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España sin rey: Un trabajo galdosiano


Dibujo de la Puerta del Sol en la mañana del 29 de septiembre de 1868, realizado por Vicente Urrabieta para la revista El Museo Universal. Dibujo de la Puerta del Sol en la mañana del 29 de septiembre de 1868, realizado por Vicente Urrabieta para la revista El Museo Universal.

Finaliza el año dedicado a la memoria de Galdós. Fallecido el cuatro de enero de 1920, no su obra y su memoria, y tampoco su talante en el laberinto español. Andemos lo que andemos parece albergar un minotauro en el centro que siempre nos ha impedido hacer nuestros los tesoros de nuestra cultura. Tal parece que llevamos la historia a trompicones, entre sobresaltos, mientras se reiteran las dentelladas al aire que pretenden alcanzarnos, retenernos.

Eran tiempos revueltos los de D. Benito. De su tío Benito, “el garbanzo negro de su familia”, había recibido de niño los relatos de la Guerra de la Independencia”. A él le tocó vivir los sucesos que abarcaron su vida desde su nacimiento en aquel 10 de mayo de 1843.

Es la suya como aquella mirada de Machado “de frente y al sesgo”. No se queda embarrada en un realismo insustancial ni se pierde en la vaporosidad de cielos inventados. “Este es un país de conciencias virginales, cuentas transparentes y conductas como espadas” decía Juan Luis Calleja en 1969 en las páginas de ABC, ¡como no!, cual quincallero de lugares idílicos.

“De frente y al sesgo” es la mirada de D. Benito. Muy pegada a la realidad sabe insertar en sus relatos y descripciones personajes paradigmáticos, simbólicos. Pisa el barro, pero no se queda en él. Nos invita a tomar distancia para ver el cenagal desde otra altura y respirar las miasmas desde un olfato crítico. Hacer filosofía de la historia es mirar con agudeza enamorada sus rodaduras, contemplar sus atropellos, vislumbrar sus previsibles desastres consecuenciales. Eso hace D. Benito.

Cuando aborda el personaje de “Prim” en sus “Episodios Nacionales” (III. 658. Ed. Aguilar), se descuelga con aquello de:

“Hoy les toca morir a estos, mañana, a los otros. Es la Historia de España, que va corriendo, corriendo… Es un río de sangre… Sangre por el Orden, sangre por la Libertad. Las venas de nuestra Nación se están vaciando siempre; pero pronto vuelven a llenarse… Este pueblo heroico y mal comido saca su sangre de sus desgracias, del amor, del odio…, y de las sopas de ajo”.

Cuando en el mismo tomo III de los Episodios pone el ojo sobre O´Donnell (211), nos deja esta perla: “En España la cristalización del milagro: vivir sin trabajar, trabajar sin comer, comer sin arte y hacer una Historia que así revela el poder de las voluntades como el vacío de los estómagos”. Parece dejar en claro que unos tienen los estómagos llenos, pero vacías las cabezas, entretanto otros sacan voluntad heroica de sus desgracias provocadas por otros.

Fue entre octubre de 1907 y enero de 1908 cuando escribe en Madrid su “España sin rey”. Es un tiempo cuando los conservadores gobiernan el país con Maura en el poder. Un tiempo cuando el mismo Maura reconoce que “la inmensa mayoría del pueblo español está vuelta de espaldas, no interviene para nada en la vida pública”, y “las elecciones son fiestas saturnales en que un enjambre de altos y bajos agentes del gobierno cae sobre los pueblos y ciudades y despliega toda clase de atropellos, ejercita todas las artes del abuso, realiza los más desenfadados escamoteos y manipulaciones y pone en juego las más ingeniosas burlas y trapacerías”. Y concluye: “Uno de los primeros y más importantes orígenes del mal que aqueja a la patria consiste en el indiferentismo de la masa neutra. Y no se si su egoísmo es legítimo, aunque sobran causas para explicarlo. Lo que digo es que no se ha hecho un ensayo para llamarlos con obras”.

Ahí queda pergeñado el contexto en que Galdós escribe y publica este Episodio Nacional, paisaje ofrecido a la vista de un conservador como Maura. Don Benito viaja en su memoria hasta la España de 1869, con Isabel II en el destierro e inaugurado el Sexenio Revolucionario. En España parece que se nos acostumbra a las revoluciones burladas. No pocas hemos conocido en su historia. Desde aquella que pusieran en marcha las Cortes de Cádiz desembocadas en la Constitución de 1812; la de 1848 sometida por Narváez (¿quién puede olvidar la matanza de la noche de San Daniel, en aquel 10 de abril de 1863, que le costara el puesto a su espadón ensangrentado?); la de 1854 y su Vicalvarada, que acabara con Espartero en el poder e inaugurara el “Bienio Progresista” al que sucediera el “Bienio Moderado”.

Francamente, me resisto a aceptar las palabras de Jaime Gil de Biedma: “De todas las historias de la Historia sin duda la más triste es la de España, porque termina mal”. No me cabe la menor duda que pese a los tramoyistas trapaceros, que siempre han puesto vigas en las ruedas de la historia, a pesar de los venenosos nostálgicos, este pueblo siempre ha sabido sacar el carro de la historia del barro en que lo han pretendido parar a golpes de sable herrumbroso.

Sólo hace falta no perder la memoria y recordar, como hace D. Benito, aquellos tiempos de 1868. Imaginar con él el entusiasmo popular al penetrar por las puertas abiertas del Sexenio, y sus posteriores y reiterados desencantos. La historia que los conservadores pretenden paralizar se transforma en charca y putrefacción. Luego, en tiempos de revolución, recibe aluvión de lluvias que hacen brotar nuevas fuentes después enceguecidas.

1868 abre un nuevo ciclo revolucionario, oleaje que se estrella contra los acantilados inmóviles de caspa, golpes de latidos de ideas europeístas, culturales y democráticas. Atrás queda el político romántico que hablaba con la retórica del corazón. Llega el político jurista y pragmático que tiene que abordar una crisis económica, propia de un estado agrícola y latifundista venido a menos. En una crisis política y social, las variaciones políticas se agruparán ideológicamente en un sistema bipartidista: los moderados, con medios económicos e influencias sociales, y los progresistas de más acendrada conciencia social y voluntad de progreso, si bien de la revolución de 1854 había aparecido el partido liberal en el escenario político español y, en contra de todos y desde las guerras carlistas, la mezquindad se pegaba como caspa contagiosa.

Simplificando el panorama, dos clases de políticos se enfrentaban entonces: Los que ponían sus miradas en los males del presente que había que cambiar, y aquellos otros que vivían instalados en el pasado y en el resentimiento. El partido moderado y el trono isabelino se apoyaban mutuamente, aunque muy desgastado el primero después de veinte años en el poder. El trono se bamboleaba, no sólo por el cuestionamiento político al que eran sometidos los moderados, sino por el empuje de la nueva sociedad y en ella por las profesiones liberales y los mandos de ejército procedentes de la baja burguesía. La crisis agraria de los campesinos dejados al olvido por la aristocracia, vividora del cuento, el latifundismo y la iglesia católica como principal terrateniente, ya habían producido revueltas desde 1821.

La carestía ensancha la brecha entre los que la producen y los que la padecen, y era mucho el padecimiento. “La Gloriosa” nació de aquel grito de Topete, lanzado a los aires de España desde la escuadra anclada en el puerto de Cádiz el 17 de septiembre de 1868: “¡Viva España con honra!”. No estaba sólo. El general Serrano y Prim le acompañaban, y ese grito fue compartido por Sevilla, Málaga, Almería, Cartagena y otras muchas ciudades. El golpe final fue dado en el puente de Alcolea el 27 de septiembre. El camino hacia Madrid quedaba expedito. España estaba sin rey. Ahora la tarea era, o la designación de uno nuevo, o la proclamación de la república. Aprobada la Constitución de 1868, no por ello fueron solventadas las diferencias. Unos pretendían la República Federal, otros la República Unitaria, otros más La República sin calificativos. Del lado realista, cada partido defendía un candidato: Los unionistas al Duque de Montpensier, Antonio de Orleans, casado con Luisa Fernanda, hermana de la exiliada Isabel II; demócratas y progresistas a Fernando de Sajonia-Coburgo, viudo de María de la Gloria, reina de Portugal, candidatura que hacía fruncir el ceño a Inglaterra y a Francia; Prim optaba por el archiduque Leopoldo de Hozenhollern-Sinmaringen, al que Francia se oponía. Finalmente prosperó la opción de Amadeo de Saboya, duque de Aosta, segundo hijo del monarca italiano Víctor Manuel II.

Así, el Sexenio y la vitalidad del pueblo que lo respaldó, nacieron marcados por la división republicana, las escisiones monárquicas, la dependencia de terceras naciones, y la caspa, ¡siempre la caspa!. Sólo hay que echar una ojeada al resultado de la votación en Cortes:

Amadeo de Saboya  191
Por la República Federal  60
Por el Duque de Montpensier  27
Por Espartero  6
Por Alfonso de Borbón  2
Por la República Unitaria  2
Por la República sin calificativo  1
Por la Duquesa de Montpensier  1
En Blanco  19

Ahí tenemos prueba de la inveterada incapacidad española para la negociación y la toma de acuerdos: cada español se alza como una monarquía absoluta o una república siempre constituyente. Cada facción, aún dentro del propio partido, al margen del pueblo que la eligió, canta la canción de Machado: Cada uno “agilizó su brazo/ acreditó su brío/ y dijo: el presente es malo/ pero el mañana es mío”, dejándose a sí mismo y a los demás sin mañana como aquel que con graznido de charrán dijo: que se caiga España, que ya la levantaremos nosotros.

Ayer como hoy, aquellos políticos “moderados”, más que empeñarse en sanar los males del pueblo, perdían la moderación a la hora de despellejar a sus contrarios. Don Benito los pone ante el espejo:

“Esos pobres progresistas son un hato de borregos, que no saben ni balar; los de la Unión, zorros que vienen al robo de gallinas y huyen al menor ruido; los demócratas, papagayos disecados, que con un mecanismo dan los tres golpes de Libertad, Igualdad, Fraternidad. Ni entre todos valen tres pepinos, ni son capaces de hacer nada. Desaparecerían de un soplo si no tuvieran a su frente a ese hombrecillo desmedrado y lívido, a ese Prim, monstruo que parece un arrapiezo, saco de malicias, vaso de bilis… Su perversidad es tan grande como su inteligencia… Y ahí lo tiene usted: es el amo… ha cogido a España y se la ha metido en el bolsillo… ¿Quién es el guapo que se atreve con él? Créame, señor don Wifredo: Prim es el estorbo insuperable, la rémora, el atasco “ (p. 38).

A Prim ya la habían marcado una diana en la frente. No nos sorprende la diversidad de las fuerzas progresistas. A veces hace astillas del árbol para tener en ella su ariete. Tampoco la capacidad de acuerdo de las fuerzas reaccionarias a la hora de mantener posiciones de privilegios y dominios, sin hacerle ascos a cualquier procedimiento que pueda conseguirlo. Amadeo salió de España, Prim perdió la vida, y la Restauración volvía a España. Luego, ya conocemos este luego.

Don Benito Pérez Galdós, que no tenía pelos en la lengua, se descuelga con estas palabras:

“Los fabricantes de fuerza iban quitando el puesto a los guerreros y conquistadores. El pueblo, desnudo unas veces, vestido otras, hacía lo que antes hicieron reyes y tribunos. La plebe, transformada por la adquisición del dinero, escalaba las alturas y modelaba los ídolos monárquicos con un yeso que no había de fraguar ídolos para largo tiempo, pues ya no hay calor que endurezca la blanda masa de que están compuestos… Y ahora seguimos presentando anécdotas y sucedidos particulares que son fundamento de la Historia fraguada para medio siglo de Idolatría nacional; un remiendo, más bien una chapuza, para ir tirando hasta 1919”.

Y más allá de esa fecha, D. Benito, y usted vivió en parte los nuevos episodios de nuestra triste historia, que tiene mucho de epicúrea en el corazón de nuestro senequismo. ¿Sabe usted por qué? Pues porque como reza el proverbio chino, “el pez se pudre por la cabeza”, sea coronada o lleve boina. Afortunadamente parece que los españoles nos hemos lavado las cabezas, y aunque la caspa gruñe, cada cual, regadera en mano, regamos juntos el árbol de la libertad.

Periodista y escritor. Presidente de la Agrupación para el Estudio de las Religiones y Vicepresidente de la Sección de Filosofía del Ateneo de Madrid.