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EL PERIÓDICO
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Lecturas y Compras


Ya he escrito aquí en El Obrero en otras ocasiones que, por lo que respecta al cambio climático y la degradación de nuestro medio ambiente, la responsabilidad de que las cosas cambien es integral. No van a depender estos sólo del gobierno correspondiente (nacional, regional o local), de las empresas (grandes, medianas o pequeñas) o de los ciudadanos (con independencia de su nivel económico). Todos tenemos que tomar iniciativa y responsabilizarnos, porque en esa medida influiremos en el comportamiento de los demás.

Viene esto al caso de dos cuestiones. La primera, un libro que recomiendo recién publicado por el sello Capitán Swing; se trata de Y ahora yo que hago, de Andreu Escrivá, una interesante reflexión que lo dice todo en el subtitulo: cómo superar la culpa climática y pasar a la acción. Lo que defiende el autor es, a grandes rasgos, que tenemos que aceptar los hechos. Hemos llegado hasta aquí por nuestra comodidad como consumidores, por el lucro indecente de las grandes empresas y por la pasividad y complacencia de los gobiernos. Ahora toca asumir el coste en la medida en la que se ha creado, porque nadie va a resolver el problema solo y de una vez, y de forma proactiva, porque estamos todos en la misma nave.

La otra cuestión es la proximidad de uno de esos momentos en los que toca ser responsable. Se acercan las fiestas navideñas, que vienen marcadas por un acontecimiento importado de los Estados Unidos, el viernes negro. Desde ese momento hasta la primera semana del nuevo año, la maquinaria del consumo se acelerará como en ningún otro del año. No voy a hacer un recopilatorio de tradiciones y análisis sobre la lógica del consumo en este periodo, lo cierto es que sucede, y lo que deberíamos hacer es pensar si debemos entrar en esa espiral.

Ya se ha mostrado en numerosos estudios que la mayoría de grandes firmas suele subir artificialmente los precios desde septiembre para poder hacer ahora una bajada sensible, por lo que los beneficios reales sobre los consumidores son, siendo prudentes, muy limitados. También se ha demostrado que es una maniobra de marketing que solo beneficia a los grandes comercios, los pequeños y locales no tienen capacidad de articular estrategias a propósito y a veces pueden encontrarse atrapados en una dinámica que les perjudica. Y en los últimos años se ha ido añadiendo un nuevo elemento, el auge del comercio electrónico, que implica una nueva recomposición del mercado en favor de los más grandes. Y en estas estábamos cuando llegó la epidemia.

Es el momento de parar a pensar sobre lo que se necesita y lo que no, individual y colectivamente. Y es una reflexión que hacer por parte de todos, de quienes pueden gastar y, también, de los muchos que no podrán ahora como consecuencia de la pandemia, pero que lo hubieran hecho de no haberse cruzado esta en su camino. Un argumento que vamos a oír hasta la saciedad es el de que el gasto moviliza la economía, y en esa medida consumir ahora es bueno para crear empleo, una falacia fácil de desmontar porque una parte muy considerable de lo que pueda venderse estas próximas semanas lleva mucho tiempo en el almacén, como consecuencia de las bruscas caídas de ventas del segundo trimestre del año en todo el mundo. Las grandes firmas globales, además, ya han hecho sus ajustes de empleo, y es poco probable que los hagan mayores sin una revisión de sus estrategias de implantación. Solo en sectores en los que no estén muy seguros de las perspectivas de sus productos se plantearán algo así.

Comprar sin criterio, por tanto, no va a salvar la economía nacional, y sin embargo permitirá mantener la espiral de destrucción del medio ambiente que nos ha llevado hasta aquí. Como ya he comentado en otros artículos, esta pandemia no es un shock impredecible, es un evento inherente a este modelo económico, la recuperación no puede ser volver donde estábamos porque eso será repetir nuestros errores.

Este viernes es la ocasión de practicar un poco de guerrilla de consumo: evita comprar y, si no te queda más remedio, que sean cosas de consumo corriente; cómpralas cerca de casa y no en un centro comercial; págalas en efectivo, no uses la tarjeta; no compres nada por internet. Y si quieres sentirte realmente revolucionario, ve a una biblioteca, toma un libro prestado y lee un buen rato.

Nacido en 1967, es economista desde 1990 por la Universidad Complutense. En 1991 se especializó en Ordenación del Territorio y Medio Ambiente por la Politécnica de Valencia, y en 1992 en Transportes Terrestres por la Complutense, empezando a trabajar en temas territoriales, fundamentalmente como profesional independiente contratado por empresas de ingeniería.

Ha realizado planeamiento urbanístico, planificación territorial, y evaluación de impacto ambiental. En 2000 empezó a trabajar en temas de desarrollo rural, y desde 2009 en cuestiones de políticas locales de cambio climático y transición con su participación en el proyecto de la Fundación Ciudad de la Energía (en Ponferrada, León).

En 2012 regresó a Madrid, hasta que, en diciembre pasado, previa oposición, ingresó en el Ayuntamiento de Alcalá de Henares, en el Servicio de Análisis Económico.