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1917, un destello de esperanza para los trabajadores


L@s trabajador@s solemos llevar una vida de adversidades. Máxime en situaciones como la presente, en la que una pandemia se enseñorea de nuestra existencia, cíclicamente deteriorada ya por condiciones laborales y salariales casi siempre indeseadas. Los efectos de la crisis de 2008 aún se notan sobre nuestras carnes y nuestras nóminas, cuando las tenemos. Las necesidades de los anónimos mercados -en realidad, las de los dueños del capital-, acostumbran imponernos sus arbitrarios designios contra nuestra voluntad y nuestros intereses.

Pese a la supuesta libertad de cada cual para contratarse, una vez que entramos en la cadena laboral, cuando logramos hacerlo huyendo del paro, estamos obligados a aceptar condiciones cuando menos, insatisfactorias y casi siempre injustas, pese a que es nuestro trabajo el que crea la riqueza en un proceso colectivo que, a la postre, se privatiza y la parte del león de los beneficios queda en manos de unos pocos.

Esto lo vamos sabiendo, es difícil no tomar conciencia de ello; pero tenemos cierta tendencia a olvidarlo, al igual que solemos ignorar que cuando, a lo largo de la Historia, nos hemos unido, l@s trabajador@s conseguimos objetivos históricos: desde la jornada de ocho horas, al descanso dominical, las vacaciones pagadas, la seguridad social universal, los derechos laborales, de sindicación, asociación y asamblea, el sistema de pensiones y una prolongada serie de avances evidentes conseguidos gracias a luchas que han durado ¡siglos!. Es preciso no solo dar testimonio de nuestra unidad, sino también ejercerla, pues toda conquista puede volver a sernos arrebatada. Ya conocemos como suele actuar el capitalismo. Es obligado recordar que no son logros irreversibles.

Para mantener fresca nuestra memoria, conviene no olvidar uno de los momentos más esperanzadores en el cual, el avance del movimiento obrero fue más históricamente más importante: precisamente, se conmemora estos días de otoño, en los que hace la bonita cifra de 103 años que triunfó la revolución que marcaría la presencia en la primera fila de la historia de la clase trabajadora. Atrás quedaban siglos de humillaciones, explotación y enorme violencia en contra nuestra. Quiero referirme a la revolución de 1917 en Rusia, sobre la que quienes secularmente nos explotaron y hoy nos explotan, proyectaron y vierten aún hoy toda serie de infundios para degradarla y degradarnos a nosotros junto con nuestro pasado y nuestra memoria como trabajador@s.

La revolución rusa consistió sustancialmente en un proceso organizado de masas, económico, político y social, de carácter emancipador igualitario y alcance histórico. Preludiada por otros movimientos revolucionarios de gran intensidad, pero fracasados, en 1830, 1848, 1868 aquí en España y 1870, surgió organizadamente con mucha pujanza a partir del arranque del siglo XX desde la base trabajadora de la sociedad rusa, mayoritariamente rural. Ésta vivía bajo un sistema monárquico feudal-señorial encarnado por el zarismo, régimen autocrático, nobiliario y despótico, que acometía a regañadientes, desde 1861, una reforma con la que abolió formalmente la servidumbre, es decir la propiedad directa del señor feudal sobre el siervo. Tal medida de abolición fue tan solo superficialmente aplicada sobre aquellas estructuras de cuño medieval, con la esclavitud incluida, en pos de una forma específica de capitalismo primitivo, alentada por una incipiente y muy débil burguesía sumisa a la nobleza rusa y sin un diseño político propio.

Las principales metas de l@s revolucionari@s organizad@s consistieron en poner fin a la explotación económica, la postración social y la exclusión política de las clases trabajadoras -urbanas y campesinas-, hecho que implicaba necesariamente acabar con la monarquía zarista y el sistema nobiliario, ya que se oponían violentamente a que se consiguiera tal meta. Igualmente, la revolución rusa se propuso quebrar el aparato estatal represivo de los zares; desarrollar primero y cortar después el ascenso de la incipiente burguesía rusa al poder; y, sobre todo, consumar un cambio revolucionario que, mediante una modernización profunda, cambiara el sistema productivo para zanjar la miseria de las grandes capas proletarias y campesinas y sustituir la estructura de la propiedad vigente por otra capaz de asegurar el reparto social igualitario de la riqueza. Y todo ello en la perspectiva de lograr el acceso al poder -en todas sus manifestaciones: económica, política, social, institucional y cultural-, de la clase trabajadora, acentuadamente proletaria.

La clase proletaria llegaría a ser considerada por los revolucionarios marxistas como la única capaz de liberar de la explotación feudal y capitalista y de la inhumanidad de la opresión a la sociedad en su conjunto. La dirección política de la revolución correspondió inicialmente a los soviets, consejos políticos populares, de cuño asambleario horizontal, compuestos por obreros, campesinos y soldados, de los cuales surgió una vanguardia de revolucionarios profesionales, señaladamente intelectuales y obreros, que instruidos en células y en partidos revolucionarios, desplegaron tareas de agitación, propaganda y acción directa e insurreccional en las calles y en los principales centros de trabajo de las ciudades y del agro.

Características sustanciales de la revolución soviética fueron las dificultades, internas y externas, que hubo de encarar así como su culminación en un éxito histórico. La principal traba a su culminación fue la propia estructura social, de clases, del país, Rusia, donde el mundo rural –el más castigado y dolorido por el sistema señorial- era el mayoritario y en él, la fragmentación interior en segmentos distintos y enfrentados, más el retraso ideológico vinculado a la pequeña propiedad o al estamento servil, alejaban las condiciones y posibilidades para el triunfo de las ideas revolucionarias. Se trataba de un sistema de propiedad de la tierra, aun mayoritariamente señorial y su transformación se presentaba cuajada de enormes dificultades.

Junto a la propiedad señorial de la mayor parte de las tierras fértiles de Rusia existían formas históricas de propiedad comunal, un sistema denominado obschina. Se daban asimismo formas tradicionales, cooperativas y artesanales, denominadas arteles. Los campesinos siervos del señor feudal, es decir, propiedad privada del terrateniente hereditario miembro de la nobleza, le pagaban la renta señorial en forma bien de trabajo, barschina, o en forma de dinero o especies, obrok.

Con la abolición de la esclavitud en 1861, se inauguraban cuatro fases hasta la completa redención del campesino emancipado. La primera, un estatuto personal de los siervos que les otorgaba formalmente libertad personal y adquirían plena capacidad civil, incluso para emplearse en otros oficios; la segunda, concesión de tierras. El nuevo sistema preveía la entrega de lotes individualizados de tierra sin posibilidad de cambio, cesión o venta a terceros y con grandes limitaciones por parte del Estado zarista y de la nobleza, que se quedaba con los excedentes de tierra si se sobrepasaban los límites; la fase de redención culminaba con el paso gradual de la barschina al obrok. La redención consistía en capitalizar el obrok al 6 por 100, que el Estado zarista adelantaba a los antiguos dueños de las tierras nobiliarias y que el campesino debía reembolsar en un plazo de 49 años. Una ulterior fase preveía la creación de una administración de la comunidad campesina, denominada Mir, sustituta de la administración feudal.

No obstante, la casta nobiliaria intentó por todos los medios reducir las entregas y acentuar, endureciéndolas, las condiciones de pago de los siervos emancipados. Sin embargo, se desató una gran agitación ya que el campesinado demandaba la entrega de todas las tierras, incluyendo la explotada por los señores, puesto que perseguían la desaparición de todos los lazos que seguían sometiéndolos a los nobles, así como la plena autonomía de la administración comunal rural. No obstante, pervivieron formas larvadas de explotación feudal.

Pese a la mencionada abolición formal de la esclavitud por el zar Alejandro II en 1861, acometida, tras su acceso al trono en 1856, que otorgaba libertad al siervo para emplearse, el sistema feudal-señorial se perpetuó; la incipiente mecanización del campo enriqueció señaladamente a la casta nobiliaria sometida al zar. La masa campesina optaba entre la servidumbre objetiva al terrateniente o bien la pequeña manufactura artesanal. El despliegue de la producción agraria manufacturera con fines mercantiles iba demostrando, a la nobleza, que resultaba más rentable esta forma de explotación que la meramente señorial. La débil burguesía rusa se hizo eco de este fenómeno pero solo avanzaba posiciones, muy limitadas, en la industria ceñida a las áreas periféricas urbanas. De este modo coexistía un sistema señorial junto con un incipiente capitalismo, que desmanteló solo a medias el antiguo régimen de propiedad, sin conseguir afianzar el régimen emergente en clave burguesa.

Fue en este punto de fragilidad donde un puñado de revolucionarios marxistas y, destacadamente Lenin, hallaron el talón de Aquiles donde el sistema zarista podía ser derribado; y, eludiendo la fase de desarrollo capitalista protagonizada por la burguesía, como preveían Marx y Engels, cabía inaugurar el camino hacia el socialismo tras la conquista del poder. Para llegar a esta conclusión, los bolcheviques, surgidos en el seno del Partido Socialdemócrata Ruso, tuvieron que recorrer un laborioso camino teórico y práctico, con represión, torturas y exilios por medio, para despejar un horizonte mental muy indeciso vigente en la clase intelectual rusa.

Históricamente, a la capa intelectual rusa se le denominaba Intelligentsia. La intelligentsia, dadas las condiciones represivas del zarismo contra todo tipo de oposición, se mostró muy activa literariamente e influenciada desde el siglo XVIII por la Ilustración europea occidental y caracterizada por tibias pulsiones reformistas; pese a su inicial extracción social nobiliaria, la inicial Intelligentsia dio paso en sus filas a los llamados raznochintsi, de extracción social no nobiliaria, que a partir de 1860, con personajes como Dobriulov, Pisarev y sobre todo, con Chernichevski -uno de los pioneros rusos del feminismo-, fueron adoptando posiciones más radicales: desde las democrático-burguesas a las revolucionarias, ya bajo la influencia del pensador alemán Hegel, mentor de la dialéctica, metodología aplicada al desarrollo histórico por el marxismo. Se oponían a toda forma de feudalismo y, simultáneamente, denunciaban la cortedad de las reformas zaristas.

Dentro de la intelligentsia, la comunidad intelectual rusa, existían a grandes rasgos dos grandes corrientes: una eslavófila, que consideraba que Rusia, a diferencia de Europa occidental, carecía de Historia y que esta supuesta juventud rusa le ayudaría a encontrar un tipo original y eficaz de emancipación. Se sentía versada hacia la liberación campesina, consideraba a grandes rasgos al campesinado, mejor dicho, al pueblo entendido en sentido amplio, como sujeto revolucionario y se mostraba orgullosa de la tradición comunal rural de la vieja Rusia, elemento supuestamente socializante. De sus filas nacería el denominado populismo ruso, escindido en dos corrientes, una de las cuales derivaría en terrorismo y la otra, un reformismo sumiso y en la estela zarista.

De otro lado, la corriente occidentalizante de la Intelligentsia, que deseaba un progreso más veloz y, sin oponer Rusia a Occidente, compensaba el peso del campesinado con el de la clase trabajadora urbana. A esta corriente se adscribía Chernichevski, que fue deportado a Siberia durante 20 años. Dentro de este ámbito del pensamiento ruso respetuoso con las tradiciones comunales, pero decididamente occidentalizante, prosperaría el marxismo, cuyo introductor en Rusia sería Plejanov, teórico de enorme importancia y muy respetado por Lenin y el bolchevismo.

Los representantes de la burguesía rusa dentro de la Intelligentsia, por su parte, intentaba adecuar las instituciones a las necesidades del desarrollo capitalista mediante políticas reformistas, sin romper la sumisión estratégica a la clase señorial y, a la postre, al zar (en ruso Çsar, César, Kaiser, en alemán).

Alejandro II fue asesinado en 1880 por una organización terrorista denominada Narodnaia Volia, La Voluntad del Pueblo, de la cual formaba parte Alexander Ulianov, un hermano mayor de Vladimir Illich Ulianov, Lenin (1870-1924). Éste, dirigente estudiantil represaliado y expulsado de la universidad de Kazán, tras regresar a las aulas con 23 años se licenció en Derecho. Luego pasó 14 meses en la cárcel y, también por actividades opositoras al zar, cumplió tres años de destierro en Siberia. Allí, con 25 años, escribió algunas de las más importantes obras del pensamiento marxista mundial.

Vladirmir Illich Lenin llegaría a ser el verdadero cerebro teórico y mentor práctico de la revolución rusa de 1917, tras analizar y desmenuzar en términos científicos el pensamiento marxista y aplicarlo a la situación concreta de Rusia en su tiempo; y ello después de estudiar minuciosamente la historia y la actualidad de su país y el proceso del pensamiento filosófico mundial.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.