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Los conatos del dominio de la voluntad o la Nada


Baruch Spinoza / © Alexandre Camanho Baruch Spinoza / © Alexandre Camanho

La profecía o revelación es el conocimiento cierto de una cosa revelada por Dios a los hombres.

Tratado teológico-político, Spinoza.

Si después de la vida existiera solamente la Nada ¿entonces cómo podemos encontrar sentido a la existencia aquí en la Tierra? Es esta una pregunta que todo ser humano se hace así mismo en alguna ocasión. Analizamos algunas inquietudes de los hombres cuyas difíciles y en ocasiones incontestables respuestas crean una situación de miedo o de incertidumbre, que es hermana del desequilibrio. La Tierra para el hombre es algo tangible como tangible es la propia vida. Frente a existir está el no ser, el no hallarse o hallarse en la Nada la cual supone la no existencia, la no vida, el antivitalismo y la imposibilidad de fijar cualquier cosa, la Nada, es el no existir. Durante nuestra existencia en la Tierra, durante nuestra vida que está llena de experiencias nos referimos a la Nada como el lugar de continuidad que seguirá a nuestra existencia terrena. Pero, ¿cómo algo que ha existido en cuerpo, alma o inteligencia puede pasar a continuación a no ser nada?

Hablamos entonces de muerte, para que haya muerte primero hay vida, todo lo que vive muere, pero ¿permanece o no permanece? ¿Moriremos o quedaremos en algún lugar que Existe frente a la Nada? Sobre estos dilemas filósofos y pensadores han meditado a lo largo de la Historia sin poder llegar a ningún lugar tangible simplemente por la lógica idea de que son pocos los que pueden contar ¿qué es lo que sucede después de la vida?, esta vida que tanto nos inquieta. Cuando el ser humano toma conciencia de verdad de que morirá, se llena de dudas, de angustias o de claridad y firmeza, según los casos. De cualquier manera es un paso que debemos realizar de la mejor manera posible, con la mayor tranquilidad, sin sufrimientos ni padecimientos extras que hagan de ese cambio de estado una tragedia. Es un cambio de estado porque si la inteligencia o el alma existen y son infinitas ¿cómo poder morir y desaparecer? no resulta lógico, no lo es. Toda la existencia de nuestra vida ¿muere o pasa a otro estado? Como son elementos infinitos no podrán desaparecer.

Si se analiza la vida terrenal como un lugar de probación y de sufrimiento, este no puede tener su lugar solamente aquí, esto no estaría dentro de un propósito coherente, porque el alma no puede existir si no es por que el alma ya existe y si existe ahora es porque antes ya existía, antes de ser ahora, ya éramos mucho más que en la esencia y por lo tanto seremos después de ahora mucho más grandes. El paso por la vida terrenal nos da la dimensión de las cosas, nos da la posibilidad de elegir qué es lo que queremos ser y hacer con nuestra vida, qué cosas nos interesan, qué personas nos llaman la atención, esas ideas que nos satisfacen, los sufrimientos grandes e irresolubles de la vida, la carencia de amor, la soledad, la tortura de la imaginación, la fatiga, el hambre, la sed, la alegría, la tristeza...y tenemos que conocer de cerca todas estas sensaciones y otras muchas más. Así crece el hombre. En realidad si se piensa, podemos llegar a creer que la vida no es tan gratificante como se piensa, es un lugar donde la inercia natural de las cosas, del ser humano, tienden a ser perezosas, a estropearse por si mismas.

Vivimos en una sociedad donde la negatividad arrasa las conciencias, pero no solo la negatividad, el pesimismo inunda nuestros corazones y con ellos nuestra esperanza. Todo lo que está a nuestro alrededor nos parece negativo, la juventud perdida, las economías de los países desarrollados están a punto de caer definitivamente, el consumo nos inunda, la manipulación es fundamental para cualquier cosa que se quiere, la sociedad es mentira, la compasión no existe, la amistad dudosa, las relaciones familiares...¿es verdad que todo está acabado o por el contrario no es más que el mismo fenómeno de falso espejismo que se repite y se repite incesantemente? El éxito en la vida, la suerte, el triunfo, la juventud, el poder, estos son los conceptos importantes para nuestro tiempo, sin embargo, olvidamos completamente la moral, la verdad, el amor, el servicio a los demás… la caridad, en términos religiosos. Arrastrados por esa inercia nos volvemos mezquinos, envidiosos, luchamos por batir a la persona que tenemos al lado en lugar de apoyarla en su lucha personal o apoyarnos a nosotros mismos de una manera sincera, conociéndonos, no engañándonos. Ahora, las cosas solo se hacen por dinero y el altruismo ha desaparecido por completo del mundo, únicamente lo ejercen algunas madres que son filántropas por naturaleza y por ese amor a sus hijos, a su familia, a la humanidad, son capaces de hacer por hacer, sin obtener nada a cambio. Eso se llama: Naturaleza o Amor Natural.

Todos los hombres piensan en ser inmortales, la idea de perpetuarse en algo persigue al humano como una obsesión absoluta y éste se empeña en no querer reconocerlo. Spinoza expone una idea del ser como afán de perdurar infinitamente, que importa conocer, aunque sea con suma brevedad. Toda cosa –dice Spinoza-, en cuanto es en sí, tiende a perseverar en su ser, y este conato no es sino la esencia actual de la cosa; ese conato envuelve un tiempo indefinido, infinito; es un afán de seguir siendo siempre. La mente humana tiende a perdurar indefinidamente, y es consciente de ese conato, que, cuando se refiere a la mente sola, se llama voluntad, y cuando se refiere a la vez a la mente y al cuerpo, se llama apetito; y ese apetito de ser no es otra cosa que la misma esencia del hombre: el deseo es el apetito con conciencia. No tendemos a las cosas, -dice Spinoza- no queremos o apetecemos algo porque juzguemos que sea bueno, sino al revés: creemos que algo es bueno porque tendemos a ello, lo queremos, apetecemos o deseamos. Esta cupiditas es el afecto principal del hombre; hay otros dos capitales, la alegría y la tristeza, que corresponden al aumento o disminución del ser y de la perfección; de estos tres afectos proceden todos los demás, y toda la vida psíquica del hombre: el amor, el odio, etc. Lo que constituye, por tanto, el ser de las cosas para Spinoza es un conato, una tendencia y este conato es un afán de ser siempre. Por tanto, ser, quiere decir para Spinoza querer ser siempre, tener apetito de eternidad o, al menos de perduración.

La esencia del hombre es deseo: el hombre consiste en desear siempre y saber que lo desea. En esta forma radical se enlazan el problema del ser y el problema de la inmortalidad en Spinoza. A menudo en determinadas circunstancias (aniversarios, entierros, navidades...) hacemos acopio personal de lo que ha sido el último año de nuestra vida. Esta práctica la suelo hacer con mucha frecuencia porque me preocupa bastante ver cómo pasa el tiempo por mi vida y me gusta provocar a la vida suficientemente como para que sucedan cosas, a poder ser, muchas. Pero la vena creativa no lo es todo, no siempre va unida a la rapidez o lentitud con que trabajan los demás y en eso se encuentra uno con no pocas dificultades. No podemos medir a los demás por nuestro rasero ni podemos pensar por ellos. La vida es evidente que se manifiesta de manera distinta para unos y otros, los hay que pasan todo su tiempo igual, en el mismo lugar geográfico, en el mismo lugar de pensamiento anclados a ideas que ya ni ellos mismos creen, en el mismo lugar de trabajo...en lo mismo. Otros hacen lo contrario. Yo soy obrera nata, de profundis, trabajadora, mucho. Eso me ha salvado en muchas ocasiones. Y lo que está claro es que sea como sea la vida pasa para todos a velocidad vertiginosa. ¿Por qué no habré hecho esto? ¿Por qué no me lancé a hacer eso que quería hacer? ¿Por qué no declaré mi amor a esa persona? Esa acción de servicio a los demás que no hice, esa lectura por hacer, ese viaje...¿Porqués? Y con el recuento de los días, seguimos dándole vueltas a la cabeza continuando a no hacer, continuando a no cambiar nada de nuestras vidas, sin amar, sin variar...todo sigue igual y continúa en el mismo lugar, no me refiero a los trabajos, digo a nosotros.

¿Para qué vivir, entonces? Esta pandemia es la gran oportunidad para muchos, lo es de verdad, es el momento de hacer y de hacer hacer. Solo nosotros somos los que podemos cambiar nuestra existencia pero nos da pereza o miedo hacerlo porque nos acomodamos. ¿Y qué más da? No pasa nada por cambiar nuestras cosas, por arriesgarse, claro, esto mientras seamos nosotros solos, el ser, el que se arriesga, quiero decir que no debemos llevar a nuestro riesgo a los demás, solo nosotros, hablo de la persona, del ser como único en su identidad y dueño de su vida. Si el hombre, el individuo tiende a perpetuarse ¿por qué perder el tiempo y no hacer nada por perpetuarnos? Un año comienza y con él las buenas intenciones de renovación en diversos aspectos de nuestra vida. Los medios publicitarios ayudan a ese afán con nuevas dietas, nuevos propósitos de preparar el cuerpo para estar bien en primavera, en verano, para ir de rebajas y más rebajas con las que incitarnos al consumo bestial pero que regenera –se conoce- las meninges...cambiar, hacer, comprar...todo impregnado de banalidad y eso es solo banalidad, es todo banal, nada de eso nos ayuda a perpetuarnos, nada.

La gente en general, no se apercibe de ello y continúa a batallar por la supervivencia absoluta, pero solo lucha por aquella que en realidad se quedará aquí y que no se irá con la persona porque no pertenece al mundo de la mente, de la inteligencia y sí pertenece directamente al mundo del cuerpo, del apetito del ser que en realidad provoca esos deseos como formas de esencia del hombre. Es decir, nos agarramos también al mundo físico por la misma razón de perpetuidad, dejándonos invadir de ese querer estar en la realidad tangible de lo que nos rodea, formando parte de una sociedad, confusa, que pretende al mismo tiempo que nosotros, perpetuarse. Y solo el yo, la persona y su voluntad puede dominar su espacio temporal y hacer, y seguir haciendo cosas, unas y otras con el fin de perdurar y de sentir la propia vida, acumulando sensaciones y conocimiento, porque éste es infinito.

Yo no sé si como decía Spinoza queremos o apetecemos las cosas no porque juzguemos que sean buenas, sino al revés, creemos que algo es bueno porque tendemos a ello, lo queremos, apetecemos o deseamos. Muchas veces deseamos las cosas –en efecto- no porque sean buenas, sino por el hecho en si mismo de desear, de prolongarnos en la manera de hacernos sentir vivos. Con la unión de la alegría y la tristeza de Spinoza –dicho grosso modo- denomina apetito para referirse a la mente y al cuerpo, pues la mente sola sería en este caso la voluntad que es el estado más importante de la persona, desde donde más y mejor se puede crecer generando los demás. Para mi, la voluntad está por encima de los otros estadios que aunque son la prueba de la vitalidad, de su esencia, de seguir siendo siempre, solo la mente perdurará indefinidamente y de forma consciente, por lo tanto la voluntad es el motor de todo porque puede generar, crear o inventar cualquier cosa que se nos ocurra. Dominar la voluntad es dominarlo todo en uno y en otro sentido y es sin duda la manera de perpetuarse, por tanto de perdurar. El dominio de la voluntad es el que ha llevado en la historia a las grandes revoluciones. Pero ahora eso ya no existe.

Triste es, que el hombre hoy, el ser, se ocupe más de lo externo, del deseo y menos de la mente que en definitiva es la que será perpetua, pero supongo que esto es lo lógico en la propia necesidad de sentir la vida y su paso por nuestras “emociones” por nuestros deseos. Sin analizar, sin querer entrar en si esos deseos son buenos o no, debemos intentar luchar por ellos, por nuestros sueños y hacerlo de verdad, no dejarlo para mañana. El hoy es ahora y será caldo de cultivo para el mañana que es siempre incierto, comparado con lo que tenemos hoy en el momento presente de vivir y de preparar la acción de mañana, pero para ejecutarla no para dejarla. ¿De qué sirve la no acción de dejar las cosas sin hacer? Solo tendremos un conato, nada más que un conato de vida, pero no tendremos la vida.

Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.

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