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EL PERIÓDICO
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Esperpento parlamentario. Ganó la democracia


La perplejidad ha entrado, una vez más, en el espacio de las calles y las casas españolas, en los centros de trabajo, en los hospitales. En definitiva, en el ágora de nuestras modernas sociedades que no es otro sino el Parlamento.

En el seno de la institución que garantiza la democracia, la palabra, el consenso, se ha desarrollado un espectáculo circense en torno a un intento de exclusión de la mayor parte de la ciudadanía. Un intento de volver a convertir el país en el cementerio del que salimos hace más de cuarenta años. Un espectáculo bochornoso y esperpéntico que ha podido tener lugar, precisamente, porque la democracia y el Parlamento son el espacio común en el que todas cabemos, incluidos los que quisieran terminar con él.

La muerte anunciada de una moción de censura que nunca debía haberse producido, sobre la que únicamente sobrevolaba la duda del partido de la derecha, su aliado natural, y cuyo único valor final ha sido la pérdida de un tiempo precioso para seguir buscando solución a los problemas que realmente tenemos hoy en el país, permite, no obstante, profundizar en algunas cuestiones clave y hacernos algunas preguntas. La primera de ellas es si realmente puede estar en el Parlamento quien solo tiene interés en su desaparición.

A pesar del esperpento muchas cosas se han puesto de manifiesto en este tiempo comprimido. Entre otras, la necesidad de defender la democracia, permanentemente amenazada por los que no la tienen como modelo de convivencia y que, sin embargo, se aprovechan torticeramente de ella. La firma, por la mayoría de las fuerzas políticas, de un comunicado reclamándola lo ha puesto bien de manifiesto. España no necesita ni mesías ni salvadores, pero sí la unión democrática de quienes han entendido el juego. Porque entender el juego es poner el diálogo, el valor de la diferencia, el respeto y la libertad -la única válida, la compartida, la guiada por los derechos humanos- por encima de la crispación y el pensamiento único. Entender que el Parlamento es un reflejo de la sociedad, de la calle, de la variabilidad de las diferencias, de la igualdad en la diferencia, en la que convivimos -vivimos con- mujeres, hombres, rubios, amarillos o negros, homosexuales o masonas, bomberos o equilibristas. Porque la grandeza de la convivencia democrática está precisamente en ese saber convivir, en ese tesoro profundo que supone compartir el espacio público. Y este Partido salido de las catacumbas ha demostrado no entender nada, no asumir nada, no comprender nada. No siquiera han entendido que, si han podido dar ese bochornoso espectáculo es porque existe democracia y, en su seno, su voz ha podido resonar aunque haya sido en un tono tan discordante, con unas notas descompuestas y desacompasadas. Que suena a viejo y a noche de pesadillas, a retumbar de botas, odio y fusiles.

Un ruidoso cordón de espinas une el discurso que hemos escuchado a lo largo de estos días con el que durante casi cuarenta años fuimos machacados, encarcelados, perseguidos y humillados. En un algún momento el PP ha comprendido que la historia no avanza en balde. Que el histrionismo de VOX lo colocaba ante la disyuntiva de tener que elegir entre democracia y antidemocracia. Y los socios comprendieron que no es ya el momento del “todos al suelo”. Seguirá la crispación, sin duda, pero, tan aislado como pretendemos dejar al COVID ha quedado el discurso de VOX y el virus maligno que representa.

La soledad del último minuto, esa imagen marcada por el resonar de los noes, ha sido la victoria de la democracia.

Feminismo, reconocimiento de la identidad sexual, políticas de igualdad, migración, renta mínima básica, Estado de las Autonomías, Memoria Histórica, ecología, sanidad, Europa… Nada quedó fuera de ese saco en el que Abascal fue metiendo lo que hoy son las señas de identidad de nuestro país. Con una deslealtad vergonzosa se atrevió a poner, una vez más, en riesgo la ayuda europea. Nada importaba, porque el proyecto de gobierno de VOX es el de la imposición del pensamiento único, el de la disolución del Parlamento, el del silencio. Por eso, explicar a la ciudadanía qué harían si llegaran al gobierno está lejos de sus objetivos e intereses.

Cabe preguntarse, igualmente, si es lícito utilizar los mecanismos operativos de la democracia, caracterizados por la transparencia del debate público, para hacer publicidad gratuita de su formación, desestabilizar y meter miedo. Desvirtuado tanto el concepto mismo de moción de censura como su propósito, VOX no ha logrado el suyo. La moción ha sido una mera excusa al servicio de sus objetivos, que no eran otros que burlarse del propio Parlamento y, por representación, de la ciudadanía española; romper el gobierno de coalición a fin de conseguir abatirlo más fácilmente y conseguir propaganda electoral gratuita, quizás pensando en el futuro que puede presentarse si la pandemia se prolonga. Por ello, sus intereses primordiales se centran en seguir sembrando la discordia y convertirse, llegado el caso, en un bidón de gasolina que incendie emocionalmente a una parte de la ciudadanía, precisamente a aquella que más rechazo le produce.

Es necesario estar muy alerta para cortar el paso a la bestia negra. Para que la España que un día heló el corazón de nuestros abuelos no hiele el de nuestros nietos.

Luz Modroño es doctora en psicóloga y profesora de Historia en Secundaria. Pero es, sobre todo, feminista y activista social. Desde la presidencia del Centro Unesco Madrid y antes miembro de diversas organizaciones feministas, de Derechos Humanos y ecologistas (Amigos de la Tierras, Greenpeace) se ha posicionado siempre al lado de los y las que sufren, son perseguidos o víctimas de un mundo tremendamente injusto que no logra universalizar los derechos humanos. Y considera que mientras esto no sea así, no dejarán de ser privilegios. Es ésta una máxima que, tanto desde su actividad profesional como vital, ha marcado su manera de estar en el mundo.

Actualmente en Grecia, recorre los campos de refugiados de este país, llevando ayuda humanitaria y conviviendo con los y las desheredadas de la tierra, con los huidos de la guerra, del hambre o la enfermedad. Con las perseguidas. En definitiva, con las víctimas de esta pequeña parte de la humanidad que conformamos el mundo occidental y que sobrevive a base de machacar al resto. Grecia es hoy un polvorín que puede estallar en cualquier momento. Las tensiones provocadas por la exclusión de los que se comprometió a acoger y las medidas puestas en marcha para ello están incrementando las tensiones derivadas de la ocupación tres o cuatro veces más de unos campos en los que el hacinamiento y todos los problemas derivados de ello están provocando.