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Elogio de la política y al Ateneo de Madrid en su bicentenario


Peter Sloterdijk en una imagen de archivo. Peter Sloterdijk en una imagen de archivo.

Uno tenía entendido que política es el quehacer de los elegidos por el pueblo, con arreglo a sus leyes, para ocuparse en el bien común de la “Polis”, la res-pública, la cosa de todos. Pero heme aquí que me topo con topos, que tienen por trabajo escarbar galerías bajo los pasos de los transeúntes, y sacan la cabeza para morder los pies en un momento dado; cucañeros trepadores para quedarse con el jamón; seres música que tocan la marcha triunfal al servicio de quienes pagan; ventrílocuos que hablan con el estómago, nunca mejor dicho. Otros van colgados de una sola idea que aprendieron al dictado y la repiten como un mantra aunque nada tenga que ver con la realidad.

La cosa de todos es en ellos “lo mío”. “Yo vengo a la política a hacer dinero”, dijo uno., o yo me creo un elegido, aunque sea bedel de un colegio público, y mis méritos son los de ser de adoración diurna y nocturna de un alguien que conservo en alcanfor. Así, al calor del dinero, o al sol e lo muerto, entran a saco a la cosa de todos para sacar tajada.

¿A quién le extraña que, sometidos a la pandemia de la bobería congénita, a la mentira interesada, ajena a toda realidad, al embaucamiento consentido, las sociedades se radicalicen peligrosamente o les hagan la higa? Unos ponen a trabajar lo mejor de sí mismos, con la razón como herramienta, y otros excavan galerías y trincheras a la demagogia sin proyecto, con el insulto sin argumento, y el despotismo locuaz. Esa es la diferencia entre política y politiqueo.

Señala Daniel Innerarity en la introducción a su libro “La política en tiempos de indignación” que en la Grecia clásica el “idiotés” era “quien no participaba en los asuntos públicos y prefería dedicarse únicamente a sus intereses privados”. Y es que había que ser un verdadero idiota en la patria de Pericles, o en las reformas de Clístenes, para no participar en la cosa pública. Sin embargo, la derecha embanderada, parte de la democracia, tiene en su genética dos enemigos de sí misma: el egoísmo insolidario precisa de un Jefe que repartiendo prebendas y arengas los aglutine, y les haga pensar con las vísceras cabreadas. Individualismo extremo y dependencia consentida constituyen el sacrificio de la razón que les diera su “buena educación”. La construcción de un discurso alejado de la realidad les acerca a la práctica del populismo ideológico, que alimenta pulsiones emocionales pero aleja de la realidad. Podrá entonces el iluso del Jefe andar sobre banalidades gritonas, pero irremediablemente se desvanecerá en la niebla. Quizás haya sido elegido para eso, para caer como desvencijado carricoche de embestida.

Dijo Bonhoeffer por radio Berlín en su combate contra Hitler el primero de febrero de 1943: “El Fürer se convierte en Verfürer, es decir, en un seductor, en un tramposo”.

Sea intencionado o delirante, haya salido a la palestra o mueva los hilos en las sombras, este productor de delirios colectivos sólo está capacitado para crear confrontación, donde la visceralidad de la parte arremete ciegamente contra el bien común.

Claro que al tomar la idea de Innerarity sobre la Grecia clásica, estamos hablando de un tiempo cuando se cultivaba la más bella idea contenida en la forma más hermosa, La Atenas de Pericles, de Solón o las reformas de Clístenes, cuando había que dar el poder a la plaza pública, al Ágora, despojando a los tiranos. Pero, ¿qué sucede cuando el “idiotés” se pasa de listo y pretende lucrarse de lo público poniéndolo al servicio de lo privado? Pues le pasa que los ciudadanos se hartan y le ponen mociones de censura, y ellos se quedan dando gritos a la luna de Valencia. ¿Tenemos que recordar que a aquella Atenas llegaron los sofistas vendiendo razonamientos al peso? De tales manos llega la práctica de la política como el arte de dar verosimilitud a la mentira. Por algo es que los sofistas recibieron un sonoro varapalo de Sócrates y de Platón. Hoy hablamos de las “faque news” o de la creación de bulos que encandilan como bulas suministradas a la estulticia. Esta es la mala política de los salteadores.

Debo confesar que un pequeño librito, pequeño en extensión, no en importancia, ha tenido en mí el efecto de un tónico. Me refiero al texto de Peter Sloterdijk “En el mismo barco: ensayo sobre hiperpolítica”. Ya ante su título uno se pregunta: ¿Cuándo estos políticos chillones aprenderán a hacer “hiperpolítica”? ¿Cuándo dejarán de ser “naranjos en maceta… con sus naranjitas todas arrugadas”, que decía Machado, y aprenderán a ensayar conductas que propongan soluciones a los problemas de la sociedad en general, y una praxis política que trabaje por todos, porque todos vamos “en el mismo barco”?

Sloterdijk nos aporta tres definiciones de política:

La primera es “el arte de lo posible” que dijo Bismark. Claro que arte es fabricación humana, reproducción de la armonía. En ese condumio entre lo existente y lo posible se percibe un quehacer cuando se echa visión responsable sobre toda la realidad con un cierto aderezo de utopía realizable. Me dirán ustedes: también los trileros, los prestidigitadores, y los ventrílocuos tienen arte, y unos mueven el garbanzo, otros el engaño y algunos más el muñequito o la marioneta que mueven a voluntad. Mi respuesta es: ¡Claro que sí! Por eso hay dos maneras de hacer política y , de un lado, existe tanto gigante de cartón piedra que danza al son que le tocan y tanto papagallo. Unos producen sombras chinescas para entontecer al personal, y otros hacen ejercicio de lo que Sloterdijk llama “imaginación productiva”.

Dice nuestro autor que la “paleopolítica contiene la más antigua gramática de la pertenencia humana”. No sólo de la pertenencia, si me apuran, sino de la participación y de la autoestima. Estamos hablando de un sentimiento solidario colectivo; un panenteísmo “panempático” que trabaja aún golpeado por el egoísmo insaciable del neocapitalismo feudal que es capaz de sacarse ases de la manga. De “megalopatía” habla Sloterdijk, de seres borrachos de si mismos que no son capaces de tomarse la

medida y confunden la capacidad con la osadía. De eso, en el Ateneo de Madrid conocemos a alguno.

Sloterdijk nos proporciona en este libro una segunda definición de política: “es el arte de organizar las fuerzas vinculantes que cohesionan a grandes grupos”. Se trata de la práctica de un holismo, de una contemplación de totalidad inclusiva que sabe encontrar las dentritas que unan las neuronas de un solo y mismo cerebro; los vasos comunicantes de un venaje; la arquitectura de la diversidad.

Claro está que esta forma de hacer política es de diseño desde arriba, y no tanto de la espontaneidad conque los diferentes se agrupan ante un problema común, y de esto último también sabemos algo en este Ateneo de Madrid frente a toda infiltración vírica. Casos hemos tenido. Desde abajo se produce una elevación si en todos habita una forma de inteligencia desprendida. En esas circunstancias, se aparcan las diferencias, y los intereses semejantes se vuelven comunes. Una vez vencida la amenaza, vuelve a configurarse de nuevo la diversidad sobre el subsuelo histórico común.

Esta noble Casa está compuesta por lo que Sloterdijk denomina “pioneros de lo grande”. No es tierra para mezquinos ni aprovechados. Ha sido, sí, en sus doscientos años de vida una plataforma de la política. Aquí, bajo la Galería de Retratos, se encuentra el pasadizo que comunicaba con el Congreso. La larga nómica de políticos de toda tendencia, que han militado en estas filas, así lo atestigua. No podemos decir que esta condición no incluyera el más encendido debate. El ruido de cacharros rotos de La Cacharrería, donde se ubicaban los “junior” contra los “senior” del Salón de Actos, es proverbial. Pero es precisamente este cruce argumental de inteligencias lo que ha hecho del Ateneo de Madrid la escuela democrática de la sociedad española.

No cabe hacer política sin el respaldo del ciudadano. Sloterdijk se deja caer con una afirmación lapidaria: “La política clásica tiene que ser, por las razones aducidas, también psicagógica”, y la psicagogia consiste en el arte de educar y conducir el alma según la RAE, lo cual constituye una expresión diferente para hablar de ética. La ética política está indisolublemente unida a la ética civil, creadoras ambas de civilidad. Tampoco hay lugar en el Ateneo, escuela que ha sido de civismo a lo largo de su historia, para trapaceros y oportunistas que traten de sacar provecho de nuestra libertad. El Ateneo de Madrid ha sido y es una convivencia de la diversidad que forma un entrelazado de inteligencias al servicio de la cultura y de lo público. Ambas son inseparables, y cualquier intento cancerígeno ha producido anticuerpos.

Política, dice Sloterdijk en su tercera acepción, es el “arte de la copertenencia”. Eso es para él la “hiperpolítica” en un tiempo de “patológico nomadismo cósmico”.

Hay, como pide Marramao, que pensar en grande y actuar en lo pequeño. Los del pensamiento mezquino, parasitario, servidores de intereses de parte, mosquitos tigre emigrados de aguas pantanosas, levadura infiltrada en la masa, están demás en este tiempo de “hiperpolítica”. Ante la productividad improductiva, o “no reproductiva” para todos, y a la apropiación de la parte de lo que es patrimonio de todos, ese todos pone pie en pared, porque “todos vamos en el mismo barco. Ya no es tiempo de corsarios. Quienes tal cosa pretendan, la tripulación los echará por la borda.

Para concluir, una frase conque Sloterdijk concluye su libro: “[…] tampoco en una sociedad de últimos hombres puede olvidarse la más antigua de las artes, la repetición de los hombres por obra de los hombres”.

Esa es la lazada conque une las tres ocupaciones que muestran la dignidad de la política. En las tres observarán ustedes que se la califica como arte, construcción estética con los diferentes elementos que proporcionan la sensibilidad creadora y la realidad: “arte de lo posible”; “arte de organizar las fuerzas vinculantes que cohesionan”; “arte de la copertenencia”. La conciencia de ser parte los unos de los otros pone a un lado todo egoísmo apropiativo; la organización de lo diverso en un mismo vínculo, pone en ejercicio la inteligencia solidaria; la perspectiva de totalidad unifica los fines, moviliza los medios, las inteligencias y las voluntades para realizar aquello que es posible. Las tres forman un cordón al servicio de un mismo objetivo: La creación y recreación continua del hombre por el hombre.

Esa ha sido y es también la tarea del Ateneo de Madrid en sus ya doscientos años de vida.

Periodista y escritor. Presidente de la Agrupación para el Estudio de las Religiones y Vicepresidente de la Sección de Filosofía del Ateneo de Madrid.