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La educación, una reforma necesaria


La ministra de Educación, Isabel Celaá, en una imagen de archivo. La ministra de Educación, Isabel Celaá, en una imagen de archivo.

Desde la inmediatez a que obliga el periodismo, llega a mi mesa de trabajo el Proyecto de Ley Orgánica Educativa que derogue la “Ley Wert”, vigente desde 2013.

A su lado, desde ese mismo año 2013, como un dique de contención que no pudo detener el tsunami de aguas cenagosas, el libro colectivo que coordinaron Antonio García Santesmases y Manuel de la Rocha: “Luis Gómez Llorente: educación pública y socialismo”.

La que llaman “Ley Celáa” pasará a Pleno del Congreso el día 19, a cinco días de la fecha en que escribo este artículo. Nace entre el ruido de algunos sindicatos (también la derecha sabe sindicarse); ruido de la concertada que ve peligrar su momio; y ruido de algunos juristas que ven visos de inconstitucionalidad. El ruido no epata la negociación.

Desde esa perspectiva, que considera que el nuevo Proyecto de Ley incurre en inconstitucionalidad se agarran como a un clavo ardiendo al artículo 27.3:

“Los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones”, y lo vinculan en concordancia con los artículos 16, relativo a la libertad religiosa, y especialmente a su punto 3 donde se recogen la que lo relaciona “con la Iglesia Católica y las demás confesiones”, apoyándose en el Concordato de 3 de enero de 1979, posterior a la Constitución.

Debemos señalar que la Iglesia Católica recibe financiación del Estado y practica las inmatriculaciones, en tanto que las Confesiones Religiosas, que mantienen convenios con el Estado, ni las reciben ni las quieren y se sustentan con sus propios recursos, fieles a su principio de separación entre la religión y el Estado. ¡Hasta cuándo habremos de esperar a su denuncia para de ese modo establecer un régimen igualitario desde abajo! ¿Cuándo se aplicará plenamente el artículo 149.1 sin privilegios?: “El Estado tiene competencia exclusiva sobre las siguientes materias: La regulación de las condiciones básicas que garanticen la igualdad de todos los españoles en el ejercicio de los derechos y en el cumplimiento de los deberes constitucionales”. Hemos subrayado todos.

A estos, que tan encendidamente defienden los intereses de la escuela concertada, no les escuchamos una defensa proactiva de otros derechos, también recogidos en la Constitución, y seriamente amenazados, como el derecho al trabajo, a la sanidad, a la vivienda…

Diré una cosa que puede levantar ampollas: Si apelando al artículo 20, los de la concertada pueden esgrimir con todo derecho que tienen libertad de expresión, yo no soy menos, y opino que la educación concertada, so pretexto de que la pública no cubre toda la demanda, y por ello tienen que existir, es una carta en la manga por la que la Iglesia Católica ejerce su influencia educativa, apoyándose en otro argumento: el derecho de los padres, no de los hijos, para que estos reciban la educación que los padres quieren.

El primero cae por su propio peso si los recursos públicos que se asignan a la concertada se aplican a la pública en número y excelencia.

Respecto al segundo, es un derecho que está recogido en nuestra Constitución, pero no su financiación. Esta es producto del Concordato y de los convenios establecidos por el Estado aconfesional con la Iglesia Católica, que ya deberían estar derogados a tono con una Constitución que es anterior a ellos.

Dicho de otro modo: Ustedes tienen derecho, pero no pretendan que el Estado se lo financie con el dinero de todos. Si lo quieren ejercer, páguenselo como hacen los demás. Igual digo con la enseñanza pública de la religión, cualquiera que esta sea. Si así lo quieren, y me parece justo, realícenlo con cargo a sus posibilidades financieras y en sus propios lugares de culto, como hacen otros.

Convengamos que el mal viene de lejos. No ha existido iniciativa para poner democráticamente al día a la educación en España que no haya sido dinamitada por la derecha. Si, como dijo Ortega, “educar es preparar en el presente vidas futuras”, hay que deducir que han puesto sistemáticamente palos en las ruedas para tener el futuro de unos pocos contra el futuro de todos los demás. ¿Dónde quedaron las iniciativas de La Escuela Moderna de Ferrer i Guardia? ¿Qué sucedió con la Institución Libre de Enseñanza? Ustedes lo saben y yo también.

Cuando uno relee las páginas que un teólogo católico como Olegario González de Cardenal dedica a “España por pensar” en el año 1984, a seis de nuestra Constitución, puede deducir que, a sus ojos, aún el pensamiento crítico no había tenido ocasión para pensar España, con perdón de D. Claudio y D. Américo. España había padecido bajo el absolutismo católico y franquista. Ya era una democracia desde la perspectiva constitucional, pero todavía estaba ayuna de ética. Ante semejante hecho uno ya se preguntaba entonces de quién era la culpa, si habían ostentado el monopolio educativo y el poder reprimir cualquier iniciativa que pretendiera modernizar. ¿Recuerdan ustedes la suerte que corrió el Pacto Educativo propiciado por Ángel Gabilondo? ¿Traen a la memoria la Educación para la Ciudadanía?

Cuando uno relee las páginas donde José Luis López Aranguren, defenestrado en 1965 por Franco de sus tareas docentes en la UCM junto a García Calvo y Tierno Galván, pone el dedo en la llaga en su libro “Ética y Política”, libro de 1985, se topa con pasajes como este:

“Ciertos compatriotas nuestros, cultivadores inteligentes de un cierto pesimismo e incluso masoquismo nacional, consideran que España es un país subdesarrollado, donde una oligarquía que detenta los escasos medios de producción se contenta con sacar provecho rutinario de ellos, sin espíritu realmente emprendedor, con mentalidad cuasifeudal, con su escaso sentido capitalista, que es mucho más financiero que industrial, y siempre en dependencia de los intereses extranjeros.

Ahora bien, ese talante […] ofrece a una parte de la juventud […] por paradójico que ello parezca, una perspectiva estimulante. En efecto, si España es un país subdesarrollado, todo está en ella por hacer y, por tanto, la tarea es inmensa”.

Subrayemos: este es un texto de 1985. Tal parece que en ese “pesimismo e incluso masoquismo nacional” todavía tiene resonancias aquel otro que producía dolor de España a la Generación del 98. Nada había cambiado en 87 años. Nada había cambiado desde el pacto de la transición. Hoy, mucho ha cambiado la sociedad española, pero no el blindaje con marcha atrás de la derecha. Mucho es también el trabajo que queda por hacer. En educación, que inveteradamente ha sido su fábrica de la moneda que ha puesto ceca en las inteligencias, esa fábrica “no trabaja para el día”, como dijo Maiakovski en su “Poema pedagógico”, sino para la noche frailuna con nocturnidad y alevosía. Las viejas perezas mentales, que pudieron aborregar el alma española, no han cesado en el intento. Más aún, parece que no soportan haber perdido el poder a votos de partidos constitucionales, y en todo y hacia todo extienden la ira resentida.

La educación es el arma de los trabajadores. En la más profunda noche, aquella Generación del 56 tenía sus paradigmas en Manuel Azaña y en Fernando de los Ríos; en Besteiro y Ortega; en Clara Campoamor, Victoria Kent, Margarita Nelken y Federica Montseny, según menciona Antonio López Pina en el mencionado libro “Educación y Socialismo”. Ellos, ellas son, como se deduce, un pálpito cordial que nos llega en medio de los paros cardiacos que esta derecha ha producido en la historia de España. Un pálpito cordial que demuestra que no hemos perdido el pasado, que apunta futuros. Un pálpito que como un salto en la sangre se alza para preguntar “si seremos capaces de hacer de la virtud profesional y civil un arquetipo moral”.

Citaré un párrafo de Luis Gómez Llorente, que, procedente de su libro “Alternativa socialista a la enseñanza”, de 1979, aparece en la contraportada del que venimos siguiendo:

“Hemos visto cómo hasta el presente el saber ha sido un instrumento de dominación social. Cómo el sistema de enseñanza se adecuaba sobre todo a la reproducción de las desigualdades y consecuentemente a la reproducción de los estados dominantes. Pues bien, un punto nuclear del pensamiento socialista sobre la educación, es transformar la escuela en sistema de nivelación social, en impedir que el privilegio económico se perpetúe a través de la enseñanza”.

Dicho de otro modo: Que la excelencia de la educación pública sea un nivel al que aspiren las familias de mayor opulencia. Para ello hay que dotar a esa educación, que es de todos para todos, y si los recursos públicos que se asignan a las concertadas hay que direccionarlos a la pública, estamos en el buen camino. Insisto, si alguien pretende el clasismo educativo que se lo pague.

Pero hay otro factor de nivelación que no debemos perder de vista: los ingentes movimientos acelerados de cambio que suceden en el mundo: Los viejos sistemas y las viejas representaciones son puestas en cuestión. Lo que parecía estable se ha fluidificado en el decir de Baumann; los procesos de tecnificación y producción de novedad se han acelerado, y con ellos la diversificación y desubicación del capital según nos muestra Saskia Sassen en sus “Contrageografías de la Globalización”; cuando Belén Barreiro, desde su quehacer sociológico, nos levanta la cortina de “La sociedad que seremos”, vemos a través suyo la brecha digital que volverá obsoletos a muchos empleos y relegará a la marginación a buena parte de la sociedad española, por no hablar de la robótica.

Volvamos a Ortega: “Educar es preparar en el presente vidas futuras”. No podemos perder el futuro. Hay que “Crear capacidades”, según nos enseña Martha C. Nussbaum en su “propuesta para el desarrollo humano”. Subrayemos: progreso humano. La sociedad tiene que actuar en legítima defensa. No podemos consentir que el “cíborg” del capitalismo asocial, dueño de la tecnología de vanguardia, nos despoje de humanidad y de futuro. Hay que crear capacidades creativas, movidas por la metamotivación que enseña Maslow, de manera que sus ejercientes puedan moverse creativamente en ese mundo nuevo que nos viene y ya está aquí, sabiendo que es sólo una partícula perteneciente al todo al que sirve. Parafraseando a Garaudy, hay que conseguir que cada niño, que cada niña, que lleve en sí un caudal, pueda desarrollarlo al margen de su posición social o sus recursos. Y si no lo tiene, también.

Periodista y escritor. Presidente de la Agrupación para el Estudio de las Religiones y Vicepresidente de la Sección de Filosofía del Ateneo de Madrid.