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Follón de censura


El líder de Vox, Santiago Abascal durante su intervención en la moción de censura de su partido al gobierno de coalición en el Congreso de los Diputados. El líder de Vox, Santiago Abascal durante su intervención en la moción de censura de su partido al gobierno de coalición en el Congreso de los Diputados.

Tomo prestado el título de este artículo a Iñaki Gabilondo, brillante definición de lo que ha pasado en el Congreso de los Diputados durante las últimas horas. La moción de censura de Vox no auguraba nada de interés para España y los españoles. Los peores pronósticos se han confirmado. Como nacía condenada al fracaso, lo único que ha hecho la extrema derecha es convertirla en un acto electoral para su mejor gloria, enfangar la vida pública, agitar las bajas pasiones y ahondar en su estrategia de odio, división y enfrentamiento. Un bochornoso espectáculo al modo Trump.

Estos supuestos constitucionalistas de pecho de hojalata han retorcido el espíritu de nuestra carta magna. Las mociones de censuras, según nuestro texto constitucional, han de tener carácter constructivo. No consiste sólo en remover a un presidente, sino en presentar un programa alternativo para gobernar este país. Los ultras de Abascal han planteado una iniciativa con ánimo destructivo, con afán de desestabilizar las instituciones y generar crispación y ruido. Les mueve, usando palabras de Mary Shelley, sembrar el caos y la destrucción a su alrededor, y sentarse después a disfrutar de los destrozos.

Lejos de perseguir soluciones en unos momentos tan complejos como los que vivimos, Vox tenía fines menos nobles en esta aparatosa maniobra de propaganda. El destinatario nominal de la moción era el presidente Pedro Sánchez, si bien el receptor real ha sido, sin duda, Pablo Casado. La ultraderecha ha perpetrado una encerrona al Partido Popular en su anhelo de apropiarse de su caladero de votos. Es una guerra indisimulada por el electorado fronterizo. Los de Abascal han tejido una trampa y los populares han picado como pardillos. Casado y sus huestes han respondido con ansiedad, como pollos sin cabeza, en el marco de debate que más le interesa a Vox.

No basta con que Casado trate con una impostada indiferencia la moción de censura. Sus hechos, sus dichos y sus modos se asemejan cada vez más a su competidor ultra. Y ya conocemos que la gente prefiere siempre el original a la copia. El PP debe resolver el dilema entre ser un clon de Vox o mirarse en el espejo de la derecha moderada de nuestro entorno europeo. De momento, en la calle Génova gana la opción de la radicalidad, de emular a la extrema derecha, de emponzoñar la vida pública, de bloquear la renovación los órganos constitucionales y, lo que es peor, de desentenderse de la lucha de este país contra el Covid-19 y la crisis que ha causado. Si el PP no logra reaccionar, será devorado irremisiblemente por la hidra ultra.

Además de la competencia indisimulada con el PP, Vox ha buscado seguir abonando la antipolítica a fin de generar desafección y alejar a la ciudadanía de la cosa pública. Le interesa propiciar un ambiente irrespirable y polarizado para aburrir a la ciudadanía, que bastante tiene con sortear este tiempo de incertidumbre y sacar sus vidas adelante. Nunca es edificante la bronca política, pero menos aún en momentos de fuertes turbulencias económicas y sociales. Los ideólogos ultras saben que el recrudecimiento de la trifulca aumenta el hartazgo general y fideliza a los suyos. Se trata de torpedear la unidad, de poner el ambiente político en punto de ebullición y de esparcir bulos para acrecentar el mar de fondo. El modus operandi que siempre ejecuta la extrema derecha: destrozar, asustar y dividir. Todo para desconectar a la gente de la política, cuando es la única palanca de transformación y progreso, de redistribución de riqueza y de generación de igualdad de oportunidades.

Según el filósofo Daniel Innerarity, cuanto más polarizada está una sociedad menos capaz es de transformarse. Y como Vox es consciente de esta realidad, se afana en desestabilizar, en practicar su estrategia de tierra quemada, en impedir que España pueda afrontar el desafío al que nos ha llevado la pandemia con unos consensos básicos. Tenemos que pasar de pantalla y alejarnos del frame del desencanto y la algarada que le interesa a las derechas. Este país necesita unidad y objetivos compartidos para superar esta crisis con éxito y sin dejar a nadie atrás. Para eso, se necesita la política, que lo público funcione y amortigüe los efectos de la pandemia, que se trabaje sin descanso por el bien común.

Senador socialista por Andalucía, y periodista.