios para la clase obrera que la Dictadura de Primo de Rivera le ofreció para mantener aislada a la CNT, Largo Caballero recibió la República con alborozo no exento de algunas dudas sobre lo que podría deparar la colaboración de su partido con los republicanos burgueses. La entrada de la CEDA, partido católico antirrepublicano, en un Gobierno presidido por Lerroux fue el detonante que le hizo confirmar sus sospechas -dentro de la línea marcada por Guesde, línea que ya dejó atrás su partido en tiempos de Pablo Iglesias- sobre la República timorata. Siempre bajo el consejo de Luis Araquistain, Largo Caballero participó en la Revolución de Asturias, ensayo revolucionario similar a otros ocurridos en Francia, Alemania o Italia que terminó con la feroz represión de los mineros por parte de las tropas africanistas dirigidas por Franco, en un ensayo de lo que luego haría en la guerra y la posguerra. Largo, defendido por Jiménez de Asúa, fue absuelto por el Tribunal Supremo y en septiembre de 1936 presidió el Gobierno legítimo de la República. Quiso recuperar la autoridad gubernamental destrozada por la insurrección de los funcionarios armados y se enfrentó con crudeza al embajador soviético Rosemberg por entrometerse en los asuntos de España, hasta tal punto que lo expulsó de su despacho.

La guerra la ganaron los fascistas, luego Francia, el campo de concentración nazi de Sachsenhausen que le regaló Franco y la muerte. Poco después de morir, Don Francisco, al igual que Don Cleofás Leandro Pérez Zambullo, tuvo la ocasión de visitar varios países de la Europa liberada del nazi-fascismo, no su patria. Comenzó por asistir al Panteón de París donde pudo abrazar al gran Jean Jaurès, asesinado tres días después del comienzo de la Primera Guerra Mundial por sus posturas antibelicistas y por llamar a los obreros de toda Europa a no participar en un conflicto imperialista. Después por la avenida que lleva su nombre se dirigió al Memorial de los Mártires de la Deportación que homenajea a los más de doscientos mil franceses enviados a campos de concentración nazis por Petain. Sin abandonar la vieja Lutecia pasó por los cientos de viviendas que lucen placas en memoria de los guerrilleros que combatieron a los alemanes, que descarrilaron trenes, que combatieron con las armas a los invasores.

Viajó después a Lyón, Nantes, Burdeos, Estrasburgo, Marsella, Toulouse, emocionado al contemplar como la nación hermana no se había olvidado de quienes como él habían entregado su vida a mejorar las condiciones de vida de los trabajadores y a combatir el fascismo. En Montauban se detuvo en la fachada del Hotel Mercure donde la asociación francesa Présence de Manuel Azaña, de acuerdo con los dueños del establecimiento, había colocado una lápida recordando al Presidente de la República española que todavía hoy sigue enterrado en esa localidad para vergüenza y escarnio de todos los demócratas españoles. Antes de abandonar la ciudad no pudo dejar de acudir al Museo de la Resistencia y el Luchador y, ya en Toulouse, a contemplar el Monumento a la Gloria del Maquis.

En su periplo por las ciudades más notables de Europa apareció Londres. En el cementerio del Highgate vio como decenas de personas que participaban en The Walking Tour se fotografiaban junto al monumento a Carlos Marx después de haber visitado los lugares más icónicos de la vida del filósofo alemán en la capital británica. Admiró en Manchester la estatua erigida en honor de Dolores Ibárruri “La Pasionaria” y supo que en la vecina Irlanda muchas de las grandes avenidas llevaban el nombre de su admirado James Connolly. En Italia examinó con detenimiento el museo dedicado a Antoni Gramsci en Ghilarza y la gran cantidad de calles y plazas que conmemoraban su vida, paseó en Milán por los jardines que llevan el nombre de Nilde Lotti y en Bolonia pisó la avenida que homenajea a su compañero el dirigente comunista Palmiro Togliatti.

En un abrir y cerrar de ojos, Largo Caballero estaba en Berlín. Asombrado, anduvo por las calles dedicadas a Karl Marx, Federico Engels, Rosa Luxemburgo, Karl Liebknecht, estos dos últimos fundadores de la Liga Espartaquista asesinados en 1919 por oponerse a la guerra y animar a los trabajadores a luchar contra la explotación del hombre por el hombre. Allí le contaron que los nazis habían destruido con tal saña el monumento que el arquitecto Mies van der Rohe les dedicó en 1926 que había sido imposible reconstruirlo. Poco después desapareció para siempre con el sabor agridulce que le dejó su fugaz visita a la Europa liberada y el recuerdo de su patria destruida por el nacional-catolicismo.

Europa, la Europa que venció al nazi-fascismo en 1945, gracias entre otras cosas inolvidables al sacrificio del pueblo ruso, está plagada de monumentos, calles, plazas y museos que recuerdan a quienes lucharon para mejorar las vidas de los trabajadores y combatieron a Hitler para evitar que el viejo continente -que es el más nuevo- se convirtiese en un espacio sólo apto para ratas y víboras. Muchos de los homenajeados por la memoria colectiva fueron personas que volaron trenes cargados de nazis, que pusieron bombas a los convoyes del Tercer Reich, que dieron su vida para impedir que la bestia alemana acabase con la civilización europea. En España todavía quedan calles y estatuas dedicadas al fascismo, todavía hay gente que defiende ese régimen, todavía personas que dicen representar al pueblo que blanquean la tiranía y admiran a quienes se rebelaron contra el poder constitucional, tiñeron España de sangre y nos sometieron durante cuarenta años a una de las dictaduras más feroces del mundo. Pablo Casado, Isabel Díaz Ayuso o Martínez Almeida, que destruyó el memorial del cementerio de la Almudena y ahora ha quitado a martillazos el relieve esculpido que había en la casa en la que vivió Largo Caballero en la Plaza de Chamberí tal como hicieron los nazis con el monumento a Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, no sienten el más mínimo respeto por la historia de España, ni por quienes, con sus errores y aciertos, se sacrificaron para que las generaciones posteriores pudiesen vivir mejor, por quienes defendieron como pudieron, en solitario, al Gobierno Constitucional contra los golpistas del 17 de julio de 1936. Para ellos, la dictadura franquista fue un paraíso perdido. 

Pedro L. Angosto, nacido en Carabaca en 1960, obtuvo el Grado de Licenciatura en la Universidad Autónoma de Madrid en 1984. Doctor en Historia por la Universidad de Alicante gracias a una Tesis sobre el político y escritor Carlos Esplá dirigida por el profesor Emilio La Parra, ha publicado unos quince libros de historia del siglo XX español y colaborado en numerosos periódicos y revistas. Es director científico del Archivo Carlos Esplá de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.