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Azaña y la España, ¿católica?


Manuel Azaña, último presidente de la II República Española. Manuel Azaña, último presidente de la II República Española.

Manuel Azaña, último presidente de la II República, falleció en el exilio francés, en Montauban, el tres de noviembre de 1940, hace ahora ochenta años.

Vistas desde hoy, las circunstancias de la vida de Azaña y las de la República parecen cosas de otro país, pero hay asuntos que resisten el paso del tiempo y el de la influencia de la Iglesia católica en España es, por ahora, imperecedero. Entre otras medidas reformadoras, Azaña fue promotor de la separación de la Iglesia y el Estado, y es recordado, en este aspecto, por un célebre discurso. El 13 de octubre de 1931, en un discurso en las Cortes constituyentes, Azaña anunció algo que la Iglesia ya conocía, pero se empeñaba en ocultar: España ha dejado de ser católica: el problema político consiguiente es organizar el Estado en forma tal que quede adecuado a esta fase nueva e histórica del pueblo español (...) Durante muchos siglos, la actividad especulativa del pensamiento europeo se hizo dentro del cristianismo (...) Pero también desde hace siglos el pensamiento y la actividad especulativa de Europa han dejado, por lo menos, de ser católicos; todo el movimiento superior de la civilización se hace en contra suya, y, en España, a pesar de nuestra menguada actividad mental, desde el siglo pasado el catolicismo ha dejado de ser la expresión y el guía del pensamiento español. Que haya en España millones de creyentes, yo no lo discuto; pero lo que da el ser religioso de un país, de un pueblo y de una sociedad no es la suma numérica de creencias o de creyentes, sino el esfuerzo creador de su mente, el rumbo que sigue su cultura (...) España ha dejado de ser católica, a pesar de que existan ahora muchos millones de españoles católicos, creyentes.

Azaña sabía que, pese haber perdido ascendiente, la Iglesia era el principal baluarte de las fuerzas contrarias a la modernización de España y, por tanto, su influencia política uno de los viejos problemas a abordar por el nuevo régimen. La consolidación de la República dependía en gran medida de cómo plantear las relaciones con una institución tan montaraz, pero sin plegarse a sus exigencias ni renunciar al avance científico y al ideal laico y democrático.

El proyecto republicano de adecuar las hechuras del Estado a los usos de un país que había dejado de ser católico y monárquico quedó, como sabemos, abortado por la rebelión de una parte del ejército, alentada también por el clero, que degeneró en guerra civil. La jerarquía católica calificó de cruzada la cruenta operación que le devolvió la hegemonía perdida y convirtió en “caudillo de España por la gracia de Dios” a un general traidor al legítimo Gobierno de la República, que había actuado como brazo militar de la institución eclesiástica. En plena contienda, Azaña matizaba su posición respecto a la Iglesia: Desde mi punto de vista, llamarme enemigo de la Iglesia católica es como llamarme enemigo de los Pirineos o de la cordillera de los Andes. Lo que no admito es que mi país esté gobernado por los obispos, por los priores, las abadesas o los párrocos. Tampoco me he opuesto a que las órdenes religiosas practiquen su regla y prediquen la doctrina cristiana a quien quiera oírla. A lo que me opongo es a que enseñen a los seglares, filosofía, derecho, historia, ciencias...

Durante la dictadura franquista, a pesar de la influencia del clero, el desarrollo industrial y la vinculación de España al sistema económico y a formas de vida del bloque occidental transformaron las costumbres y obligaron a la cultura en general y a las ciencias particulares a salir, con límites y retrasos, del reducto en que las habían confinado la miopía, la estulticia y el sectarismo del bloque gobernante y el arcaísmo y la intransigencia de la jerarquía católica.

En los últimos cuarenta años el país se ha transformado en todos los sentidos, de modo que se puede afirmar que se ha secularizado más que en los años treinta, y que hoy la postura de la Iglesia se revela más anacrónica que entonces. Y con más fundamento que en tiempos de Azaña se puede afirmar que España ha dejado de ser un país católico, en un continente donde la religión cristiana en sus diversas versiones ha dejado de cumplir el papel que tuvo antaño.

Sánchez Ron, en el Prólogo de Cincel, martillo y piedra, utiliza la metáfora de un verso machadiano para señalar la relación entre la ciencia y la sociedad: La ciencia es el cincel y el martillo, que se quieren emplear para producir un objeto hermoso o útil: conocimiento, por sí mismo o conocimiento útil; pero la piedra -¡ay!- a veces se resiste, en su dureza, a ser modelada. Exactamente igual que tantas veces ha ocurrido en nuestra historia: fueron muchos los que entendieron que el conocimiento científico constituía -que podía y debía constituir- un magnífico cincel y martillo para construir un país mejor, cultural, social, moral, intelectual y políticamente. Pero muchas veces la piedra, la sociedad, se resistió. ¡Ojalá que la piedra se convierta pronto en arcilla!

No parece raro que la Iglesia, fundada como organización -dicen- sobre una piedra -Tu es Petrus- por un carpintero con ideas de cantero, haya sido una institución muy resistente al avance del conocimiento secular y que en España siga mostrando una firmeza berroqueña al progreso de las ciencias.

Profesor jubilado de la Universidad Complutense.

Últimos libros publicados: Perdidos. España sin pulso y sin rumbo (Madrid, La linterna sorda, 2015) y, con Ramón Cotarelo: La Antitransición. La derecha neofranquista y el saqueo de España (Valencia, Tirant, 2015).