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EL PERIÓDICO
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Los desafíos de Joe Biden


Hasta setenta días quedan para que el republicano Donald Trump abandone la Casa Blanca, habida cuenta de su rival, el demócrata Joseph, Joe, Robinette Biden, de 78 años, ha ganado los veinte votos de compromisarios de Pennsylvania que la faltaban para obtener la victoria en las elecciones presidenciales de los Estados Unidos de América. De no mediar un estado de guerra o un interdicto judicial que anule los resultados de las urnas, Biden será el cuadragésimo sexto presidente de los Estados Unidos de América y el de mayor edad que accede a la jefatura suprema de la República federal estadounidense.

Nacido en Scranton, Pennsylvania, en 1942, viudo, de carácter afable, contemporizador y de aspecto paternal, este Juris Doctor, doctor en Leyes, ha permanecido 36 años en el Senado estadounidense; allí cosechó una copiosa y envidiable experiencia política como presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores y de la igualmente crucial Comisión de Justicia de la Cámara alta. Consagrado casi de por vida a la política, más específicamente, al Partido Demócrata, sería nominado por Barack Obama en su ticket electoral como candidato a la Vicepresidencia, que desempeñó con discreción durante los dos mandatos de Barack Hussein Obama, entre 2009 y 2017. La experiencia de Joe Biden se amplió hasta ámbitos como el de la Economía, al serle encomendada la supervisión de la reparación de las devastaciones causadas por la crisis financiera de 2008. Igualmente, había protagonizado la redacción de varias leyes relativas a la reducción de impuestos, tarea de obligado cumplimiento para los políticos estadounidenses que quieran medrar.

La experiencia de Joe Biden que más atención atrae hoy es la de su trayectoria desde la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, donde adoptó decisiones ora pacifistas ora militaristas, respectivamente: se opuso a la Guerra del Golfo de 1991, pero apoyó la intervención militar en Libia; se mostró partidario de un nuevo acuerdo START con Rusia, sobre limitación de armamentos, aunque se decantó por la expansión militar de la OTAN hacia Europa del Este; dio el visto bueno a la guerra que desmembró la antigua Yugoslavia, aunque rechazó el envío de más tropas estadounidenses a Irak en 2007. Como cabe observar, tal alternancia define una ambigüedad elocuente, que algunos han definido como two track way, “un camino de ida y vuelta o de dos direcciones”, práctica usual en la jerga política exterior estadounidense.

Minas explosivas en el camino

Los nuevos antagonismos a los que deberá hacer frente Biden deberán sortear las numerosas minas de alto potencial político explosivo esparcidas por su antecesor Donald Trump durante la errática trayectoria cuatrianual de su presidencia. El primero de todos los retos a superar por parte de Biden será el de decidir políticas sanitarias capaces de atajar una pandemia, la del Covid-19, que se ha cobrado ya más de 250.000 vidas en el país trasatlántico, así como más de 10 millones de personas afectadas por el contagio vírico. La crudeza de la crisis sanitaria en Estados Unidos ha mutado en crisis étnica y, por ende, social, con violentas demostraciones antirracistas contra la violencia policial e insólitas tasas de paro que han tirado por tierra los evidentes avances en empleo registrados bajo el mandato de Trump, uno de los magros logros reales de su presidencia hasta que la pandemia se lo llevó por delante. Hoy se ven en Estados Unidos inusuales y larguísimas colas, repartidas por doquier, de parados a la espera de recibir subsidios para sobrevivir. Las profundas desigualdades que segmentan las clases sociales en Estados Unidos se ven ahora acentuadas por una epidemia que los gestos de negacionismo de Donald Trump no ha hecho más que contribuir a su incremento, con desprecio manifiesto hacia los científicos y hacia las medidas para combatirla, incluidas las mascarillas.

La población afroamericana, así como buena parte de la población obrera industrial y agrícola, han sido las más afectadas por las gravísimas consecuencias de la agresión pandémica, en un país donde la seguridad social pública, señaladamente la concerniente a la asistencia médica, pasa por ser una especie de pantomima en relación a otros sistemas de seguros sociales estatales como los europeos.

Chispazos sociales en ascenso

Cabe preguntarse cómo serán las políticas sociales que emprenderá Biden para cortar la sangría de empleo e inversión que ahora se registra a borbotones por la fusión de la crisis sanitaria con la crisis económica derivada de la pandemia y de la incapacidad del capitalismo financiero de casino para hacerle frente. Los chispazos sociales, cada vez más frecuentes en Estados Unidos, pueden verse acelerados y escalar violentamente habida cuenta de que los 320 millones de estadounidenses disponen de un arsenal de hasta 400 millones de armas semiautomáticas y automáticas que circulan libremente por el país: así lo permite una anacrónica cláusula constitucional, procedente de la etapa en que la autodefensa personal en la expansión hacia el Oeste de tal manera lo recomendaba. El denunciado genocidio de los aborígenes moradores del territorio de los Estados Unidos pasa por ser uno de los episodios más tenebrosos de la historia del país de Abraham Lincoln.

Toda la atención de las cancillerías de América Latina, Próximo, Medio y Extremo Oriente se centra ahora en averiguar si Joe Biden –que se mostró proclive al intervencionismo militar en Irak, Libia y Yugoslavia, seguirá la actitud observada por Trump de no participar militarmente en guerras exteriores. Por otra parte, el senador demócrata por Delaware y vicepresidente con Barak Obama ha anunciado que restablecerá los acuerdos mundiales contra el cambio climático que fueron suprimidos caprichosamente por Donald Trump. Habrá, con certeza, nuevas resistencias internas contra este reacomodo medioambiental procedentes de los todopoderosos lobbies petrolíferos, eléctricos, químicos, industriales y farmacéuticos. Veremos cómo los sortea. Su anunciado propósito de rubricar el pacto nuclear con Irán, firmado por Obama y liquidado por Trump, topará con la presumible resistencia de Arabia Saudí, instalada en la cúspide de las influencias incrustadas en la política exterior estadounidense, al igual que Israel, que cuenta desde el fin de la Segunda Guerra Mundial con una enorme capacidad de determinar la política exterior de Washington en la zona.

Nadie puede saber hoy si Biden proseguirá o no la peligrosa guerra arancelaria y, señaladamente tecnológica, entre Estados Unidos y China, contienda que abrió su antecesor tras sentirse desafiado por Pekín. Este es uno de los puntos que más ansiedad desata ya que parece que el país asiático ha vertebrado establemente un régimen político-económico coriáceo, al aunar la autoridad política con la fluidez comercial, equilibrio que el omnipotente Partido Comunista Chino controla, al tiempo que expande su influencia, señaladamente telemática, a escala mundial. Tal influencia es vista con enorme recelo desde Washington, por la envergadura de la competencia que le sale al paso. Igualmente se desconoce si Biden proseguirá en la política de contención con el régimen norcoreano de Pyongyang adoptada por Trump o bien optará por enfrentarse a los reiterados alardes con misiles nucleares del escurridizo líder de Corea del Norte, siempre ojo avizor a la mínima ocasión que se le presente para fortalecerse ante una negociación. Si Joe Biden emprende una política militar y comercial agresiva hacia Moscú, la conflictividad entre las grandes potencias se adentrará en derroteros muy peligrosos, como subrayan los observadores, que señalan además que si Biden coqueteara con Putin, como Trump hizo, tal vez logre desarticular el eje Moscú-Pekín que tanto preocupa a los poderes fácticos estadounidenses, imbuidos aún, sin embargo, por una rusofobia evidente.

Hacer el primo en Europa

En cuanto a las relaciones entre Estados Unidos y Europa, intencional y profundamente deterioradas por un Trump que se quejaba de que su país estaba haciendo el primo costeando todo lo que Europa, concretamente, su defensa, no era capaz de pagarse, todos esperan que Biden pueda restañar las heridas aún abiertas. También confían en que sea capaz de atemperar la peligrosa política autista de Boris Johnson al respecto del continente. Hay un deseo político generalizado, no solo en Europa, de que Estados Unidos vuelva a algunos de los importantes foros internacionales de los cuales fue apartado por Trump.

Las trabas a sortear por Biden desde la Presidencia de los Estados Unidos son de un enorme complejidad, a la que se añade la pesada herencia recibida de su antecesor Donald Trump. Con todo, Joe Biden contará con la cercanía de una futura, prestigiosa y experimentada Kamala Harris, políglota y progresista, abogada y senadora, cuya fama como fiscal en distintos destinos de su California natal (Oakland, 1964) le ha llevado a la antesala de la Presidencia de la República federal estadounidense como candidata con Biden a la Vicepresidencia. Hija de un profesor de Economía oriundo de Jamaica y de una oncóloga de origen tamil, país meridional en el subcontinente indostánico, Harris cuenta con un historial demócrata a toda prueba, que abarca desde las políticas más avanzadas de reinserción, de delincuentes hasta la lucha por la abolición de la pena de muerte o la legalización del cannabis.

En las últimas décadas, el Partido Demócrata de los Estados Unidos ha flaqueado socialmente mucho y ha descuidado su ideario progresista, lo cual le ha granjeado graves reveses electorales. La falta de políticas progresistas se configura como la causa de tantas derrotas, incluso a manos de líderes impolíticos como Donald Trump, cuyo acceso a la Presidencia parecía un hecho imposible. Por ello, la actual coyuntura pareciera exigir a los demócratas estadounidenses un nuevo Franklin Delano Roosevelt, presidente entre 1933 y 1945, capaz de acometer unas políticas sociales favorables para las castigadas clases mayoritarias, cuya indignación llevó a Donald Trump a la Presidencia. ¿Será capaz de emularle Joe Biden y atajar los gravísimos problemas sanitarios, sociales y étnicos que atribulan a los Estados Unidos de América?

En los 70 días que quedan hasta que culmine el desenlace electoral, con la jura presidencial de Biden el 20 de enero, puede pasar de todo. El showman del tupé rubio, que no dudó en aventar las supuestas anomalías comerciales del hijo de Joe Biden en Ucrania, tal vez retorne a los tribunales con alguna copla semejante. Y ello pese a que tales denuncias granjearon a Trump un proceso de impeachment, por condicionar ayuda oficial estadounidense al presidente ucraniano a que le fuera facilitada información al respecto, con la cual desbancar de la carrera electoral a su rival demócrata, Joe Biden.

Tampoco sabemos sin la elusión de responsabilidades fiscales por parte de Trump, recientemente denunciadas, puedan dar con sus huesos en la cárcel. Lo cierto es que su abandono de la Casa Blanca tranquiliza al feminismo, a los que combaten el negacionismo, el racismo y el supremacismo de los que Trump ha hecho gala con gestos que agigantan la imagen de concordia y templanza política de su futuro sucesor en la avenida de Pennsylvania.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.

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