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EL PERIÓDICO
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La hora de la verdad


Leo, constato, me participan estos días bastantes reivindicaciones justas que compañeros y compañeras siguen moviendo y defendiendo heroicamente en las calles, a duras penas en sus propios partidos o esos sindicatos instalados en el silencio de los corderos (por el momento, solo por el momento esperemos…); en las redes, los espacios que se encuentran abiertos, en estos días, sí, en que intentan más que nunca acallarnos, desmotivarnos, aislarnos, adocenarnos. Firmas, manifestaciones, reuniones, para avanzar en ellas… Tiene mérito. Entre estas personas, dignas, coherentes, hay, por supuesto, sindicalistas, militantes… A título individual… Pero que siguen creyendo en sus organizaciones.

También leo, siento, conozco, gritos desgarrados de personas con suficiente conocimiento y más que perder que qué ganar al dar el paso al frente; pedagogía de lo más destacado como la de Viçens Navarro, infatigable al desaliento. Y otros análisis honestos, comprometidos de Yo acuso y yo no callo, que es como decir yo no soy cómplice de más componendas. Tienen mérito.

Asimismo me es grato reconocer el valor, la hombría de bien (se dice así, también hay, por supuesto, mujeres), el compromiso de veteranos militares de la que fue Unión Militar Democrática, que vienen oponiéndose abiertamente a cualquier intento de golpe nuevo, viejos golpes, que alertan sobre intolerancia y la violencia, incluso que se declaran abiertamente republicanos y, por tanto, reafirman su lealtad a la democracia cierta y ciertamente legítima, sin trampas. Hay militares que, como Manuel Ruiz Robles, capitán de Navío, retirado, nos aportan la luz de la experiencia y el conocimiento elevado, sustentado, sobre cómo ha sido posible esta Monarquía y estas trampas que nos han impuesto un estado de cosas bochornoso hasta decir basta, que nos ha explicado en muchos artículos publicados dónde están las claves y hasta la clave de bóveda. ¡Como para no saber…! Los hay, como el teniente Segura, que han sido expulsados, represaliados, como el cabo Santos… Por denunciar la corrupción en el Ejército (ahí es nada lo que esto significa), por firmar contra el franquismo en las Fuerzas Armadas… Esto, por poner algunos ejemplos que no agotan el compromiso con la verdad.

Me asalta, sin embargo, la duda. ¿A quién dirigir la carta, las firmas, el artículo, los deseos y más que deseos, las justas exigencias? Los políticos ejercientes y con asiento allá donde se legisla, donde se gobierna por mandato del pueblo; las instituciones, lo asentado, lo poderoso, lo que tenía que ser escuchante, movilizador incluso, anda liado con su política, su poltrona, su asiento, su poder, su subvención, el puesto para algunos de los suyos o bastantes, el futuro reino de los cielos que aún está por ver pero para el que los bienhechores y bienintencionados trabajan (eso dicen…). Para no perder eso y lo otro, que es todo lo mismo y uno. O eso parece, ojalá que sea una falsa impresión. Pero parece que se mueven así. Y lo sentimos con vértigo, pero firmes: estamos más solos que la una, muriendo, perdiendo los trabajos, siendo rechazados por el robot que han puesto para atendernos on line, curándonos entre cuatro paredes como nos da a entender la fiebre, el miedo, el desengaño…

¿Se espera de verdad algo a estas alturas de las altas torres? Deseamos que reaccionen quienes más información tienen, quienes más pueden, quienes deben hacerlo en primera instancia, por eso, porque a más poder, más responsabilidad. Y porque están delegados por nosotros, el pueblo… Es lo deseable. Ya veremos.

La protesta en sí es útil mientras tanto; todavía en la esperanza: es un despertar tras el despertar de las conciencias: Algo pasa, algo hay que hacer. Pero sabiendo el rumbo. No de otro modo llegan los barcos a puerto. Y claro que es fundamental el abrirnos los ojos, el informarnos. Y ahí voy. No somos tan sabios que lo sabemos todo, ni tan tontos, nadie, que ignoremos lo que pasa y que no podamos informarnos más.

Sabemos de sobra lo que ata el mismo atadero que nos ahorca poco a poco, que nos está matando literalmente, el cúmulo de injusticias que padecemos, de dónde procede: el desmantelamiento de la sanidad pública, la desmemoria (asesina de la memoria, madre de la no repetición); la enseñanza que se nos pierde como cohesionadora de una manera de convivencia y avance juntos… La justicia desmelenada, que es más fuerza de los fuertes y para los que se han hecho fuertes con dinero a cualquier precio, que justicia…; el derroche pasado y presente de recursos vitales, la democracia que no es libre ni en puro significado pleno es democracia... En fin, el caos que va siendo esto.

La propia vida se nos escapa mientras nos tocan los violines, en un intento de distracción oportunista e interesada, ni siquiera piadosa, es verdad, del falso Titanic en que navegamos. Lo creíamos tal y no era más que una nación maltrecha, empobrecida, sin fuelle… Lo estamos constatando. No nos habían avisado (ni quisimos o pudimos ver) y consumíamos galantes cuantas patrañas nos tiraban como hueso que roer, creyéndonos, si no dioses, al menos clase media, creyendo que eran prebendas, cosas que merecían nuestro interés.

Sí, es el capitalismo en su penúltima fase predadora. Siempre es la penúltima. Es otra vuelta de tuerca después de la que ha permitido llegar a este extremo hasta declararnos la guerra un enemigo invisible: la pandemia, el virus. Invisible, pero, seguramente, con padre y apellidos ocultos a los ojos inocentes.

Pero aquí en este país, siempre pillado entre dos pinzas, más. Y es la hora de la verdad y de decirlo.

Todo despertar es doloroso pero aquí será más. Aquí hay un gatazo al que ponerle el cascabel. Sin más dilación.

Crece a nuestras narices el fascismo más rancio, vieja serpiente conocida, salida del cascarón, financiada convenientemente como siempre que va a caernos el gordo de la crisis más gorda que va a ser más grande que las de decenios conocidas y hasta cientos de años. La que implica un reseteo del mundo económico tal como lo conocemos y, por extensión, del mundo necesario para que ese nuevo depredante económico y de desarrollo también, enraíce.

Crece el fascismo en todas partes. Pero aquí, siempre diferentes, nos pilla el toro sin tener ni medio hechos los deberes que los demás países coaligados pasaron hace décadas; en el pasado siglo. Y ese gatazo sin cascabel aquí se llama franquismo vivo que nunca fue juzgado y nunca ilegalizado, y se llama Monarquía borbónica, la otra cara de la misma moneda. Sus cortesanos y parásitos llaman a rebato, se apiñan alrededor, incitan al odio y a otro golpe de Estado, hablan alto y claro. Y frente a ello no caben más disimulos ni más paños calientes.

Una reforma de cualquier cosa en condiciones, cualquier reivindicación puesta a fructificar, cualquier nuevo pacto social, cualquier modelo de convivencia próximo, cualquiera pacificación o continuar con visos de supervivencia económica, recuperación de sectores básicos, reconstrucción siquiera mínima… pasa por la declaración de una república que jamás murió, se extinguió, ni se declaró vencida. Que, obvio, será la Tercera y no la Segunda ni la Primera. Obvio. Y que habrá que construir, crear, pero primero: proclamar.

La prensa internacional, inglesa, americana, la de los amos del mundo, la prensa alemana, los grandes catedráticos de Múnich, el fiscal suizo que investiga al todavía rey J. Carlos, el huido; la amante despechada que tiene la información suficiente y la hará valer… Más… Nos avisan y hasta nos dan el empujoncito… Pero el cascabel hemos de ponerlo aquí.

Con tanto desorden, hasta los fondos que han de llegar (qué pena que tenga que ser así y seguir cediendo soberanía, vendiendo país como ya lo hicieron tantos otros; quedándonos en esqueleto, sin nada que llevarnos a la boca… Literalmente. Si no nos dan…), están en peligro. Al menos en cuestión. Nos avisan. Ningún país comunitario con sus propios problemas, está en disposición de echar por un agujero, en saco sin fondo, los recursos. Y nos avisan, sí; nos vienen auditando desde mucho tiempo atrás. Y saben lo que pasa. Perfectamente.

La corrupción es escandalosa solo con lo que ya conocemos, que no es todo lo que hay, por supuesto; las garantías de que cambie lo esencial, la base, siquiera lo mínimo sin cambiar nada: imposible.

Instrumentos hay, solo falta rigor, sinceridad, decencia, el fuera engaños y autoengaños, tomar el cascabel guardado bajo siete llaves (nunca perdido) y, ya digo, ponerlo. Porque ya es pesado hasta el escribir, el tener que decir que estos “libros” con los que nos tratan de distraer algunos ya los hemos leído y no nos sorprende ningún discurso cegador, ninguna maniobra desviadora de nuestra atención: no es posible por parte de ningún aspirante a tutor o aspirante a vigilante de nuestras conciencias y del derecho y el deber de proclamar lo que está claro como el agua clara (hemos tenido tantos tipos así que es ya tan cargante…). Cabe ¡y cómo!, aunque ya aburra decirlo, la enmienda a la totalidad. Es más: Es imprescindible, es algo que no se lo salta ni el más experto trilero, ni el más experto campeón de pértiga.

Lo que hoy parece imposible, es ciertamente inevitable, es irrenunciable. O sucumbe este país.

Y no se trata de mano tendida para que hagamos nuestra república cada cual, repúblicas de Taifas, sino que de lo que se trata, que lo deseable mayoritariamente, es de una república federativa o confederal que elija el pueblo, esta vez sí, democráticamente, con plenitud de democracia, sin crispación, sin ira, sin rencores, con presente y futuro, aprendiendo de un pasado que no se puede repetir bajo ningún concepto, y sobre el que está pendiente, sin duda, la justicia, tranquila, serena, pero la justicia, pues cada cosa ha de quedar en su lugar para destorcer lo torcido, para sanar las heridas, para permitir una verdadera concordia y un futuro a este lugar sin paz, sin sosiego y ahora, sin recursos.

Si leemos el renunciar del gobierno republicano, el gobierno legítimo en el exilio, su ceder paso…, no vemos por ningún lado sino el generoso reconocimiento de que había habido votos, el respeto al pueblo, pese a una democracia que se sabía y se proclamaba coja, nacida llena de trampas como esa trampa madre de todas las trampas antidemocráticas de apartamiento obligado de ciertos partidos, de la opción republicana; como el pacto de silencio y olvido de los partidos que iban a contar para gobernar en la nueva Restauración borbónica bipartidista o que iban a ser comparsas y cooperantes necesarios arropados todos y arropando una Ley de Amnistía que fue un auténtico punto final fuera de la ley universal y de los derechos humanos, ilegítima, pues todo crimen de lesa humanidad ni prescribe, ni se puede enterrar con los huesos de los demócratas.

Ese gobierno creyó que en el curso normal de los acontecimientos, la democracia libre y republicana por tanto, llegaría. No contaron sin duda con la profundidad de tanto entramado tramposo, de tanto del atado y bien atado… Pero nunca se rindió la República. Siempre se preservaron los derechos de legitimidad hasta que el pueblo hable, libre de verdad. Y esto no ha sucedido aún; es lo que ha de ocurrir. Y es absurdísimo dar por imposible hoy en todos los tiempos la cosa pública. La res-pública.

Leo y comparto reflexiones necesarias porque nada para y todo continúa. Nunca es el fin del mundo ni de la historia siquiera.

Cualquiera razón, cualquiera reivindicación, cualquier futuro, incluso tutelado por desgracia, incluso si desde fuera decidieran lo que no pudiéramos gobernar, pasa por la República, que ya no ha de tardar. Pasa por la renuncia pacífica y tranquila, responsable por una vez, del último Borbón. Sin estridencias ni llevarse nadie las manos a la cabeza. Pasa por exigirlo y hacerlo ley.

Se sabe, se conoce. No sé si él mismo conoce desde que llegó al trono su destino… Sería lo sensato, que se hubiera informado bien; que le hubieran informado bien.

Basta ya de gallinas ciegas, de la gallina ciega, esa que tan bien describiera Max Aub en su libro con el mismo título, y que ha prescrito hace rato tal como va de decadente hacia el abismo, pero que moribunda vaga como zombi por nuestras calles. Rajoy fue el hombre que apagó la luz, esperemos que Sánchez sepa encender la antorcha cuando llegue el momento. Hace tiempo que hablé de Estado fallido, de la llegada de la República. Así, como seguimos, es lo que hay, es lo que toca.

Nadie nos va a callar ni podrá; ni prohibir la crítica sana, madre de todo cambio necesario, vital en estas duras horas de todavía 200 muertos al día, tras los miles y miles, ya enterrados, es estas horas de paro, hambre y miseria como en los peores tiempos, de jóvenes emigrados sin billete de vuelta, de viejos moribundos y enfrentados solos al último viaje, en estos momentos en que se ha ido demasiado lejos; en los que salvo sensatez de nuestros políticos, amplitud de miras de nuestras instituciones y grandeza de los que se llaman a sí mismos nobles y grandes de España, religiosos y piadosos, cristianos…, estaremos solos como así ya parece y solos tendremos que avanzar. El pueblo, solo o acompañado, pero consolidando los lazos que jamás se rompen, pues habla la necesidad, la supervivencia frente al caos, frente al fascismo, al odio, la destrucción, y quizá, como avisan algunos analistas, la nada, la pérdida de este país por fagocitación de los peores. Vamos, que se lo comen.

Será la hora, llega, en que hay que optar: por la democracia o por un seguir como si nada hasta arriesgarnos a un desastre anunciado.

“El arte de criticar, de derribar los estados, consiste en hacer tambalearse las costumbres establecidas, profundizando hasta sus orígenes para poner de relieve su falta de autoridad y de justicia”. Eso decía Pascal y léase “estados” como estados de cuestiones para lo que refiero, pues el Estado con mayúscula lo están derribando, ya digo (como es dolorosamente habitual en nuestra tierra), los de siempre, los que huyen con su botín y aplastan con su bota entretanto roban nuestros últimos recursos, pobres, nuestro último aliento.

Periodista, escritora.