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EL PERIÓDICO
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La derecha en el diván


Santiago Abascal y Pablo Casado (d) en una imagen de archivo. Santiago Abascal y Pablo Casado (d) en una imagen de archivo.

Imaginemos que la derecha española es una persona. Supongamos que le han recomendado que acude al psicoanalista, porque experimenta un malestar muy profundo que le hace sufrir y le agobia. Convencerle para que fuera a la consulta ha sido ya todo un éxito, puesto que dice odiar a Sigmund Freud, al que nunca ni siquiera leyó. No admite siquiera que el inconsciente exista. Es persona muy poco culta. Por no creer, no cree ni en la evolución de la especie. Tal vez por eso, no evoluciona nada. Nada de nada. Más bien ha involucionado. Y con tanta intensidad, que ahora no sabe bien quién es. Todo es confuso dentro y fuera de su persona. Para averiguar quién realmente es, inaugura un trasiego incesante por los parajes de la mente. Padece delirios. Comparece, pues, con un cuadro de histeria, del que los psicoanalistas dicen que tiene que ver con los problemas de identidad. Sufre, desde luego, un grave problema de identidad.

Pero, en ocasiones, cuando más se extravía, oye voces interiores. Es entonces cuando no habla: ¡es hablada! De su boca, incontroladamente, surge un discurso de voz atiplada, con prosa trivial, a veces testicular y conspiranoide. El delirio es febril. Podría tratarse de un cuadro de psicosis. La confusión ha echado su mente en los brazos de la extrema derecha, una prima carnal suya muy posesiva, rencorosa y banal, que, pese a actuar arrastrada por fuerzas inconscientes, a diferencia de su prima la derecha, jamás permitirá analizarse. Ya lo sabe todo: morir o matar, esa es la encrucijada. Pero la derecha conservadora todavía duda. Un poco. A veces, mucho. Experimenta un profundo malestar y no sabe bien a qué obedece. Siente su personalidad desdoblada: además de todo, sufre una escisión interior, entre lo que lo que es, lo que quiere ser y lo que no acierta a ser, un síndrome esquizoide. No ha tenido otro remedio. Su zozobra le guía pues hacia consulta del psicoanalista. Se ha tumbado en el diván.

Analista. Le sugiero un sustantivo: ¿despoder?

Derecha. -Sí, ese es un buen sustantivo que pudiera explicar esto que me pasa, esta angustia que siento.

A. ¿Cree Usted que ha perdido el poder?

D. –Si. Era mío.

A. Explíquese, por favor.

D. Me pertenece, lo heredé. Lo mantuvieron mis antepasados durante siglos.

A. Y se siente expropiado, ¿verdad? ¿En qué medida?

D. Bueno es que…verá….yo…sí…, acabo de perder la batalla de los Presupuestos Generales del Estado. Y esos los he fijado yo durante décadas. Y ahora me encuentro con que los hacen otros y no me hacen caso. Y la gente les apoya.

A. ¿Tan grave le parece ese hecho?

D. Sí, porque preludia que no voy a gobernar durante una temporada larga.

A. -¿Es eso lo que teme?

D. –Si, temo que mis parientes pobres me desplacen durante mucho tiempo del poder.

A. ¿Quiénes son sus parientes pobres?

D. -La izquierda.

A. ¡Ah! ¿Vive con Usted?

D. – Compartimos pisos distintos, en un caserón de la carrera de San Jerónimo.

A. ¿Cómo los ve a ellos?

D. -Los odio. Engatusan a los malos y con ellos han inaugurado una forma extraña de gobernar. Además, están camelando a Mamá…

A. ¿Mamá?

D. …..

A. No se preocupe. Suéltelo todo, le pide el analista.

D. -…Mire es que nunca logré alejarme del influjo tremendo de mi Padre, un espadón que hace ochenta años había tomado posesión violenta de mi madre, España, de una manera…digamos furibunda.

A. -…por lo cual tampoco pudo Usted cortar el cordón umbilical con su mamá, ¿no es cierto?

D. -Eso, así es. No logro salir de sus faldones.

A. Y siente que no es libre…

D. -Algo así es lo que me agobia.

A. -Pero Usted ama a su madre, ¿o no?

D. -Claro que sí; pero Papá no me deja quererla.

A. ¿Se lo ha dicho Usted a alguien?

D. -No, a nadie….no me atrevo.

A. Le da como vergüenza, ¿verdad?

D. -Sí, bastante.

A. ¿Tampoco ha dicho nada a sus parientes pobres?

D. -No, ellos me odian. No les hablo desde mucho tiempo atrás, pese a que hace unos 42 años, empezamos un asunto juntos…Incluso, firmamos un documento de acuerdos muy solemne.

A. Y Usted respeta lo acordado…

D. -Permítame decirle que no soy una persona ingenua. Esos papeles, esos acuerdos, cambian la escena apenas unos minutos después de firmarlos, pero luego todo vuelve a su ser.

A. ¿A qué ser se refiere?

D. Al de siempre, al que heredé por derechos vitalicios.

A. Pero sus parientes ¿piensan igual que Usted?

D. -No, ellos son buenistas y creen que aquello debe respetarse. Me lo echan a la cara siempre que pueden.

A. Pero sus parientes pobres, ¿qué relación tuvieron con su Papá de Usted?

D. -Ellos dicen que intentó castrarles, por lo que hace mucho que se enfrentaron contra él y se apartaron de su influencia. Y ahora se relacionan libremente con mi madre y ella les va queriendo cada día más, mientras a mí…

A. Se siente marginado.

D. Claro.

A. Y Usted ¿odia o no a su padre?

D. -Hombre…odiar, odiar, lo que se dice odiar… bueno sí, algo, pero …también tenía cosas buenas…

A. ¿Cuál destacaría?

D. -El orden.

A. ¿Entonces, si tenía cosas buenas, por qué razón le odia?

D. Es que no me deja ser quien soy…

A. Y ¿cómo cree que es Usted?

D. - Soy una persona templada, mesurada, de costumbres estables, vamos, centrista. En el centro está la virtud, ¿no era eso lo que decía un sabio griego? Ese centrismo me hizo potente, y querido. Todos me respetaban, incluso mis parientes. Pero ahora todo parece haberse ido al garete….Entonces, ¿puede Usted decirme cómo puedo acabar con este malestar mío y este sufrimiento?

……

A. Mire, no me puedo pronunciar sobre lo que Usted me pide, ese no es mi cometido. Yo debo ser muy respetuoso con la conducta que Usted decida emprender. Lo que sí puedo decirle es que por su forma de expresarse, emerge de su discurso, de sus lapsus, de sus silencios, una fuerza inconsciente…

D. -….No me siento culpable de nada

A. Ahh, ¿no?

D. -… Es que el influjo de mi padre es enorme sobre mí…

A. Usted verá. La alternativa es su propia esclavitud de por vida, la misma que experimenta ahora.

D. -Y ¿qué hago con mi vida?

A. Solo puedo sugerirle que se plantee nuevas preguntas. Las cuestiones básicas se responden con sentido común. Las preguntas complejas deben ser contrastadas con nuestro entorno social. Tal vez las preguntas que se sigue haciendo no sirvan para explicar su malestar. Por eso, tal vez le convenga conversar con sus parientes pobres, que superaron muchos de sus problemas, y pueden ayudarla a despejar ese sufrimiento suyo.

D. -Es que mi padre se enojará y puede intentar castrarme a mí también…

A. Su padre murió hace 45 años. Ya no puede castrarle. Usted puede castrarse a sí mismo si sigue sumido en el desconcierto de no tratar de averiguar quién es; si prosigue llevando una conducta escindida tan contradictoria; y, sobre todo, si deja que alguien, no Usted mismo, hable por Usted. Esa triple coincidencia a le está haciendo a Usted mucho daño y es la que determina su angustia y su profundo malestar. Pero no solo a Usted, sino a toda la gente que le rodea. Examine si le vale la pena seguir asignando un poder omnímodo sobre usted a un fantasma que murió en 1975. Y vea qué es lo que recibe de sus primos carnales y hacia dónde le conducen sus fantasmagorías. Trate de ser Usted mismo, no su padre, ni sus primos, por muy carnales que lo sean.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.