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Colapsistas y panglossianos: el futuro después de la COVID-19


La ONU alerta del estado de la pandemia y del desastre humanitario que se avecina. El abuso de la naturaleza conducirá a más pandemias. La destrucción de hábitats obliga a los organismos silvestres a vivir en ambientes antropizados creando un caldo de cultivo en el que florecen nuevas enfermedades. Lo más relevante de la actual pandemia es que puede hacernos recuperar el concepto de género humano y la noción de bien común y de servicio público.

Un artículo publicado en Frontiers in Medicine ha venido a recordarnos que hace dos años los científicos pronosticaron que en Asia surgiría un nuevo coronavirus a partir de murciélagos. Los científicos no tienen una bola de cristal. Trabajan con conocimientos empíricos. Como nosotros, los animales salvajes siempre han tenido virus dentro de sus cuerpos. Los murciélagos albergan muchos virus y en particular coronavirus (CoV), que representan el 31% de su viroma y frente a los cuales muestran una notable resistencia.

Los coronavirus han estado mucho tiempo asociados con varias enfermedades veterinarias importantes. Los humanos no hemos permanecido al margen. Un 70% de las enfermedades infecciosas emergentes en humanos son de origen zoonótico, pero es la actividad humana la que multiplica los riesgos de contagio. El ataque de la mayoría de los virus falla y se extinguen. Algunos triunfan a pequeña escala. Muy pocos, como el nuevo coronavirus SARS-CoV-2, triunfan ayudados por una población humana interconectada al máximo que puede transportar un patógeno alrededor del mundo en un avión en pocas horas.

Un número cada vez mayor de investigaciones científicas confirma que los murciélagos, el origen de la Covid 19, albergan muchos virus que es más probable que transfieran a humanos o animales si viven en o cerca de ecosistemas perturbados por el hombre, como los bosques recientemente talados, los pantanales drenados para obtener tierras de labor, proyectos mineros o urbanizaciones. La deforestación y otras formas de transformación del uso de la tierra están expulsando a las especies autóctonas de sus hábitats naturales empujándolos hacia entornos artificiales, donde interactúan y prosperan nuevas cepas de enfermedades.

Los humanos destruimos el entorno natural de los animales salvajes y luego, en el colmo de la estupidez, les ofrecemos alternativas de escape: nosotros mismos. Algunos se adaptan a un ambiente antropomorfizado en el que se cruzan diferentes especies que no se cruzarían en la naturaleza. A medida que los hábitats naturales se reducen, la vida silvestre se concentra en territorios cada vez más pequeños o migra a áreas antropogénicas que ponen a más gente en contacto con los animales portadores de patógenos.

El tamaño de una colonia de murciélagos puede variar desde unos pocos individuos hasta cientos de miles. Esta es la densidad más alta entre los mamíferos, con la excepción quizás de los humanos en las grandes metrópolis. Los murciélagos viven hacinados desde hace 60-70 millones de años, mientras que los humanos se reúnen en megápolis hace apenas más de un siglo.

Dicen que cuando lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer es cuando aparecen los monstruos. El escenario post coronavirus es ciertamente estremecedor, con porcentajes de paro disparados y con un riesgo de exclusión que se multiplica.

No se trata ni de ser ingenuos ni tan optimistas como lo era el doctor Pangloss, uno de los personajes del Cándido de Voltaire, que creía vivir en el mejor de los mundos posibles. Es posible un escenario en que la crisis se resuelva con la vuelta al consumo desenfrenado, la vuelta al business as usual combinado con ciertas dosis de autoritarismo o restricción de libertades. La crisis de 2008 pasó del eslogan de Sarkozy de refundar el capitalismo al desmantelamiento de la red de servicios públicos (sanidad, educación, dependencia) y la fragilización del trabajo.

Es posible que ante un agravamiento de la situación social se vuelva a una ley de la selva más salvaje, porque llevamos décadas escuchando la interminable letanía de la mayor eficiencia del mercado a la hora de repartir los recursos, un tiempo en el que se han mercantilizado derechos como la salud o el cuidado de los ancianos y la competitividad se ha impuesto a la cooperación.

Esta crisis ha supuesto un shock para el mundo. Estamos todavía digiriendo con incredulidad lo que estamos viviendo: que la seguridad es mucho más que el concepto de defensa o de los ejércitos. La seguridad del medio ambiente, del entorno, frente a catástrofes naturales. La seguridad frente a nuevos patógenos y los factores de transmisión de enfermedades. La seguridad colectiva... De repente nos fijamos en la seguridad sanitaria, de prestaciones sociales, en la seguridad de los servicios públicos como referentes fundamentales para poder encontrar apoyo cuando lo necesitamos. La recuperación pasa por construir una realidad económica compatible con todo eso.

Nuestro modelo económico, nuestro modelo de desarrollo y de crecimiento sostenido que no sostenible, genera efectos secundarios no deseados tanto para la salud como para el medio ambiente y unos desequilibrios sociales que acaban generando más daño para colectivos vulnerables. Si algo nos enseña esta crisis es que la máxima del "ande yo caliente" no vale para los nuevos tiempos. Se impone lo público, la desmercantilización de nuestros derechos, la cooperación y una lucha contra la desigualdad mucho más decidida y, por tanto, con una fiscalidad en la que las rentas de capital aporten mucho más.

Vivimos la apertura de un nuevo tiempo. La crisis de la COVID-19 inaugura una nueva era para los colapsistas: una era en la que el apocalipsis es posible. No hay que arrojar la toalla. Hay que enfrentarse socialmente al bíblico Armaggedon. ¿Alguien puede imaginar el planeta con tres grados más, con más infecciones, con más gente desvalida y con más incertidumbre?

Esta es una crisis que nos marca el distanciamiento físico, pero que nos exige la proximidad social; cuando todo se desploma, lo individual pesa poco. Vale lo compartido, lo común, lo público. Dicen que las crisis son escenarios que cambian la manera de pensar y de actuar. Se nos abre una crisis, pero también se nos brinda una oportunidad. En un momento de crisis, las mentes también pueden cambiar con rapidez.

Sin caer en el panglossianismo, lo más relevante de esta crisis es que recupera de nuestra desmemoria el concepto de género humano y la noción de bien común y de servicio público. Tal vez los elementos éticos más valiosos con los que comenzar a construir otra manera de vivir.

Catedrático de Universidad de Biología Vegetal de la Universidad de Alcalá. Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Granada y doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid.

En la Universidad de Alcalá ha sido Secretario General, Secretario del Consejo Social, Vicerrector de Investigación y Director del Departamento de Biología Vegetal.

Actualmente es Director del Real Jardín Botánico de la Universidad de Alcalá. Fue alcalde de Alcalá de Henares (1999-2003).

En el PSOE federal es actualmente miembro del Consejo Asesor para la Transición Ecológica de la Economía y responsable del Grupo de Biodiversidad.

En relación con la energía, sus libros más conocidos son El fracking ¡vaya timo! y Fracking, el espectro que sobrevuela Europa. En relación con las ciudades, Tratado de Ecología Urbana.