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EL PERIÓDICO
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Trump y nosotros


El motivo de este artículo es resaltar algo evidente: la importancia de lo sucedido en las elecciones del pasado día 3 en Estados Unidos. Los motivos son variados. Trump ha alterado casi todos los equilibrios interiores y exteriores de la política estadounidense. Sacó a su país del Acuerdo sobre el Cambio Climático. También del Acuerdo nuclear con Irán. Tras un negacionismo inicial, defendió una política errática sobre la pandemia del COVID-19, sin hacer el más mínimo caso de ningún asesor científico. Mintió y difundió noticias falsas. No pagó impuestos durante años. Afirmó haberse propasado con mujeres. Inspirado por el populista Steve Bannon, prometió hacer grande América de nuevo. Y, para ello, con su simplismo habitual, prometió tres grandes cosas:

1) No más guerras extranjeras (a saber qué entiende Trump por tales guerras, seguramente no la invasión de Iraq, sino más bien la participación en las dos Guerras Mundiales, por ejemplo)

2) Detener la inmigración ilegal y, para ello, construir un muro en la frontera con México, muro que debía pagar México en gran parte.

3) Traer las fábricas y los empleos de vuelta a casa. Ni qué decir tiene que en ese sentido poco o nada se ha hecho. El paro ha subido en todos los estados afectados (el llamado Rust Belt, o Cinturón de Óxido).

También ha intentado acabar con el Obamacare y, frente a lo defendido por los republicanos en los tiempos de Obama, se negó a retrasar la elección de un nuevo juez del Tribunal Supremo, nombrando a una católica ultraconservadora pocos días antes de la elección.

Pero, con todo, siendo esto grave o muy grave, no es lo peor. Lo peor es que, por primera vez, cosa que ningún otro Presidente demócrata o republicano había hecho, ha puesto en duda su aceptación del resultado electoral, con injustificadas denuncias de un supuesto fraude en el voto por correo, sin la menor prueba. Incluso pidió a una organización supremacista blanca (Proud Boys), que estuvieran vigilantes del inexistente fraude. Para terminar, insultó a Fauci, su principal asesor científico, y a los profesionales de la CNN.

Quizás haya sido Obama el que mejor ha definido la situación en uno de sus mítines pro-Biden. Después de explicar las cosas positivas de la candidatura demócrata, añadió: “Sobre todo, no abriremos con miedo el periódico cada día, pensando qué nueva barbaridad se le habrá ocurrido hoy al inquilino de la Casa Blanca”.

Y así llegamos al 3 de noviembre. Como es sabido, la elección del Presidente de los Estados Unidos no es directa. Pasa a través de un Colegio Electoral de 538 delegados, distribuidos en función de su población por cada uno de los estados. Y, salvo dos estados, en donde es proporcional, en todos los demás, el que gana se lleva todos los delegados asignados a ese estado. Así se explica que Hillary, que ganó en muchos de los estados de mayor población (Nueva York y California, por ejemplo), y, en total por casi 3 millones de votos populares, perdiera en el Colegio Electoral.

Esto explica que, en la práctica, los candidatos hagan campaña principalmente en los swing states, o estados bisagra, susceptibles de cambiar a favor de uno u otro.

Pues bien, las encuestas volvieron a fallar. Trump tenía un voto oculto. Nada de siete puntos de ventaja de Biden, sino solo tres. Aun así, Biden consiguió ganar Wisconsin y Michigan. Grupos armados favorables a Trump presionaron en esos estados por un nuevo recuento, mientras exigían pararlo en Georgia y Pensilvania, mientras los resultados les eran favorables. El resultado en el Cinturón de Óxido ha sido más favorable a Biden que a Hillary, y esa ha sido la diferencia decisiva. Por un lado, los demócratas estaban más sobre aviso y, por otro, la decepción con Trump de muchos trabajadores y sus familias lo han hecho posible.

A estas alturas parece muy claro que Biden ganó en las urnas por más de 4 millones de votos en el voto popular y también en delegados, no solo por el resultado clave de Pensilvania, que aporta 20 delegados, sino probablemente también en Nevada, Arizona y Georgia.

Con todas las dificultades que habrá que vencer, (de las cuales no será la menor la lentitud del recuento en estados clave, y su control en última instancia por un Tribunal Supremo integrado por una mayoría de seis republicanos frente a tres demócratas), si finalmente el 20 de enero Joe Biden y Kamala Harris toman posesión, se habrá vencido a una de las peores amenazas a la democracia, no solo en Estados Unidos, sino en todo el mundo.

Tenemos que alegrarnos por ello, y estar vigilantes para que no vuelva a suceder. Parafraseando a Obama y Biden, “habrá sido una batalla por el alma de la democracia”. Y la derrota de Trump no será solo la suya, sino de los persistentes intentos para disgregar y disminuir a la Unión Europea, como proclamaba abiertamente Steve Bannon.

También será la derrota de una forma de antipolítica que sustituye el debate de ideas por el insulto, la mentira, o las noticias falsas. Política que tiene entre nuestro país conocidos seguidores entre la extrema derecha y la derecha extrema.

No olvidemos que el primer objetivo de Trump ha sido hacer creer que Biden es un Presidente ilegítimo…¿les suena algo similar en España?.

· Ex-miembro del Comité Federal del PSOE

· Ex-diputado nacional PSOE

· Miembro de la Coordinadora de Madrid de Izquierda Socialista